martes, 30 de julio de 2013

LHR


Primera parte


Esperar las maletas, hacer fila para mostrar el pasaporte, coger un taxi al hotel de siempre. Desde que Giacomo aceptó ese ascenso ésa era su rutina, iba y venía, siempre a caballo entre Roma y Londres. Por suerte la empresa lo pagaba todo, y el sueldo era bastante bueno. Ya conocía tan bien Londres que el viaje significaba nada, como quien coge un automóvil para ir al puesto de trabajo cada día. Llegó al hotel y en la habitación deshizo la maleta: caros trajes que necesitarían un planchado, un neceser con lo indispensable y unos zapatos relucientes. Y por supuesto, papeles y más papeles de proyectos, tareas, guiones para los briefings, algunas ideas que habían surgido en el vuelo...

Solía llevar una pequeña libreta, no confiaba en la tecnología de secretarias electrónicas y demás modernidades. Su agenda clásica de hojas amarillentas no le fallaba, nunca se había quedado sin batería ni requería de complicadas actualizaciones de hardware y software que luego ocupaban más espacio que lo realmente importante. Sacó de su maletín la agenda y la abrió por el día señalado. Al día siguiente tenía una reunión previa a la presentación de un nuevo producto, con lo cual iba a estar ocupado todo el día. Era un trabajo sacrificado pero en el fondo le agradaba, y además se le daba bien. Puso la alarma en el despertador del teléfono y tras una fresca ducha, se durmió.

Al día siguiente desayunó a primerísima hora en el hotel mientras repasaba las direcciones donde tendrían lugar las citas. Eran oficinas desconocidas para él pero en un plano observó lo cercanas que ambas estaban de la línea Central de metro. Disponía de una Oyster pues confiaba más en la puntualidad y velocidad del subterráneo que en el tráfico londinense y sus taxistas dicharacheros que no le dejaban prepararse las reuniones. Así que una vez hubo desayunado, se aseó y cogió el metro en dirección a St. Paul's, al este de Londres, archiconocida parada por la catedral del mismo nombre. No tuvo mayor problema en dar con el edificio de oficinas donde le aguardaban compañeros y superiores. La reunión fue según lo planeado y el producto se presentaría esa misma tarde en un cóctel en la misma tienda donde un tiempo después se vendería.

De vuelta al metro, atestado de gente a esas horas, iba dando los últimos toques a su guión para su tarea de colaborador de la firma, cuando el vagón paró en la estación de Notting Hill donde tras unos minutos de espera, fue anunciado por los altavoces que debido a un fallo eléctrico, la salida se demoraría. Giacomo resopló con disgusto y al comprobar que empezaba a hacérsele tarde para comer, decidió apearse del tren y almorzar en Portobello, conocía un pequeño bistro donde servían muy buenos platos, o al menos así los recordaba de su primer viaje.

lunes, 22 de julio de 2013

Parte XIX

Llevo más de un año sin continuar posteando el relato. Empecé a escribirlo hace... 7 años ya. Y a fecha de hoy no sé si lo acabaré algún día. No recuerdo ya ni cómo surgió la primera idea, supongo que se me ocurriría tras alguna película o escuchar alguna canción. Era la época en que descubrí a Budapest, así que seguramente fue aquello. De todas maneras, y dado que entre cada capítulo pueden pasar muchos días, los he unificado todos bajo la etiqueta "Inacabado" para que sea más fácil la continuidad. Es difícil terminar un relato cuando ves que se alarga, y se alarga, y ves definido el desenlace pero el nudo resulta más complejo de lo que esperabas. Anyway, ahí va otro capítulo/parte/fragmento/lo que sea. Como siempre, correcciones, opiniones, consejos, etc. siempre son muy bien recibidos :)


Cuando empecé a salir con Chris, sabía muy bien qué arriesgaba. Si las cosas entre los dos salían mal, yo acabaría perdiendo a Alan. No se trataría de algo como si Alan fuese el hijo de unos padres que se divorcian; Alan desde siempre había sido de Chris por decirlo así, y por supuesto que si nuestra relación terminaba, yo también perdería a Alan. Era comprensible. Y me arriesgué, porque sentía algo tan inmenso por Chris que pensé que jamás terminaría. No caí en la cuenta que a veces, contra la voluntad de los humanos, suceden cosas imprevisibles e inevitables.

