sábado, 28 de mayo de 2011

Sin billete de vuelta

Renfe Cercanías, desde hace 5 años, convoca un concurso de microrrelatos. Las bases son sencillas: no más de 99 palabras (incluído título) y temática sobre el viaje, el movimiento, el desplazamiento hacia otro lugar (o algo así). Este año ya tenía una idea bastante aproximada de qué escribir, pero bueno, por cosas de la vida, decidí escribir sobre otro tema:


Abrió los ojos y miró en rededor, asustado. Un traqueteo repiqueteando bajo sus pies. Una ventanilla con una cortina cubriéndola. Un asiento verdoso azulado. Un pastor alemán en el asiento de su izquierda. “¿Nano?”, le llamó. El can le lamió la mano en respuesta, y entonces comprendió. Pensó en lo mucho que iba a añorar a su esposa, ahora viuda.


Cada cual tiene su manera de sobreponerse a una tragedia, de sacar esa fortaleza que nos hace seguir para delante. Algunas tragedias no se superan nunca, pero se aprende a vivir con ellas, y son las pequeñas cosas las que ayudan a ello.


3 meses sin ti. Te echo de menos.

lunes, 23 de mayo de 2011

Madrid

Un día de verano, con ese calor que se te pega a la piel y te dificulta respirar. Cierran la maleta y suben al coche, en dirección a la estación. El tren como siempre, hasta arriba. Era Agosto, y el Sol caía sin piedad. El tren emprende la marcha con su característico ronroneo, una charla animada entre padre e hija, uno expectante por enseñar, la otra expectante por aprender.

En las ventanas, los campos intercambiándose de color, del marrón al amarillo, del amarillo al verde, y más allá, los perfiles grisáceos de las montañas. Carreteras, caballos, casas de campo, puentes sobre ríos, la linda estación de Aranjuez, todo seguía igual que el verano anterior. Unas naves industriales, unas cocheras con el logotipo de Renfe (aquel azul y amarillo, ¿cómo olvidarlo?), y la niña se inquieta al ver en la lejanía la oscura silueta de los edificios que dan la bienvenida al viajero. No es su casa, no es su ciudad, ni siquiera nació allí, no tiene nada que la vincule, a excepción de su joven corazón, unido a la ciudad desde donde le llega la memoria.

"Próxima estación, Atocha", suena una voz, y la niña con la nariz pegada al cristal, admirando cada coche, cada bloque de oficinas, cada viandante. La oscuridad de pronto, y la niña encuentra a su padre en el reflejo del cristal. Atraviesan la estación, él arrastrando a la niña, embobada con un tren rojo de dos pisos. Salen a la calle, y la niña admira a las mujeres enfundadas en trajes de chaqueta, maquilladas, bien peinadas, con un maletín y un periódico. "Algún día, cuando sea periodista, viviré en Madrid", dice la niña dentro de su mente.

"(...) viajar en autobús en invierno mientras llueve y las luces de la noche hacen joyas en los cristales.....", por Cosechadel66 http://cosechadel66.es/



No sé de cuándo es ésto pero lo encontré entre mis borradores (los que han sobrevivido).

Parte XVIII

Comimos hablando todo lo que no habíamos hablado hasta el momento, acerca del insoportable calor que empezábamos a tener sobre todo, y yo le preguntaba más información acerca de la ciudad a la que nos aproximábamos. Me explicó que era una ciudad donde solía ser soleado sin importar la estación del año, tenía numerosas playas pero nada comparado con mi ciudad, donde las playas apenas eran una franja grisácea junto a los imponentes acantilados que conformaban toda la costa de la provincia. Ansiaba llegar para descubrir ese nuevo lugar, pero hablar de mi ciudad me hacía añorarla más de lo que nunca había imaginado. Pensé en Alan de pronto, al que tanto le había gustado la primera vez que la visitó.

Recordé la última vez que lo vi, fue poco después del entierro de Chris, cuando Bree y yo volvimos a casa. Alan vino a recogernos al hotel para llevarnos al aeropuerto. Se intentaba hacer el fuerte conmigo, gastando sus típicas bromas e intentando en vano hacerme reír. Pero podía ver por la expresión en sus ojos que también había sido un golpe muy duro para él el perder a su mejor amigo de la infancia. En el aeropuerto me prometió escribirme cada día, pero como ciertas promesas, el uso se fue perdiendo a través de los meses, hasta que al final no contestaba a mis correos electrónicos, y yo no insistí por miedo a molestarle. Tímidamente le pregunté a Bree cómo estaba Alan, mientras ella luchaba por enroscar sus espagueti al tenedor con la ayuda de la cuchara.

Bree me comentó que lo veríamos muy pronto, pues era con quien íbamos a convivir. Bree estaba con él en el momento de mi ingreso en el hospital, se había preocupado muchísimo al saber la noticia, y fue a él a quien se le ocurrió de hacer una “terapia” distinta. Fruncí el ceño en señal de desconcierto, y Bree me preguntó en qué estaba pensando. Le expliqué que hacía un año que no hablaba con Alan, y que me había sorprendido esa reacción por su parte. Ella le excusó que a pesar de todo, él me tenía en gran estima, aunque le costara admitirlo. Planteó la posibilidad de que Alan nos hubiera ofrecido su casa para recuperarme por sentirse culpable al no haberme escrito ningún correo electrónico en tanto tiempo.

