jueves, 7 de mayo de 2015

Segunda Atmósfera (comienzo)



En una casa situada en la Segunda Atmósfera un padre acostaba a su hijo de seis años, no sin antes continuar relatándole el cuento que el padre había escrito:

- Y así los zombies volvieron a sus tumbas. Fin.
- Papá, ¿qué es una tumba? ¿Es como Marte? – Preguntó el niño con el ceño fruncido por no entender el final de la historia.

En el rostro del hombre se dibujó una sonrisa, una sonrisa anciana que nada tenía que ver con su aspecto. Bajo la promesa de explicárselo al día siguiente, acarició la cabeza del pequeño, le dio un beso en la frente y le arropó subiendo la cremallera del saco nórdico. Se acercó a la ventana enrejada para bajar las persianas, pero se quedó unos minutos observando el paisaje desde la altura.

Tanto enfrente como a ambos lados de su casa estaban situados diversos hogares, todos iguales, habían sido diseñados del mismo modo, pero cada uno era del color que había escogido el propietario. Había casas marrones, casas bicolores, incluso una casa blanca con puertas y ventanas en azul. En un nivel inferior a ellos, podía distinguir otra hilera de igual disposición, y aún más abajo, se intuían a través de la neblina las luces parpadeantes y rojas de los rascacielos, grandes edificios a los que era imposible ver la base. La Atmósfera Uno no era muy transitada, a saber qué se podría encontrar uno ahí. Pero él sabía que no era para tanto.

Bajó las persianas y al girarse se sobresaltó al ver a su marido apoyado en la puerta del cuarto. Estaba con los brazos cruzados y su mirada era de reproche. No le gustaba que le contara esas antiguas leyendas a su hijo.



lunes, 4 de mayo de 2015

Plan de exterminio - versión 1.2

Para un trabajo de clase se me ha ocurrido darle una vuelta a este relato Logabe's Blog: Plan de exterminio: que escribí hace un par de años. Aquí la nueva "versión", mejorada o no, eso depende del punto de vista.


Plan de exterminio


Germán vuelve a casa derrotado del trabajo, con la cabeza llena de quejas y de órdenes, a punto de estallar. Deja el maletín en el sillón orejero y alza la voz saludando a quien le espera como cada día, la única persona que le hace sentir bien, la que puede apaciguar las voces en su cabeza: María.

Cierra la puerta y echa la llave. A través del gran ventanal que decora la pared norte del salón ve tan sólo la oscuridad de la noche. Las cortinas no están echadas. "Estará regando las plantas", piensa para sus adentros. Se acerca a la cristalera, intentando habituar la vista a la negrura exterior. Comienza a distinguir los tiestos de barro cuando algo le sobresalta, una sombra que pasa veloz de un extremo a otro de la terraza. Busca el interruptor de la luz, que enciende al mismo tiempo que un gato negro se abalanza contra el cristal. Retrocede un paso, el cristal amortigua el ataque, y cuando el gato se recompone, salta al balcón de al lado. "Puto gato de los cojones", gruñe con mal genio. Lo que le faltaba para acabar el día, el maldito gato del vecino que no tiene mejor cosa que hacer que escarbar en las macetas. Atraviesa el salón para entrar a la cocina y coger algo con que limpiar. "La próxima vez se come el palo de la escoba", murmura mientras vuelve para recoger el estropicio que ha armado en el balcón.

Le oigo bramar. Maldice a un gato. Si él supiera que el gato huye de mí, que sólo le está avisando de mi presencia... Pobre animal. El hombre, la peor peste de todos los tiempos. Cada hecho, cada acción así lo demuestra. Debe llegar a su fin. Pero paciencia, todo a su tiempo. De momento empezamos por algo pequeño, algo insignificante, un hombre cualquiera no pondrá en alerta a nadie de lo que depara el futuro, el nuevo futuro donde nunca existió.

Aún así, es extraño cómo funciona el cerebro humano, la complejidad que lo caracteriza. Este desgraciado aún no echa en falta algo, algo que supone ser algo tan importante para él. Pobre tonto...

