jueves, 14 de febrero de 2013

Boom!

Amaneció, apagué el despertador, escogí mi ropa y me metí en la ducha. Me afeité, me vestí, ordené mis cosas y salí de casa como cada mañana. Pero aquella mañana era distinta. La noche anterior había guardado todas mis pertenencias en cajas de cartón, y los papeles más importantes perfectamente alineados encima de la mesa de la cocina con una nota explicativa, más que nada para facilitarle la futura tarea a mi hijo, quien trabajaba de sol a sol con un contrato absurdo y por menos del salario estipulado.

Por él, por mi difunta mujer, por el futuro de mis nietos, por todos ellos había tomado la decisión y había dicho que sí, sí al cambio, sí a parar esta situación, a pararle los pies a tanta injusticia y tanto mangoneo con los ciudadanos de a pie. Además, yo no tenía nada que perder, ya me habían dado palos por todos lados y me habían quitado todo. No me quedaba nada, mas que las ganas y la impotencia de cambiar las cosas.

Tal y como me habían indicado, en una pequeña oficina de correos me esperaba alguien con el material. Las instrucciones habían sido claras pero el chico me las recordó, aunque parecía que lo dijera para sí mismo, para acordarse de que él tenía que seguir los mismos pasos. Noté cierto temblor en su mano cuando me dio el paquete de folios. El muchacho no debía de pasar la veintena, ¿qué le habría llevado a tomar esa decisión a tan temprana edad? Puse mi mano en su hombro y lo apreté intentando infundirle valor. Me dirigió una medio sonrisa y me musitó: "habrá un antes y un después de nosotros". Asentí con la cabeza, nos despedimos y me dirigí al punto que me habían asignado.

No había ninguna estación de metro cerca, así que me tocó andar desde la plaza, callejeando por una zona de edificios altos y antiguos. Recordé cuando eran nuevos, de paredes vistosas y ventanas impolutas. Ahora todas las fachadas compartían el mismo gris humo, tan gris como el porvenir de este país, mi país. Estábamos en manos de una panda de ambiciosos egoístas, de avariciosos sin escrúpulos, de desvergonzados que se cubrían entre sí. Y encima tenían la poca decencia de decir al pueblo que "había vivido por encima de sus posibilidades". Me enervaba tanta mentira saliendo de sus bocas, tanto parloteo sin sentido. Estos inhumanos merecían un escarmiento, y el pueblo por fin nos habíamos unido para ello. Y hoy era el día.

Llegué a la puerta del edificio que me habían asignado. No estaba solo. Estratégicamente situados distinguí una señora con una bolsa de regalo, quien miraba preocupada de un lado a otro como si quisiera decir algo a los viandantes, turistas y trabajadores de oficinas en la mayoría. En el otro extremo había un hombre de mediana edad paseando un perro, nada fuera de lo normal si no fuera por el bulto que ocultaba bajo un periódico en su brazo. Entonces llegó hasta él una mujer quien cogió al perro y, entre sollozos, se despidió con un beso y una caricia.

Por mi parte, no había dicho nada a mi hijo, a pesar de que él, mi nuera y las dos fierecillas de mis nietos eran toda la familia que me quedaba. Pensé en mi esposa, en cómo la había echado de menos cuando falleció, e imaginé lo que me diría si aún estuviera viva. No me dejaría hacerlo, era una persona muy optimista y siempre andaba diciendo "ya vendrán tiempos mejores". Siempre discutíamos en ese aspecto. Ella tan pacífica y tan dulce, y yo tan bruto y desconfiado.

Observé el reloj que adornaba la entrada a un edificio no muy lejano. Eran las 12 menos cinco, cinco minutos para la hora acordada. La mirada de la mujer se cruzó con la mía, y su semblante angustiado se transformó en uno firme y seguro cuando siguió la dirección de mis ojos. El hombre seguía apartado de nosotros pero revisaba su reloj de pulsera. Fueron los cinco minutos más largos de nuestra existencia. Comenzaron a sonar explosiones lejanas seguidas de un intenso ruido de sirenas. Pensé en aquel muchcacho de la oficina de Correos. Nos percatamos del coche oscuro que salía del edificio que custodiábamos. Era el momento. Como la perfección de la maquinaria del reloj que estaba dando las 12, los tres desconocidos apretamos el botón al mismo tiempo.



Aquel día la ciudad ardió en el sentido más literal. Los principales objetivos se convirtieron en víctimas a causa de las bombas colocadas en edificios gubernamentales, y notas de prensa fueron enviadas a todos los periódicos exponiendo la protesta. Ante tal aniquilación, las cosas cambiaron. Sin embargo, en el aire quedó una pregunta sin respuesta: ¿cambiaron para bien, o para mal?