sábado, 24 de agosto de 2013

Quizás si...

Estaba recolectando su ropa desperdigada por la moqueta cuando él murmuró algo de entre las sábanas. Se quedó inmóvil. Él se desperezó y abrió los ojos de golpe al verla recoger sus cosas, y con voz ronca de recién despertado le preguntó a dónde iba. Ella balbuceó lo que intentaba ser alguna falsa excusa, que él interrumpió con una medio sonrisa, apartando las sábanas y haciéndole un hueco en el colchón para que volviera con él. Ella dudó un momento, sonrió también, soltó las prendas y se tumbó a su costado.

Meneó la cabeza. Qué más quisiera que pasara eso. Pero no, él murmuró algo, giró sobre sí mismo y siguió roncando. Ella siguió recogiendo sus cosas y salió de la habitación sin hacer el más mínimo ruido. Quizás hubiera funcionado de haberse quedado, podrían haber sido felices. O quizás no. Quizás él le hubiera lanzado esa mirada de "¿qué haces aquí aún?" y ella no habría sabido por dónde tirar. Como siempre prefería imaginarse que hubieran vivido felices para siempre que vivir el maltrago de un rechazo más.



Tedioso ente vacío

Estrella se levantó aquel día, sin ganas de nada. Como el resto de la semana, del mes y casi del año. Su trabajo ya no llenaba tanto como antes. Su gato, único compañero de piso, pasaba más horas fuera que junto a ella, y no le importaba. Relacionarse con otras personas nunca había sido su punto fuerte, pero ya le daba igual, se encogía de hombros cuando la llamaban antisocial. Quizás era eso, quizás estaba en un punto en que ya todo le daba lo mismo. No sentía, no padecía, no sufría. No necesitaba la compañía de nadie, ni de amante ni de pareja ni mucho menos marido con hijos, idea que le hacía vomitar. Estar vacía le hacía sentirse bien. Disfrutaba de la luz del sol en el parque, de un paseo bajo una inesperada lluvia... Su familia la incitaba a salir, a relacionarse, pero "no tenía ganas". La motivaban para salir, para viajar, conocer otros lugares, otras culturas, pero todos los viajes que siempre había soñado ya los había realizado, y no una ni dos veces, sino tres o cuatro. Le enseñaban cosas para hacer, cursos que estudiar, talleres donde aprender, nuevos trabajos para explorar. Pero su trabajo era lo que siempre había querido. Había estudiado todo lo que le había interesado. Tenía la mascota que siempre había deseado. Vivía en el piso ideal según ella.

Quizás ahí radicaba el problema. ¿Por qué estaba vacía? Porque no le quedaban metas que alcanzar ni sueños que cumplir.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Silencio

El paso del tiempo, como la fuerza de un río sobre las piedras, erosionaba cada día los sueños y anhelos de Amanda, un futuro que notaba más lejos conforme pasaban los días. Hacía siete años, David le había hecho una pregunta, una petición de mano, sin anillo pero con toda la sinceridad y el amor de los primeros años. Una promesa que ella había esperado por mucho tiempo. Él no recordaba dicha petición, la había olvidado, alegó cuando ella sacó el tema. La verdad era que los dos se habían acomodado a la vida que llevaban, el trabajo les quitaba tiempo de estar juntos, y en las pocas horas que tenían para ellos, horas que antes pasaban veloces acurrucados en el sofá, ahora eran malgastadas ensimismándose con sus respectivas aficiones, lo único que los diferenciaba cuando se conocieron. Antes cada uno mostraba interés por compartirlas. Ahora convivían sin más, cada uno en un extremo de la casa, como dos seres extraños. Las caricias, los besos y demás muestras de afecto desaparecieron con el transcurso de las semanas. Las conversaciones y el hacer planes para salir juntos habían cesado hacía unos meses. Ella se volvía a sentir tan sola como antes de conocerle, en cierto modo se alegraba de no haber cedido al deseo de David de ser padre. Por su parte, él se percataba de que algo no iba bien, pero si hacía caso omiso a su intuición, el problema desaparecería, o quizás se estaba preocupando demasiado como ella solía decirle. Las otras veces que habían pasado por una crisis lo hablaron, terminándose por arreglar. Pero ahora era distinto, ella no podía perdonar, y él no quería ver que se estaban distanciando. El silencio era ya lo único que compartían. Un silencio incómodo y desalentador tan sólo interrumpido por el sonido de la televisión con el de los cubiertos a la hora de la cena. Aquel mortal silencio fue lo último que compartieron.