Germán termina de recoger la tierra esparcida por las baldosas de la terraza y vuelve a la cocina. De pronto, cae en la cuenta. No recuerda haber oído respuesta de María cuando entró. La llama por su nombre y asoma la cabeza por el pasillo, esperando. Nada, sólo silencio. Se dirige al baño. Vacío. El dormitorio, el despacho y el comedor también están vacíos. "¿Dónde estará?", se pregunta. Vuelve al salón, marca su número de teléfono móvil. Espera hasta que los tonos terminan. Cuelga y vuelve a llamar. Empieza a preocuparse, ella no suele ignorar el móvil. De nuevo los mismos tonos que martillean su impaciencia. Cuelga. Piensa que lo mismo ha ido a casa de su madre. Pero ¿no le ha dejado ninguna nota? Algo inquieto, va al office y enciende el ordenador, tiene mucho trabajo que hacer antes de mañana.

Mientras el ordenador arranca retorna a la cocina y coge de la nevera un tentempié para saciar el hambre. María suele esperar la llegada de Germán para decidir la cena, la preparan juntos, y luego se sientan a ver la televisión hasta quedar adormecidos en el sofá. La rutina de cada día. A veces es una vida algo aburrida, pero a Germán le gusta tal y como es, y a ella parece que tampoco le desagrada pues nunca se ha quejado.

El ordenador por fin se enciende y muestra el escritorio donde miles de iconos ocultan su foto de viaje de novios en Punta Cana, hace unos cuantos años. Abre el Excel a tiempo para recordar que el pen drive lo ha olvidado en el salón, dentro del maletín.

Vuelve junto al sillón, levanta el abrigo y el maletín no está. En vano lo busca por todo el salón, y en la cocina. Le sudan las manos al pensar en todo lo que hay en ese maletín, toda la documentación privada de la empresa, datos de clientes, la agenda con las próximas citas... Motivo de despido clarísimo. Se le acelera el corazón. Tantea la posibilidad de haberlo llevado al office cuando encendió el ordenador. Lo registra todo cada vez más histérico. Busca por toda la casa.
            - Joder, joder, ¡joder! ¡Mierda, ¿dónde cojones lo he puesto?!

Lo oigo corretear por toda la casa, gruñendo y maldiciendo. Intento aguantar la risa desde mi escondite con el maletín a mis pies. No hay nada malo en jugar con la comida antes de comérsela, ¿no? Bueno, creo que va siendo hora de librarle de sus preocupaciones, de tanto trabajo, tantas responsabilidades de las que se queja y son ellos mismos quienes se las imponen. No he visto ser más tonto en toda mi existencia.

Germán sigue buscando por debajo de los muebles, entre los cojines, en los bolsillos del abrigo... Nada. Y su memoria le juega malas pasadas ignorando el simple gesto de recoger el maletín del suelo al llegar a la parada de metro. ¿O se lo está imaginando? Por el rabillo del ojo le parece ver algo brillar, y se gira pensando que es el reflejo de una ventana.

Cuando se percata del cuchillo abalanzándose sobre su pecho, intenta esquivarlo, empuja a su agresor, y se defiendo con los puños que pronto empiezan a escocer y sangrar. El filo del cuchillo tan sólo es una rápida estela brillante manchada de rojo oscuro. Forcejean pero con su pierna el atacante hace una llave que provoca la caída de Germán. Está sobre él, con todo su peso, y una rodilla le oprime el pecho. Le cuesta respirar pero sigue luchando. Con ambas manos Germán le sujeta el puño que sostiene el cuchillo, a escasos centímetros de la cara.

Pero no cuenta con su otra mano. Asesta una puñalada en el costado, y un dolor punzante le recorre la espalda. De forma macabra lo enseña y lo arrastra por la cara de Germán. Horrorizado contempla que no es un puñal, es su propia mano, una garra metálica a modo de prótesis con forma cónica como una tuneladora. Y entonces Germán mira sus ojos, ojos redondos, puntos resplandecientes, como LEDs, sin iris ni párpados. Y su piel, oculta bajo una capucha, parece brillante, como si fuese de metal. "¡¿Qué es esto?!", es el último pensamiento que recorre su mente cuando la prótesis cónica atraviesa su cráneo.