Yo sonreí ante esa posibilidad. Tenía ganas de verle. Pregunté de nuevo si se habían visto muchas veces desde la última vez que le vimos en el aeropuerto. Bree musitó un leve “unas cuantas veces”. Luego me miró y leyó la verdadera pregunta en mis ojos. “Ya está mejor pero también lo ha pasado muy mal”, me explicó, “por eso he intentado estar con él bastante tiempo”. Luego se acomodó en el respaldo y bromeó acerca de cuánto nos parecíamos Alan y yo en cuanto lo difícil que era sacarnos del pozo. Entonces pensé que la particular terapia no iba a ser útil tan sólo para mí.

Bree pagó la cuenta y nos pusimos en marcha. El sol seguí abrasando pero empezaba a ocultarse en el horizonte. Bree me relevó al volante para conducir hasta el siguiente hotel. Busqué en su bolso un disco compacto para cambiar la música y para mi sorpresa, encontré mi disco favorito. Lo puse de inmediato, y Bree reveló que sabía que antes o después tendría que soportar a ese grupo (no eran de su agrado, demasiado comerciales, decía) pero yo me recosté en el asiento y disfruté de la música mientras veía cómo el paisaje era cada vez más distinto al que había visto durante toda mi vida. Ahora todo lo que nos rodeaba eran llanuras en diferentes tonos mostaza y bermellón, con el sol de frente y las montañas detrás.

Con aquel cálido paisaje ante mí, tan sólo podía pensar en que, al día siguiente, a esas horas ya estaría en mi “nueva” ciudad, en mi “nueva” casa, con unas “nueva” vida, supongo que bajo vigilancia constante... Preferí mirar el lado positivo: estaría bajo el mismo techo que Bree y Alan, como en los viejos tiempos. Al principio sería algo difícil tras mi distanciamiento de ellos o, más bien, desde que ellos optaron por alejarse de mí. Eso fue sólo el preámbulo a todo lo que me había conducido al acantilado.

domingo, 22 de mayo de 2011

Parte XVII

Desayunamos en el buffet del hotel, aunque yo me encontraba sin apetito alguno, a diferencia de mi hermana, que había hecho una selección de todo lo que había: zumo, fruta, cereales, yogurt, café, huevos, bacon, croissant... Se me revolvía el estómago nada más de verlo. Ella quería obligarme a coger algo más que un vaso de leche, ya que la noche anterior tampoco había probado bocado del sándwich que ella había traído. Pero tenía la garganta taponada, incluso la leche me sabía agria, mientras que Bree se la tomaba como si nada. Supuse que era cosa mía. Entonces se quedó callada, observándome mientras jugueteaba con la cucharilla del café, y automáticamente me puse a la defensiva. Era uno de esos silencios suyos previos a una pregunta incómoda para ambas.

Finalmente me preguntó qué me había pasado anoche. No sabía muy bien si se refería al llanto repentino nada más entrar en la habitación, o al hecho de haberme pasado la noche en vela. Al ver que yo no respondía, me hizo saber que ella también se había despertado en mitad de la noche, que se levantó a beber agua y al verme sentada, me había preguntado si tenía pesadillas. Yo no lo recordaba para nada. Ella me explicó que parecía estar en estado de shock o sonámbula porque no le respondí y tenía la mirada fija en ningún lugar. Yo seguí intentando acordarme en vano. Y sin darle mayor importancia, Bree tomó un sorbo de su café y a continuación comentó lo aguado que estaba. Me quedé observándola con el ceño fruncido. Sin más dilaciones, le pregunté por qué íbamos a esa extraña ciudad de la que no había oído hablar en mi vida. Ella, pensativa, tomó otro largo sorbo de la taza antes de responder. Yo también la había pillado desprevenida.

Retomamos la carretera nada más terminar de desayunar y de que Bree, con cara pícara, metiera en su bolso algunos croissant que había cogido de más. “Para el camino”, se excusaba mientras salíamos del hotel vigilando que nadie nos perseguía reclamándolos. Ahora yo iba al volante. No me gustaba pero tampoco me disgustaba. Sin embargo mi hermana parecía disfrutar en su puesto de copiloto, con las piernas encima de la guantera, el asiento reclinado, y las gafas de sol, con una medio sonrisa en su rostro a la vez que mechones de cabello se lo cubrían a causa del aire que entraba por su ventanilla. La miré de reojo, preguntándome cuántas veces habría hecho este mismo trayecto ella, en uno de sus viajes, junto a Alan, o junto a Chris. Sentí un pinchazo debajo del pecho al mismo tiempo que recordaba su nombre en mi mente. Pensé en todas las ocasiones que Bree y él habrían estado viajado juntos, compartiendo cosas que yo jamás tendría la oportunidad de compartir con él. Pestañeé varias veces para apartar ese pensamiento, tenía que concentrarme en la carretera, tan sólo en la carretera. No me importaba morirme, pero no quería matar a mi hermana, por muy celosa que estuviera de ella.

