martes, 16 de abril de 2013

Noche negra


Para cuando la policía llegó al sitio del crimen, no muy lejos de allí sino a unas pocas manzanas, Sharon, alias Shadowmoon, estaba dejando inconscientes y maniatados a los dos asesinos, dando un segundo aviso a la policía para que fuera a recogerlos. Acto seguido corrió hacia el hospital para comprobar el estado de Anne. Preguntó por ella en recepción y le indicaron que estaban interviniéndola pues había entrado en muy mal estado. El golpe contra la pared al empujarla Sandy le había causado una herida muy fea en la cabeza. Una enfermera le indicó la sala de espera tras pedirle los datos de la malherida. No podía quedarse, así que se dio media vuelta y volvió a las calles. ¿Quién sabe cuántas personas más estaban siendo atracadas, o peor, en aquel momento?

Pero ella no podía salvar a todo el mundo. Aquella noche lo aprendió.

Sharon se encontraba persiguiendo la pista de un narcotraficante que le había llevado a un grupo de jóvenes que se encargaban de distribuir la droga por los campus. Estaba persiguiendo a uno de los camellos cuando lo vio reunirse en la oscuridad de un portal con otra silueta, femenina a saber por la voz, la cual reconoció como la de Sandy, su compañera de piso y hasta aquel momento, amiga. La decepción y la sorpresa a partes iguales se hicieron patentes, pero todo cambió cuando oyó cómo repasaban un plan que habían trazado para un atraco. A continuación se pusieron en marcha sin percatarse de que Shadowmoon les perseguía por las azoteas y los balcones. Pero al doblar una esquina, los malhechores se confundieron entre el gentío que salía y entraba del metro, en la hora a la que las funciones de los teatros de Broadway terminaban. Les buscó pero no daba con ellos, demasiada gente. Así que decidió retirarse de nuevo a las calles menos transitadas cuando lo oyó.

Unos gritos de súplicas, otros de amenazas. Cuando llegó al callejón no daba crédito, su amiga Anne estaba tirada en un rincón y Sandy lanzaba al padre de Anne tras romperle el cuello mientras la madre se desengraba a causa de los diversos apuñalamientos y cortes que le había dado el camello. Ya era demasiado tarde para los padres de su amiga. Tendría que vivir con el tormento de no saber si los hubiera salvado de llegar medio minuto antes.

Mientras Sharon salía del hospital, recordó cuando comenzó a entrenar a Anne. A ella eso de los superpoderes que le hacían desplazarse más rápido de lo humano le habían pillado desprevenida, era algo que no entendía. Recordaba las noches en las que Anne se desahogaba golpeando el saco de boxeo, intentando buscar una explicación a por qué le había tocado tener ese poder a ella. Le pareció un animal indefenso, pero tenía que espabilar y soltarse de las faldas de mamá o, como era su caso, de papaíto. Ahora iba a hacerlo sí o sí.

Quién lo iba a decir. Dos muchachas de mundos tan distintos, una del East Side, la otra de Hell's Kitchen. Quién iba a decir que serían amigas, compañeras, y que acabarían siendo tan parecidas. Las dos huérfanas antes de tiempo, y por decisión de unos desalmados. Sin embargo, conociendo el temperamento de Anne, Sharon sabía que ella no reaccionaría igual. La sed de venganza se apoderaría de la muchacha, era joven y tan dependiente de sus padres... No se iba a quedar de brazos cruzados.

Sharon también había sufrido esos impulsos de violencia, de terminar con la vida de quien había acabado con su familia, en primer lugar su madre, muerta en un atraco a una tienda, pero peor lo había pasado con la muerte de su padre. Porque por mucho que la policía científica y los bomberos aseguraran que fue un accidente, sabía que había algo más detrás de aquel incendio. La vida secreta de su progenitor como superhéroe le había hecho ganarse muchas enemistades, sobretodo entre los capos de la droga. Sharon estaba convencida que ellos eran los causantes de su muerte. Pero siendo fiel a las enseñanzas de su padre, la justicia tenían que impartirla quienes estaban designados para ello. Los héroes como ellos tan sólo podían ayudar y colaborar. Inmiscuirse en el trabajo de otros nunca es bueno, se volvería contra ellos.

Pero Anne nunca lo entendería. Así que ideó un plan para que la vida de su pupila y amiga no corriera más peligro del que ya corría: a ella le contaría quiénes eran los dos asesinos y que estaban muertos. Y cuando fuera a preguntar la policía, se transformaría en Anne para que ella nunca conociera la verdad.

