miércoles, 17 de diciembre de 2014

Parte XX

Continuación de Inacabado


Llegamos a otro hotel de carretera, no tan moderno como el de la noche anterior, pero ya me daba igual. Mis huesos se morían por una cama bien mullida, tantas horas de viaje empezaban a tener sus consecuencias en mi cuerpo, y me dolía todo. Me arrastré hasta la habitación y directamente me dejé caer sobre el colchón. Bree aparcó la maleta en el hueco entre la pared y el mueble bar, se sentó en un sillón, encendió el televisor y cambió los canales en busca de música. Una rítmica pero suave melodía totalmente desconocida envolvió la habitación dándole un sonido relajante, típico de un anuncio en una isla paradisíaca. “Es música estilo chill out”, me contestó Bree cuando le pregunté qué era eso. Justo lo que necesitaba para dormir. Pero no sentía sueño. Estaba despejada, cansada y dolorida. Me giré y permanecí mirando el blanquecino techo de la habitación. Bree bostezó. Miré la hora, era tarde, así que supuse que ella sí estaría somnolienta.
Me levanté al mismo tiempo que le dejaba libre la cama. Mientras ella se dormía, yo ocupé el sillón y saqué un libro de la maleta, aún con el chill out de fondo. Pensé en que estábamos acercándonos a nuestro destino. Me imaginé cómo sería aquella ciudad, la gente, los edificios, la bienvenida de Alan, mi nueva habitación. ¿Compartiría habitación con Bree? ¿O tendría la mía propia? Imaginé incluso la posibilidad de vernos dormidos a los tres en la misma cama porque la casa no tendría más dormitorios. Sonreí ante lo cómico de la escena.
Pero como siempre, el pasado salía al acecho, aprovechando cualquier amago de debilidad que yo pudiera mostrar, siempre alerta y dispuesto a atacar cuando yo bajaba la guardia.
Una noche cualquiera, un dormitorio, paredes lisas de color anaranjado, carteles enormes desde aquel ángulo vertical...
No podía recordar aquello, aún no. Dolía demasiado. Pero las imágenes acudían a mi cabeza sin yo desearlo.
Muebles con libros, un armario lleno de pegatinas, una lámpara medio rota, una bombilla que apenas alumbraba su contorno a contraluz...
No, no, no. Sentí la punzada en mi pecho y cómo un calor me recorría las mejillas.
Sus brazos rodeándome, yo dormitando sobre su pectoral, y un dedo que recorría el contorno de mi sien, mi oreja, mi mandíbula, para centrarse después en mis labios...
Ya las lágrimas acampaban a sus anchas por mi rostro, y antes de que mis sollozos despertaran a Bree, cogí la llave de la habitación y salí corriendo hacia el pasillo, haciendo el menor ruido posible. Notaba sus dedos acariciando mi boca, lo cual atenuaba la presión dentro de mí. Necesitaba salir, respirar. La luz del pasillo me dañó los ojos y busqué a tientas el botón del ascensor. Podía recordar incluso su perfume. Las puertas del ascensor no se abrían así que di media vuelta y caminé aceleradamente por el pasillo en busca de una salida como un animal enjaulado. El recuerdo del sonido de su respiración, del tacto suave de su piel, del relieve de una cicatriz en el dorsal de su mano. Si no salía pronto de allí me quedaría sin aire. Y entonces descubrí al final del pasillo un gran ventanal que daba a una amplia terraza. Divisé el marco de una puerta que, para mi sorpresa, estaba abierta.
La brisa movió mi pelo e inspiré lo más que pude, intentando que mis pulmones se llenaran de aire, pero la presión continuaba, sintiendo encoger cada órgano de mi interior por segundos. Y sus ojos aguamarina mirándome a través de la oscuridad de la habitación hicieron temblar mis débiles piernas, cuyas fuerzas flaqueaban con cada paso que daba hacia la barandilla de la terraza. Como si el suelo temblase bajo mis pies me aferré al hierro oxidado con ambas manos, observé la altura y cómo una lágrima caía hasta desaparecer de mi vista. Sus delicados dedos apartando mechón a mechón el cabello que ocultaba mi rostro, el cosquilleo del roce, el contacto de sus manos sobre mis mejillas, el cálido vaho que exhalaba...
Agarré con más fuerza la baranda e intenté vislumbrar la altura, pero todo estaba distorsionado, oscuro, con rayos de luz que no cesaban de moverse en la lejanía. Mis ojos abriéndose de par en par, encontrándose con los suyos a escasos milímetros, su rostro, tan perfecto, tan idílico, sonriéndome, aproximándose hasta rozar su nariz con la mía, sintiendo la leve caricia de su boca sobre la mía, acelerándome el pulso conforme oprimía sus labios contra los míos a un dulce ritmo cada vez más rápido...
Aquellos recuerdos me retorcían de dolor. Alcé los talones y dejé el peso sobre las puntas de los pies, no podía soportar más aquel pinchazo, me empezaba a desvanecer por la falta de oxígeno, quería gritar de dolor pero el mismo me lo impedía. Me encorvé sobre la barandilla, tenía que paliarlo como fuera, me estaba matando lentamente, estaba destrozándome el interior a navajazo limpio.
Me pareció oír su voz, en un susurro tan débil que apenas era perceptible. Intenté calmar mis ruidosos sollozos para escucharle una última vez. Quería estar con él, no importaba nada más en el mundo, él era mi mundo y sin él yo no tenía dónde vivir. Su voz fue aproximándose, cambiando de matiz, con una entonación de cierta histeria. Hasta que unos brazos me aprisionaron por la cintura justo a tiempo antes de precipitarme al vacío. Reconocí quién me gritaba y la pulsera que le regalé siendo niñas, clavándose con brutalidad en mi brazo, apartándome bruscamente del borde y yo dejándome llevar, rindiéndome. Caí de rodillas sobre el frío suelo, con el rostro hundido entre mis manos, empapándolas en llanto, mientras los brazos me rodeaban aún. Pero no eran los brazos de Chris. Quería luchar, me agité y le empujé para liberarme, pero sus manos, mucho más grandes y fuertes que las mías, me esposaron por las muñecas, alejándolas hacia lo alto en gesto de defensa. Derrotada, agaché la cabeza, dejando el peso muerto. Entonces Bree en un rápido gesto me soltó y me abrazó.
Permanecimos un buen rato en aquella posición, yo consumida por el llanto, sin fuerzas, tan sólo emitiendo pequeños sollozos de vez en cuando, y Bree aferrada a mí, no le había visto el rostro pero la oía sorber las lágrimas también. No cesaba de acariciarme el pelo, susurrando que ya había pasado, pero poca tranquilidad me daba con aquellas palabras si ella misma estaba temblando incluso más que yo. Cuando el ritmo de mis gimoteos cesó, me ayudó a ponerme en pie. Observé de soslayo la barandilla, y al instante Bree cogió mi barbilla con su mano obligándome a mirarla y en el tono más firme que pudo pronunciar, simplemente dijo: “No, nunca más”. En sus ojos pude ver el pánico que le había hecho pasar, y me sentía terriblemente avergonzada. Me abracé a ella de nuevo llorando pidiéndole mil disculpas, pero le dije que no podía aguantarlo, no podía vivir sin Chris por mucho que lo intentara.