Estuvo un buen rato en esa posición, en absoluto silencio, exceptuando las veces que en la radio sonaba una canción que conocía. Entonces la tarareaba con un débil murmullo, sabía que cantaba porque movía los labios, pero parecía que lo hiciera para sí misma, evitando al máximo que yo la escuchara. De vez en cuando cambiaba de emisora cuando el dial se perdía, lo cual ocurría bastante a menudo desde que habíamos salido del hotel. Finalmente terminó por poner un disco compacto que sacó de su bolso.

El sol fue cayendo, hicimos unas dos paradas más para repostar antes de parar a comer. Yo me moría por un refresco bien cargado de hielo. Parecía que habíamos conducido por mitad del desierto, no volví a ver un árbol desde poco antes del hotel, y el sol caía con mayor fuerza conforme avanzábamos. Al bajar del coche noté cómo ardía la carrocería, y me preguntaba si el viejo Ford de mi hermana aguantaría el resto del trayecto.

sábado, 21 de mayo de 2011

Parte XVI

Aunque las cosas entre ellos no marchaban tan bien como parecía en mi mundo onírico. Monique, cada vez más disgustada porque su novio pasaba más tiempo conmigo que con ella, comenzó a reprochárselo sin ningún tapujo, tal y como pude comprobar un día cuando fui a su casa. Cuando me abrieron la puerta, Alan me saludó con una mano al mismo tiempo que andaba escuchando música en sus auriculares a bastante volumen. Luego adiviné que pretendía no oír los gritos de Monique, la cual estaba histérica, recriminándole a Chris que estaba demasiado unido a mí. Como cualquier mortal, fue escuchar mi nombre y no pude evitar seguir la discusión. Chris Y Monique se enzarzaron en una riña donde ella vociferaba una sarta de culpas hacia Chris a la vez que él se excusaba con múltiples alegaciones siempre a mi favor. Monique le rebatía todo el tiempo hasta que se cansó y salió por la puerta antes de que pudiera notar mi presencia.

Yo me quedé en el sillón, acurrucada como quien espera un chaparrón, sintiéndome verdaderamente mal por todo el daño que les estaba causando, tanto a Chris como a Monique. Sobre todo me dolía el haber dañado a Chris, aunque el daño era por las palabras de Monique, era por culpa mía, me sentía como una bazofia. Chris, cabizbajo y apenado, vino al salón y enarcó las cejas cuando me vio allí junto a Alan. Pudo saber por mi expresión que había escuchado todo y sin saber muy bien qué decir, intentó disculparse con torpeza. Yo me levanté de mi sillón, negándole con la cabeza, asegurando que toda y absolutamente toda la culpa era mía, pues comprendía toda la verdad que contenían las palabras de Monique. Supe entonces que no me gustaba verlo así, y que si verdaderamente le quería, que si yo sólo querría verle feliz, tenía que hacer lo correcto y quitarme de en medio.

Así que cuando estuve delante de él, le sonreí sin decirle nada, mirándole como si fuese la última vez, y él también me miraba, intentando prever qué me proponía. Sin pensarlo mucho más, me abracé durante unos minutos a él, con los ojos cerrados, para poder recordar mejor ese momento. Llevaba su camiseta roja favorita, con ese perfume tan característico suyo que me volvía loca. Él me acarició el pelo, haciéndome más dura la despedida, y comentando que no tenía nada que preocuparme, que la culpa no era mía, que tan sólo era Monique que andaba un poco estresada. Sin levantar la cabeza le dije que se equivocaba, y que sería mejor si nos dejáramos de ver. Él me dijo que no me comportara tan melodramáticamente como lo había hecho Monique con su salida triunfal con portazo incluido. Me aparté de él y reí ante su tono sarcástico. Pero cuando vio mi rostro de nuevo, supo que yo no estaba bromeando.

Chris me clavó una mirada dubitativa durante unos instantes, para luego dirigirla a Alan, sentado aún en el sofá a mis espaldas, y aún así, yo había notado cómo a veces observaba nuestra escena. Si dejaba de ver a Chris, también dejaba de ver a Alan, no sabía muy bien qué me producía más pena. Me giré y levanté la mano hacia él en modo de despedida cordial, no podía aguantar igual de serena mucho más tiempo allí. Ser parte de aquel maravilloso grupo de amigos era demasiado pedir. Antes o después tendría que llegar el desencantamiento. Y en ese momento creía que ya había llegado.

Estaba sentada en la cama con la espalda apoyada en el cabezal cuando sonó el móvil de Bree para despertarla. Yo, sorprendida de cómo los primeros rayos de luz de la mañana se filtraban a través de los espacios que quedaban entre las cortinas, me enjugué rápidamente las lágrimas y me apresuré a encerrarme en el baño para tomar una ducha relajante. Cuando el agua estuvo tibia, me situé debajo del chorro, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en la pared que tenía enfrente, concentrada en intentar que todos los recuerdos y todo el dolor desparecieran por el desagüe. No me percataba de los minutos que llevaba en esa posición hasta que Bree empezó a aporrear la puerta diciendo que necesitaba entrar. Abrí los ojos, miré mis manos arrugadas como las de una anciana, preguntándome cuánto tiempo había pasado, me enrosqué en una toalla, y salí a toda prisa. ¿Qué me sucedía? ¿Dónde estaban las últimas horas? Me sentía bastante confusa y aturdida, era como si un minuto fuera una milésima de segundo.