Sin darme cuenta durante el trayecto en coche me sumergí en un sueño profundo, mezclado con un pasado evocador, brillante, luminoso, idílico. Estaba en casa, en el sofá que se habían comprado mis padres al casarse, 23 años atrás, un sofá antiguo, raído, roto, y tan inexplicablemente cómodo para mí. Me encantaba ese sofá. En el sueño yo apagaba la tele y me giraba para hablar con Alan, sentado en el sillón de mi derecha, y con Bree, sentada enfrente mía. Entonces la puerta principal de la casa se abría con un halo de luz y aparecía Chris, apenado, con la mirada apagada. Sabía a qué se debía esa tristeza antes de que él pudiera pronunciar palabra: Monique se había marchado. Sentí una punzada de culpa cuando Chris lo dijo a través de su voz. Me sentía culpable por haber provocado aquello, aquel dolor que tanto hería a Chris y que le quitaba la chispa que tanto le caracterizaba.

Una vez se hubo sentado entre Alan y yo, Alan y Bree le intentaba animar con sus bromas pero a mí no se me ocurría ninguna palabra de consuelo. El simple hecho de tenerle tan cerca me dejaba la mente en blanco y no podía razonar con claridad, tan sólo podía mirar esa expresión triste en su rostro, que le hacía aún más atractivo si cabe, con las cejas caídas, los cabellos rozándole la mandíbula tan pronunciada, y los ojos mirando hacia ningún sitio. Tan sólo quería poder abrazarle y ofrecerle todo lo que yo tenía si eso le ayudaba en algo. Inesperadamente giró levemente su rostro hacia mí.

En esas situaciones yo apartaba la mirada de inmediato antes de que pudiera descubrir mi sonrojo, pero estaba tan engatusada con su proximidad que me fue imposible. No podía dejar de mirarle, buscando en vano una manera de paliar su desánimo. Sonrió. Bajé la mirada simulando quitar algo de mis deportivas para ocultar mi rubor y rezando por que nadie más en aquella habitación se hubiera percatado de mi descarado descuido.

Él volvió a hablar con Alan, no lo veía pero lo oía. Ya no me miraba, pero no me atrevía a levantar la mirada. Y entonces su mano rozó la mía. Me quedé helada. ¿Se había dado cuenta? ¿Había sido involuntario? ¿O lo hacía en señal de que no tenía por qué ruborizarme? La imaginación vuela, y en mi caso, voló como un kazaa. Mi garganta se secó, la sentía áspera y tirante, así que me levanté de un salto, con tanta prisa que tuve que volver a sentarme para recuperar el equilibrio. Alan soltó un suspiro que supe que ocultaba una risita, mientras Bree hablaba con Chris sin el menor indicio de ver mi mareo.

De nuevo me levanté pero esta vez más serena, aunque por dentro me temblaba todo. Me dirigí a la cocina, y de pronto observé por la ventana que ya era noche cerrada. Estuve allí unos minutos, con el vaso enfrente mía, mirándolo pero sin verlo, apoyada en la encimera intentando no pensar demasiado y no darle más vueltas al asunto. Pero su sonrisa, mirándome a los ojos, me hacía temblar de pies a cabeza. Cogí el vaso con las dos manos por miedo a que se cayera, y fui tomando breves sorbos de agua.

De pronto su mano apareció de la oscuridad de la cocina para quitarme el vaso con extrema delicadeza y depositarlo de nuevo en la encimera. Mi corazón dio tal sobresalto que casi me causó un colapso. Y entonces sentí sus brazos rodeándome por encima de los míos, a la altura de la cintura, y su mentón apoyado en mi hombro izquierdo, descansando su cabeza sobre la mía. Y dejé de temblar al instante, como si le hubiera dado al botón que desactivara mi sistema nervioso. Nos quedamos abrazados un buen rato, hasta que sentí sus labios helados sobre mi sien.