Se admiten ideas para ponerle nombre a la protagonista :)

viernes, 20 de mayo de 2011

Parte XV

Luchar. Es lo más preciado que me había enseñado, y yo lo había rechazado cuando salté por aquel acantilado, me había rendido, le había defraudado. De pronto sentí tanta angustia que noté que me faltaba el aire, y me aferré a la barandilla del ascensor, viendo en los espejos que la chica del reflejo se ponía blanca por momentos. Bree, que estaba delante mía, se dio cuenta nada más salir del ascensor, giró para sacar la maleta y cuando vi mi rostro, rápidamente la soltó para asirme de los brazos por miedo a que me desmayara. Con los ojos llenos de preocupación y temor, me preguntó qué me sucedía. Yo me enderecé mostrándole que podía tenerme en pie por mí misma y le dije que no pasaba nada, a la vez que caminaba recto hacia el pasillo en busca de la habitación. Ella me seguía a medio metro por detrás, aún alerta, al más mínimo signo de desvanecimiento que tuviera, estaba segura que saltaría a por mí.

Pero yo no podía borrar esos ojos aguamarina de mi mente, y tropezaba con cada mínima arruga que mis pies encontraran en la moqueta. Pero no podía derrumbarme en mitad de aquel pasillo, allí en medio no. Con cierta dificultad fingiendo estar bien, anduve por el corredor, giramos a la izquierda, y seguimos andando. La moqueta tenía el mismo color que la camiseta favorita de Chris, la misma que vestía aquella noche de acampada. Comprobé el número de habitación, y descubrí que estaba al fondo del pasillo. Torpemente intenté introducir la llave magnética en la cerradura, pero no conseguí acertar a causa de las lágrimas que amenazaban con surgir.

Sin levantar la vista del suelo, dejé que se encargara Bree de abrir. Lo hizo sin ninguna dificultad. Entró primero arrastrando tras de sí mi pesado equipaje, lo apoyó en una pared y se sentó en el borde de una de las camas. Cerré la puerta tras de mí, aún con la cabeza agachada para que Bree no se percatara de mi rostro. Me iba a meter en el aseo cuando Bree se puso en pie y se acercó a mí. La miré de soslayo y entonces ella me abrazó tiernamente. No pude reprimirme más y rompí a llorar apenas emitiendo pequeños gemidos intentando no ahogarme. Ella no cesaba de susurrarme que todo iba a salir bien. Cuando me tranquilicé un poco, Bree me aconsejó lavarme la cara antes de que bajásemos a cenar. Me quejé, no tenía ningún apetito, pero no pude hacer nada, Bree me arrastró hasta el restaurante de la primera planta con la misma facilidad con la que había llevado la maleta.

Aquella noche no dormí bien, no podía quitarme a Chris de la cabeza. Cuando ya creía que lo había superado, orgullosa de mí misma por la rapidez con lo que lo había hecho (esa rapidez quizás en parte debida al momento en el acantilado), cuando ya creía encontrarme recuperada, su imagen volvía a aparecer en mi mente con la misma claridad con la que había imaginado durante el último año. Siempre estaba dentro de mi cabeza, tan presente como si lo tuviera delante, sin poder borrarlo, lo recordaba igual que la primera vez, con esa sonrisa tan cálida y sincera, y unos ojos claros que me aceleraban el pulso cada vez que me miraban.

Los primeros meses que estuvimos tan unidos, para descontento de Monique quien, si ya de por sí no le simpatizaba al haberme unido a su “círculo” siendo una cría, ahora me soportaba menos, fueron meses duros por una parte, con la pérdida de Sheryl aún reciente. Pero por otra parte, estar con él poco a poco se convirtió en una costumbre que me mantenía ocupada y alegre. Y entonces fue cuando le empecé a mirar con otros ojos, encontrándome a veces embelesada simplemente viéndole cocinar. En esos momentos me frenaba a mí misma, preguntándome por qué me pasaba aquello, hasta que comprendí lo que no quería aceptar. No podía aceptarlo, aquello era imposible, ¿qué pensaría Bree? Una cosa era integrarme en su grupo de amigos, otra muy distinta es que mis sentimientos alteraran la armonía que había entre ellos, siendo yo la hermana de Bree y Chris uno de sus mejores amigos.

Tuve muy claro desde el principio que nadie debía saber mis sentimientos hacia Chris, y me propuse olvidarle con todo mi empeño, pero no pude, sentía como si la fuerza de un imán me mantuviera unida a él, ya no sólo físicamente, sino que me empezó a gustar el tener los mismos pensamientos, tan sólo mirándome sabía lo que pasaba por mi mente, cualquier cosa menos que yo le quería, de eso ya me preocupaba yo de ocultarlo bajo llave. Nos reíamos con los mismos chistes y a veces incluso terminábamos la frase que empezaba el otro. Creo que fue mi imaginación enamoradiza lo que provocó figurarme que entre nosotros había un vínculo invisible que sobrepasaba lo natural. Algunas personas lo llaman ser “almas gemelas”. Pero yo no creía que ese cuento de hadas me pasara a mí, eso sólo le ocurría a las chicas con una belleza impresionante, a las chicas como Monique. Por eso entendía que su pareja fuera Chris. Un chico tan encantador como él tan sólo se merecía como mínimo una chica bien parecida como ella. Todo el mundo envidiaba, yo sobretodo, la buena pareja que hacían y lo felices que se les veía juntos.

jueves, 19 de mayo de 2011

Parte XIV

Cuando me desperté estaba sola en el coche, parado frente a un bar de carretera. Estaba lloviendo, por lo que supuse que no habíamos ido aún demasiado lejos de la ciudad. Me reincorporé quitándome de encima la manta con la que, supuse, Bree me había cubierto. Intenté ver a través de la lluvia y el gran ventanal que ocupaba la parte frontal del bar si ella estaba dentro. De pronto la puerta se abrió y ella abrió su paraguas. Llevaba algo en la mano. Yo bajé la ventanilla y le cogí los dos vasos de cartón y una bolsa de papel marrón. El aroma del café y de la bollería despertó mi apetito. Bree cerró el paraguas antes de introducirse en el coche y procuró no mojar los sillones cuando lo dejó en la parte trasera del automóvil. Se sacudió el pelo salpicándome unas cuantas gotas de agua helada, pero yo estaba concentrada absorbiendo el aroma de los brioches. Nos tomamos el café en silencio, disfrutando del calor que nos proporcionaba bajo aquel aguacero. Bree se terminó su café antes que yo, y se quedó pensativa, mirándome fijamente. Yo me hacía la distraída soplando a través de la tapadera del vaso. Finalmente dijo si me encontraba bien. Yo levanté sorprendida la vista y le musité un breve “sí”. Parecía querer preguntarme algo pero no se decidía, así que elegí yo por ella, y le pedí que me dijera qué quería saber. Ella dijo que tan sólo estaba pensando en cuántos días tardaríamos en llegar. Mis ojos se abrieron de par en par. ¡¿Días?!

De pronto Bree estalló en una carcajada, y yo seguía con mi cara desencajada. Cuando contuvo la risa, dijo que no tardaríamos mucho más de dos días y medio, pero aquello me seguía pareciendo descabellado. ¿No podríamos haber cogido un vuelo como solía hacer la gente normal? Pero no, Bree tenía que llevar su rareza hasta esos límites. “Así se disfruta más del viaje”, se había excusado. Yo miré irónicamente por la ventanilla, con aquel escenario, ¿de qué se podía disfrutar? “El paisaje cambiará conforme lleguemos”, continuó diciendo, echando marcha atrás. “Te gustará”.

Las siguientes cuatro horas transcurrieron en silencio, tan sólo se oía el débil murmullo de la radio y el rugido del motor cada vez que Bree cambiaba las marchas. La lluvia había cesado y parecía que las nubes se empezaban a disipar conforme más nos alejábamos de nuestra procedencia. El sol se estaba ocultando por el lado derecho de la autovía, tiñendo el cielo de diversos colores y no sólo aquel grisáceo apagado al que estaba más que acostumbrada. Habíamos salido temprano de la ciudad, a Bree no le gustaba conducir de noche, por lo que presagié que ella ya había calculado una parada en un motel de carretera para pasar la noche, y yo ya me estaba imaginando el típico edificio cutre, maloliente y lleno de bichos, la inspiración de cualquiera película americana de terror. Pero una vez más, Bree demostró su sabiduría en los viajes y yo mi ignorancia en el mismo tema. Al poco de caer la noche, cogió un desvío hacia una población cuyo nombre no reconocí para nada. La Geografía siempre había sido mi punto débil.

A menos de tres millas del pueblo, se levantaba un simétrico edificio de cuatro plantas, pintado en blanco con las ventanas y puertas en rojo, aunque de noche era más bien granate. Estaba por debajo del nivel de la carretera, quizá porque ésta había sido asfaltada de nuevo hacía poco, a pesar de que el edificio tenía una fachada de lo más vanguardista. La entrada, un cubículo de cristal con un tejado rojo a dos aguas que sobresalía del edificio principal, apoyada sobre dos columnas blancas le daba un aspecto muy griego (no sabía Geografía pero se me daba bien Arte). Toda la construcción en sí estaba rodeada por pequeños arbustos de diminutas flores amarillas y lilas a saber por los pequeños focos que enfocaban hacia arriba como si se tratase de un monumento. Me quedé sin palabras.