Abrí los ojos. La noche continuaba, pero el sueño no, y él ya no estaba allí. Sin embargo, no podía explicar cómo, aún tenía el helor de su boca en mi frente. Me palpé la zona mientras me incorporaba y empezaba a recordar dónde estaba. Miré soñolienta a Bree, quien me lanzó una breve mirada divertida, insinuando si me había sentado bien la siesta. Seguía notando la garganta seca, así que busqué un botellín de agua que había visto en el bolso de mi hermana. Bebí un gran trago casi vaciando la botella en cuestión de segundos. Noté el nudo en la garganta al percatarme de que todo había sido un sueño, un recuerdo de varios momentos que pasé con él, poco después de que Monique desapareciera de nuestras vidas sin dejar más señas.

Era tan duro el golpe con la realidad que terminé lo que quedaba de agua con otro trago. Si rompía a llorar ahí mismo, Bree se llevaría un susto de muerte, y no quería causar un accidente de tráfico. Mis padres se llevarían otro susto, culparían a Bree por no prestar atención al volante, seguramente ella se iría lejos para no tener que enfrentarse a ellos, y yo me quedaría sola con mis padres quienes, incapaces para calmar mi angustia, terminarían por encerrarme en un psiquiátrico, pensando siempre en mi bien, donde antes o después encontraría la manera de acabar con todo de nuevo, si no físicamente, al menos dentro de mi mente. La opción del manicomio era lo último que podría escoger, antes preferiría que me sacaran los ojos. Sin anestesia. Me pregunté de dónde había sacado esa fobia a los hospitales de cualquier clase.

Y entonces me di cuenta de que el dolor había desaparecido. Me había olvidado por completo del sueño, por lo que estuve despejada y tranquila el resto del camino. Quizá todo lo que necesitaba era mantener la mente ocupada en otras nimiedades.

viernes, 19 de julio de 2013

"Qué suerte tienes de tener trabajo" y demás frases de la crisis

Cansa ya la gente que dice que "al menos" tenemos trabajo. "Puedes dar gracias", "tendrías que estar agradecido", "qué suerte tienes"... Podemos estar agradecidos de tener trabajo, sí, pero debemos estarlo ahora y antes cuando no había crisis, de igual manera que se debe estar agradecido por cada día nuevo, o por tener a esa persona especial a nuestro lado un día más. El trabajo es necesario, sí, es lo básico para subsistir, pero no debemos estar más agradecidos ahora que antes.

Antes también había gente en el paro, y nadie se lamentaba por ellos. Ahora ¿qué pasa? ¿Que por ser más parados, los que trabajan son una especie aparte, desagradecidos que no saben lo que tienen? Pues quizás se equivocan, porque el paro toca muy de cerca a quienes trabajan. Todos los trabajadores tienen a alguien muy próximo quien lleva en el paro años, y sí, si estuviera en nuestra mano les enchufaríamos en nuestros trabajos que parece ser la única manera de encontrar trabajo ahora mismo, pero si no lo hemos hecho es o porque no podemos o porque los puestos de esos mismos trabajadores están colgando de un hilo.

Pero lo que más me revienta: cuando dicen eso de "qué suerte tienes de tener trabajo" sin tener ni puta idea de la situación en que se encuentra la empresa del empleado. Suerte es tener enchufe, pero que a un mindundi lo metan por enchufe por delante de un hijo de directivo, o del primo del jefe de turno, ahí ya no es simple enchufe, ahí hay más. No es suerte tener un buen currículum, o haber sacado las mejores notas en una oposición o en un ciclo formativo, no es suerte haberte pateado toda la ciudad haciendo entrevistas y haberte apuntado a todas las ofertas de empleo aún cuando no estuvieran relacionadas con tu formación o no fueran de tu agrado. No es suerte haber encontrado trabajo tras hacer todo eso, es el efecto que debe (o debería) generarse de todo el esfuerzo y empeño que se le ha puesto.