Bajamos del coche, Bree abrió el maletero y cogió la maleta para arrastrarla sobre sus ruedas traseras. Era sorprendente la fuerza que tenía, yo casi me caí cuando la bajé de la cama esa misma mañana. Entramos al hotel y, por supuesto, el interior no podía ser peor que el exterior. Sofás de cuero blanco, alfombras con diseños geométricos en diferentes tonos rojizos, predominando las líneas rectas y los cuadrados por doquier. Entonces una punzada en el estómago. El rojo era el color favorito de Chris. ¿Por qué me acordaba de eso justo ahora? Antes de que las lágrimas comenzaran a brotar de mis ojos, Bree me llamó desde el mostrador de recepción para que le sujetara la maleta, que no se tenía en pie por sí sola a causa del peso. Sacó un papel impreso de su bolso y se lo extendió al recepcionista, quien tras comprobar el número de reserva, nos dio dos llaves electrónicas y nos informó de que nuestra habitación estaba en el tercer piso, y que el desayuno se servía de siete y media a nueve en el salón que teníamos en la primera planta. Bree le dio las gracias cordialmente y arrastró la maleta por la moqueta carmesí. Subimos al ascensor mientras mi mente vagaba por el pasado.

El color rojo siempre me había recordado a él, sobre todo cuando nos separábamos. Era como si dejara un pedacito de él conmigo. Dicen que los principios siempre son duros, pero lo son más cuando la persona a la que amas vive a muchas millas de ti, a demasiadas. La distancia parece mayor incluso cuando has pasado seis meses conviviendo con esa persona. Bueno, en nuestro caso, no bajo el mismo techo, pero como ya he dicho, si él no estaba en mi casa, yo estaba en la suya. Éramos amigos, y ya está, lo que vino después no fue nada planeado, de hecho era algo impensable para las dos, que algo surgiera entre los dos más allá del afecto que nos teníamos era algo absurdo. Además, él estaba con Monique, todo el mundo sabía lo que sentía ella por Chris.

Pero empezamos a pasar demasiado tiempo juntos, como sospechaba Monique. Y empecé a fijarme en que no podía quitarme de la cabeza esos ojos aguamarina cuando él no estaba, y si estaba, se me trababa la lengua con facilidad, y de pronto me embargaba tal vitalidad y valor que sentía que era capaz de cualquier cosa que me propusiera. Además, él había estado ahí para secarme las lágrimas cuando echaba en falta a Sheryl, me había dado las palabras de consuelo que necesitaba, y se empeñaba en mostrarme que a pesar de los obstáculos que se interponen en nuestros caminos, la vida siempre tiene un lado bueno, positivo, un lado por el que merece la pena luchar y seguir adelante.

Mis Mp3's


Más de 100 cassettes que guardo como oro en paño, vinilos de tócame y no me mires, y más de 200 CD's, obviamente descubrir los mp3 para mí fue todo un hallazgo. Claro que levantándome cada día con ganas de escuchar un disco distinto, con el paso del tiempo me di cuenta de dos cosas. La primera, ningún mp3 aguantará para siempre el que cada día cambie de disco o de canción (y mucho menos si lo voy cambiando conforme avanza el día). Segundo, cuanto más capacidad, mejor.

Y de ahí la evolución de mis pequeñas maquinitas, en las que no quiero ni pensar cuánto me he gastado ni mucho menos cuánto he perdido (y no económicamente) cuando se han roto.


Comencemos:


mp3 Elco PD-377-R5 (rosa. 512 Mb) No era concretamente el de la imagen que sigue, pero el aspecto es muy parecido:




Mi primer mp3, tras unos cuantos años después de que mis hermanas, más pequeñas que yo, tuvieran sus respectivos mp3. El rosa chicle no recuerdo si fue regalo o compra, seguramente lo segundo. Recuerdo que tuve que escoger color y el único que quedaba era ese rosa que me horrorizó. Pero quería un mp3 como fuera. Y con tanto uso por ser el primero, no me duró ni un año. Directamente un día dijo que adiós muy buenas y nunca más se volvió a encender.










iPod Nano (blanco. 125 Mb):



Regalo de mis tios cuando fueron a China. Sí, me trajeron un mp3 de China (de marca de la buena), curioso. Me hizo mucha ilusión, que bajó en picado en micromilésimas de segundo cuando en la caja vi la capacidad: 125 megas. Bueno, a caballao regalado, no le mires el diente. Pero me hizo pensar: ¿quién necesita un mp3 dónde sólo puede escuchar esa cantidad de música? Yo sólo metí un disco de 10 canciones ya cada cual más corta. En fin.... El caso es que ese no recuerdo si se rompió o si directamente el desuso le hizo perderse en el cajón desastre que tenía de cables y demás cacharrejos del estilo.










Sony Walkman NW-A3000-R (púrpura. 20 Gb):


Mi niño, mi pequeñín, la ostia hecha mp3. Si no fuera por el software que te tienes que instalar en el ordenador para pasar las canciones, que no sólo es pasarlas y ya está, noooo, tienes que hacerlo con el programa porque el mp3 sólo lee archivos de audio Sony (no sé si era .acc). Un rollo patatero. Pero era casi perfecto. No sólo era violeta (¡aish!) y los cascos se ajustaban perfectamente a tu oreja, si no que además te venía toda la infromación de lo que estabas escuchando, estuviera o no dentro del archivo (algo tenía que hacer el programita mientras cambiaba archivos: buscaba información en internet sobre las canciones que tenías). A eso añádele 20 gigas (¡¡¡¡¡VEINTE!!!!), con lo cual tenía ahí casi casi todos mis discos favoritos. y sí, también podía usarse como disco duro externo, pero para eso quedó, para disco duro externo, porque el hardware ya no se pudo actualizar nunca más. Duró cerca de 3 años si no recuerdo mal. Es el mp3 en el que más pelas me he gastado, casi la mitad de la paga que tenía por aquel entonces: 300€. Valía lo que pesaba, buf....










Mp4 Energy System (gris. 2Gb):


Lo conseguí cuando empezaba a estar hasta las narices de lo que tardaba el pequeñín en pasar las canciones, cosa que solía hacer antes de irme al curro. No creo que me costara más de 30€. Era rápido, cómo, ligero y tenía incluso un accesorio para llevarlo colgardo del cuello lo cual me venía genial para aquellas tardes de viernes en el trabajo cuando estaba sola haciendo mil cosas a la vez. Y además con altavoz, aunque no demasiado potente. 2 gigas comparados con los 20 del otro al principio no me daban para mucho, pero me fui amoldando y ahorrando para el siguiente cuando éste se rompiera. Y así fue, los datos se borraron, la pantalla se fue rompiendo, etc. Lo tiré hace un par de años intentando de nuevo rescatar ese precioso concierto que grabé en audio. En vano.










Creative Zen Mosaic (negro. 16 Gb):



También conocido como Morty (por el libro Mort, de Terry Pratchett). Me lo compré no hace mucho (dos años y medio) y es el que uso ahora mismo. Es práctico, sencillo, sin muchas pijerías. Me costó entre 50 y 60€ y la verdad es que le estoy sacando buen provecho. Ahora mismo tengo metidas 1039 canciones y tengo espacio para más. Desde una antología de Bryan Adams a la discografía completa (la inédita y la no inédita) de Take That (1996-2011), pasando por más de 40 artistas. La toma de corriente y de datos es la clásica lo cual hace muy fácil encontrar un cargador o cable de datos si se rompe el que tienes, y entrada para cascos de clavija pequeña (3.5mm si no recuerdo mal). Aunque lo que más me mola, es el altavoz. Puedes estar fregando los platos en la cocina que se escucha el mp3 desde el salón a volumen 13 (tiene hasta 20). Además yo lo llevo con un mini-usb de 2 gb lo cual viene muy bien para no perder el usb y para tener siempre algo para grabar datos. Lo malo: desde hace cosa de unos meses, casi un año, se viene bloqueando y hasta que no se agota la batería, no puedes reiniciarlo (aunque ayer descubrí el botón reset, tan minúsculo que no lo habia visto). Y graba estupendamente en conciertos acústicos.

martes, 17 de mayo de 2011

Parte XII y XIII

Y continúo con el relato....


Antes de lo esperado me dieron el alta, sin darme la oportunidad de despedirme de aquel suplicio de enfermera a la que al final le había cogido cierto afecto. Mis padres querían venir a recogerme, pero Bree insistió en ocuparse ella de mí. “Ya lo hablamos y estabais de acuerdo”, dijo a mis padres en voz baja mientras yo me cambiaba de ropa en el aseo de la habitación. ¿Hablar? ¿De qué habían hablado? ¿Y qué tenía que ver lo que habían hablado con el simple hecho de quién tuviera que llevarme a casa? Había algo que yo no sabía, y si estaba relacionado conmigo, yo tendría que ser la primera en saberlo, ¿no? Así que con los vaqueros por debajo del camisón salí del aseo y lo pregunté sin más dilaciones. Bree miró a mis padres, mis padres miraron a Bree y yo en medio, con los brazos cruzados esperando una respuesta.

Mis padres se miraron entre sí dubitativos, y luego miraron a Bree quien les observaba del mismo modo que yo, esperando que dijeran algo. Yo empecé a preocuparme. Comprobando que ellos no iban a decir nada, Bree resopló y me miró. Me dijo que no íbamos a casa. Se me puso el pelo de punta. ¿No serían capaces de internarme en un psiquiátrico? Reconocía mi problema, sabía lo grave de la situación, pero ingresarme en un manicomio no creía que me ayudara mucho. Esperé impaciente a que Bree terminara de hablar. Tras una pausa de unos segundos que a mí me parecieron eternos, Bree añadió que nos marchábamos las dos, ella y yo, fuera de la ciudad una temporada. ¿Las dos? ¿Adónde? ¿Y mis padres? ¿Estaban de acuerdo en eso? Hubo algo que no terminaba de encajar. Entonces un deja-vu que me pinchó como una espina en la columna. De nuevo me estaban ocultando algo que me afectaba. ¿Acaso era un complot para mantenerme entre algodones el resto de mi vida? Pues menuda manera de hacerlo, pensé para mis adentros en ese momento, por culpa de engañarme y ocultarme asuntos que me atañían, casi tengo una vida más corta de lo normal. Sin vacilar, pregunté qué pasaba, y exigí que me contaran la verdad.