Y que hoy en día te cojan en un puesto de trabajo -sin enchufe- habiendo tanta gente desempleada, no es suerte que te hayan escogido a ti y no a otro, es simplemente tener las mejores características para ese puesto. Cierto es que ahora ya no cuenta tanto tener un título universitario, porque los empresarios ya no pueden o no quieren pagar el salario que corresponde a un universitario, sino que buscan a uno con formación profesional o con más experiencia que otra cosa porque les sale más rentable.

Y que no se enfaden cuando el empleado diga que su trabajo es una mierda, "porque no sabes lo que tienes". Error. Sí que sabe lo que tiene. Tiene a un jefe que no le paga el salario desde hace medio año, tiene a directivos haciendo presión y amenazando con recortes en salarios al que se queje del trabajo, tiene a compañeros afilando los cuchillos por una batalla organizada por altos cargos que no quieren ensuciarse las manos y prefieren que se maten entre los empleados para ver cuál se va a la calle, tiene sus tareas de siempre más las tareas de sus compañeros despedidos (una persona que ahora, tras tanto despido, se ve obligado a hacer el trabajo de 7 personas sin ver cambios en su salario por ello)... Y no saben lo que tienen. No pueden cogerse una baja por depresión porque les despiden, no pueden irse del puesto donde les acosan día y noche porque no tienen paro si se van por decisión propia, no pueden negociar con los empresarios un cambio de condiciones porque la economía de la empresa no lo permite (cualquier excusa es válida) , y así miles y miles de casos que ves pasar y que vives en tus carnes.

Por el desempleo mucha gente se ha quedado en la calle, literalmente. Comprendo su angustia y su rabia, su impotencia, pero que no al paguen con los empleados porque puede ser que esos mismos desagradecidos mañana estén en la misma situación. La crisis ha llegado a todos los trabajadores de a pie, de una manera u otra. Y después de todo, si no hay unión entre los propios afectados, ¿cómo se va a combatir esto?

lunes, 8 de julio de 2013

Érase una vez...

Érase una vez, aparte de ser la famosa serie de televisión, antes ya era el título de un juego de cartas muy entretenido para aquellos a los que les guste tirar de imaginación e ingeniárselas para contar una historia. El juego consiste en ir contando un cuento usando cuando te cuadre las cartas de tu baza. Hay cartas de todo tipo: lugares, aspecto, personajes... Y hay una pila de cartas aparte de "felices para siempre" (finales de historia). Pero no es tan sencillo. Los contrincantes pueden interrumpir tu turno y por tanto, fastidiarte la historia, y luego, además, tienes que cuadrar la historia con un final que se ha escogido al azar al principio de la partida y que es común para todos los jugadores. El objetivo es descartarte de todas tus cartas y vincular tu relato con el final propuesto.

Pues bien, unos amigos y yo llevábamos un tiempo diciendo de hacer un juego de escritura automática, y la otra noche, con alguna que otra copa, lo llevamos a cabo con el sistema del juego. Es decir, sacamos tres cartas al azar, y una de final, y en ese mismo momento teníamos que escribir una historieta donde incluir esas cartas. Las cartas fueron las siguientes:

Muy lejos + Ruinas + Padre
Final: y así él la perdonó y se casaron

Y aquí está el relato que escribí:

Érase una vez, no muy lejos de nuestro tiempo, un padre llevó a su hijo al pueblo donde el buen hombre había nacido y había crecido. De tal forma el señor pretendía enseñarle a su primogénito sus orígenes para acrecentar su sabiduría y experiencia. Le enseñó la casa donde nació, los campos que trabajaba su abuelo, y las ruinas donde él y los niños de su edad  solían jugar al escondite. De vuelta al poblado el muchacho y su padre se cruzaron con una niña de largos cabellos rubios y ojos azules como el mar, quien encandiló al niño con tan sólo una mirada. El niño, con toda la ilusión, comentó a su padre que algún día se casaría con una niña tan bella como aquella, a lo que su padre le riñó:
   - No te fijes en niñas como ésa, pues el dinero puede más que el amor en las    personas de alta cuna, y ella es la hija del alcalde.
Años pasaron, el niño se transformó en un muchacho bien aplicado que se convirtió en arqueólogo, pues aquella visita al pueblo había significado un cambio importante en su vida, y había sabido en aquel viaje que se dedicaría a descubrir y cuidar de viejas ruinas para el conocimiento y cultura de lo pasado.
Pero su padre enfermó, y antes de poder irse a Egipto o a las tierras aztecas, optó por acompañar a su padre, quien en su último aliento, le pidió un favor: que no permitiera que nadie destruyera el escenario de su infancia, pues así su espíritu seguiría vivo en aquel pueblo. El hijo así lo prometió y le dio su último adiós. Tras el entierro se embarcó en varias expediciones a lo largo y ancho del mundo, sin olvidar la promesa que le hizo a su padre. Así que su última parada fue el pueblo, donde se alojó durante una temporada para investigar la historia de la aldea y de las ruinas de las afueras, encontrándose con que iban a ser derruidas.
Un anoche salió tarde de la biblioteca donde investigaba cómo paralizar las obras y se encontraba tan cansado que casi no se dio cuenta del coche que se abalanzaba sobre él a toda prisa. Sin embargo el conductor pudo maniobrar y evitar el accidente. Aún así frenó, se apeó del auto y corrió a socorrer al muchacho. El chico, asustado, se había tirado a un lado de la calle y se encontraba desorientado. Pero enseguida reconoció aquellos ojos aguamarina.
A partir de aquel día fueron inseparables y vivieron una bonita historia de amor hasta que llegó el momento en que ella decidió presentarle a sus padres, que efectivamente eran los alcaldes del pueblo. Durante la cena el padre se jactó de lo beneficioso que iba a ser la destrucción de las ruinas y la posterior construcción de un complejo turístico, a lo que el muchacho no dudó un momento en exponer su total y radical desacuerdo pues las ruinas eran la historia del pueblo y como tal, debían conservarse. Ambos se enzarzaron en una discusión bastante acalorada hasta que el joven pidió el apoyo de su amada en el tema. Sin embargo ésta optó por acobardarse y confirmar que lo mejor era tirarlas abajo.
El muchacho, enfurecido, se marchó de la casa y del pueblo sintiéndose ofendido y decepcionado por la reacción de la persona a la que amaba. Meses más tarde, llegó hasta él una citación a juicio en calidad de testigo allí en el pueblo.
Sin mucha idea, se presentó y supo por los vecinos y el abogado que lo había citado que era un juicio de una asociación de aldeanos contra el ayuntamiento para no demoler las ruinas, ante lo cual el joven se ofreció alegremente a dar su testimonio y enseñar sus averiguaciones donde se demostraba la valía de tal yacimiento. Por fortuna el juicio salió bien y la asociación consiguió asegurar la conservación y mantenimiento de las ruinas gracias al testimonio del muchacho, quien así había cumplido su palabra con su difunto padre.
Estaba celebrando la victoria con los vecinos en el bar del pueblo cuando alguien anunció que llegaba el presidente de la asociación, impulsor de tal movimiento. El joven se quedó sin palabras al ver aparecer a la muchacha quien tras la marcha de él se había enfrentado a su padre y había reunido a gente del pueblo para parar las obras.
El muchacho, abrumado por tal gesto de amor, no pudo más que fundirse en un abrazo con ella ante los vítores de los aldeanos quienes con orgullo festejaron tiempo después el enlace entre los salvadores de la historia del pueblo.


Sé que está muy, muy mal escrita, pero esperemos que la siguiente sea mejor ya que la experiencia estuvo entretenida y nos lo pasamos muy bien la verdad. Y es que con un poco de imaginación un mismo juego puede servir para crear otros muchos juegos con los que divertirse.