El plan alternativo a mi ingreso en un hospital mental era alejarme de mi hábitat natural para hacerme recapacitar de que no estaba bien el camino que había escogido y que debía de borrar cuanto antes aquellos pensamientos negativos que no me ayudaban en absoluto. Mientras me soltaba un sermón sobre cómo me ayudaría un cambio de aires yo intentaba imaginarme en qué momento de la vida oculta de Bree, ésta se habría sacado el título de Psicología.

Antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba sacando la maleta de debajo de mi cama echando un último vistazo al que había sido mi hogar durante más de la mitad de mi vida. Metí toda la ropa que pude en mi maleta, sin saber muy bien qué debía llevarme pues no sabía a dónde nos íbamos, pero no me quedaba otra alternativa, con el clima tan constante en mi ciudad, toda mi ropa era de entretiempo. Bree vino al ver que me retrasaba, y cuando comprendió mi dilema, con total despreocupación indicó que ya compraríamos ropa una vez instaladas allí. La miré con duda, ¿dónde pensaba llevarme? ¿Necesitaría ropa de más abrigo? ¿O, por el contrario, iba a acalorarme con la ropa que ya tenía? Lo más lejos que yo había ido era al norte, donde hacía más frío y peor clima que en mi ciudad, donde siempre el cielo estaba encapotado, a veces salía el sol, y a veces los días pasaban llenos de lluvia. Todo lo que conocía era aquello, me inquietaba el hecho de pensar que tendría que acostumbrarme a un nuevo lugar.

Mientras cogía a pulso la pesada maleta me asaltó otra pregunta: ¿qué haría allí? Aquí tenía mis amigos, mi casa, mi familia, mi trabajo... No me había dado tiempo a despedirme de mis amigos, aunque ellos tampoco había demostrado mucho interés cuando supieron de mi ingreso en el hospital. Durante mi estancia allí apenas había recibido una breve y fría llamada de mi jefa preguntándome cuándo me reincorporaba a mi puesto como friegaplatos y camarera ocasional en aquel bar de mala muerte. Apreté los labios con fuerza al percatarme de que en los únicos con los que podía contar era mi familia, los únicos a quienes importaba. Como si Bree estuviera leyéndome la mente, comentó sin darle más importancia que había presentado mi carta de despido en el restaurante en mi lugar. Me cambió la maleta por mi bandolera, que enseguida pasé por encima de mi cabeza. Mis padres me esperaban junto a la puerta del comedor. Mi madre me abrazó efusivamente mientras me ordenaba que la llamara sin falta al llegar allí. Quería preguntarle si ella sabía dónde íbamos, pero antes de que pudiera abrir la boca, mi padre me cogió del brazo y tiró de mí para darme otro abrazo por encima de mis hombros. “Cuidad la una de la otra, ¿de acuerdo?”, se despidió con aspecto severo en su cara. Yo asentí con la cabeza.

Bree les dijo que no montaran una escena pues estaría de vuelta antes de que me echaran en falta. Mi madre se acercó a ella y la besó en una mejilla mientras ella ponía cara de fastidio. Mi padre se reía disimuladamente, y yo con él. Miré a mis padres por última vez con nostalgia, y seguí a Bree. Ella guardó mi maleta en el maletero mientras yo ocupaba el asiento del copiloto. Ella se sentó al lado y sonriendo dijo que no pensara que ella iba a conducir todo el camino. En tono irónico le pregunté cómo iba a conducir yo si no sabía hacia dónde íbamos. Ella pronunció un nombre que no había oído en mi vida, por lo que lo olvidé enseguida. No hice más preguntas, y ella era una persona de pocas palabras cuando iba al volante, prestando toda su atención a la carretera. Encendí el reproductor de mp3 y le pregunté si le molestaba. Ella se encogió de hombros mientras miraba por el retrovisor.

Suspiré. Rogué que aquel viaje no fuera demasiado largo, aunque con eso de que antes o después conduciría yo, se sobrentendía que el trayecto nos iba a llevar unas cuantas horas. Así que intenté buscar una posición cómoda sin desabrochar el cinturón, apoyé la cabeza en la ventanilla, e intenté relajarme con la música, sin pensar en que aquellos eran los últimos minutos en mi ciudad hasta saber cuándo. A través del cristal los coches y los edificios pasaban a cierta velocidad. Algunos de aquellos lugares me traían muchos recuerdos, algunos buenos, otros más duros, pero ahora los sentía todos con cierto toque agridulce, eran parte de mi vida, y aunque siempre había detestado mi ciudad y la había considerado demasiado normal y previsible, era mi ciudad, mis recuerdos, mi hogar. Pensé en la posibilidad de negarme en rotundo a marcharme, en exigirle a Bree que parara el coche, pero no lo hice, en parte porque había algo que me decía que debía seguir a Bree en lo que me dijera, que debía de seguir confiando en ella con los ojos cerrados como hasta entonces. Nunca me había decepcionado, así que hice caso a mi instinto, y al mismo tiempo que me despedía de mi ciudad gris, sentía una gran pesadez en mis párpados mientras aquella vieja canción de los noventa iba perdiendo volumen progresivamente.