Nunca se imaginó que después de aquel golpe tan tremendo, y a pesar de la farsa que tenía montada Sharon, Anne le pidiera ayudarla a ser Alynusha. Ya que no podía vengar a sus padres, lo haría por el resto de gente que no puede defenderse.

lunes, 15 de abril de 2013

Mientras, en un universo paralelo...

La lluvia caía sin cesar. Una semana sin parar de llover, con atardeceres grises, sin rastro del sol por ninguna parte. De la nieve más densa se había pasado a la lluvia más abundante. Y el hombre del tiempo, como la voz en off de alguna película antigua, anunciaba de nuevo nieve para la semana siguiente. "¿Es que nunca iba a llegar el buen tiempo de la primavera?", se preguntaba Anne mirando las gotas que empapaban el ventanal de su piso. Pensó en el verano que ya quedaba tan lejano, un sol brillante, calor que le calentaba la piel y hacía salir sus graciosas pecas que tanta gracia le hacían a Henry, y a ella no. "Te dan un toque muy infantil", se burlaba él.

Había conocido a Henry en una fiesta benéfica organizada por una ONG donde tanto su bufete como la Casa Blanca participaban. Ya habían coincidido antes en los tribunales, donde todos los abogados se conocen entre sí. Era una ciudad pequeña para tanto abogado. Henry Gyrich a primera vista era un hombre serio, de facciones severas y marcadas, y muy buen profesional. A Anne le habían hablado de él como uno de los mejores abogados de Nueva York, y ella, dispuesta a ser la mejor, quería aprender y llegar a parecerse a él en un futuro. Congeniaron enseguida, y Anne pronto pasó a ser su protegida. Ella aprendía y mejoraba en su carrera, alzando la popularidad del bufete que regentaba. Y Henry se mostraba más relajado y humano cuando estaba con ella. Los rumores no tardaron en surgir, hasta que al final se hicieron verdad, por su culpa y la de su nuevo poder que no conseguía controlar. Se enfadaba consigo misma nada más recordarlo.

Unos meses posteriores a la fiesta, algo había empezado a cambiar en Anne. Notaba algo extraño, todo el mundo que hacía unos días se enfrentaba a ella, ya fuera en el despacho o en los tribunales, acaba besándole los pies. Nunca le había pasado algo parecido. Y no sólo le pasaba en el trabajo, sino también en su vida privada. Salía con sus amigas, y no importaba lo que ellas querían en un principio, siempre cedían a lo que Anne proponía. Llegó a tal extremo que cogió una semana para investigar qué sucedía. Conocía sus "rarezas" pero aquello era algo nuevo. ¿Y a quién podía acudir? Acudir a Henry era impensable. Pensó en Sharon, su mejor amiga de la universidad y la que le había entrenado y ayudado a controlar su poder de hipervelocidad al correr, pero hacía mucho que habían roto sus lazos. Estaba sola, como siempre.

Un contacto le habló de una especie de doctor que trataba a gente como ella, gente que habían nacido con algo diferente, o bien, como le sucedió a ella, que ese algo diferente había surgido en un momento determinado de sus vidas sin razón aparente. Acudió al médico algo desconfiada pero apenas con unas horas de observación, aquel hombre encorvado y barbudo supo el nuevo poder que había desarrollado: feromonas. "Como si no tuviera suficiente con lo otro...", fue lo primero que se le vino a la cabeza cuando se lo dijeron.

Pero Henry, preocupado como siempre por su amiga, había estado llamándola a la oficina, y tan pronto le dijeron que se había cogido unas repentinas vacaciones, se plantó en el piso de ella. Anne tuvo que abrir antes de que él derribara la puerta de tanto aporrearla. No podía decirle lo que ella era. Eso significaría que él la repugnaría, la odiaría, la echaría de su vida. Pero quizás era lo mejor, estar enamorada de un hombre casado nunca acaba bien. Pero cuando abrió la puerta no tuvo el valor de decirle que se marchara. Tan sólo abrió la puerta, le vio y las feromonas hicieron el resto.

Ignoraba que unos ojos curiosos observaban desde el otro lado del pasillo. Y es que una persona como Anne no podía bajar la guardia, siempre perseguida y perseguidora, fuera y dentro de su trabajo. Se había ganado muchos enemigos, y levantaba envidias de la vida que llevaba. Sus enemigos tan sólo estaban esperando algo como lo de aquella noche para empezar a desmoronar su reputación y todo lo que ello conllevaba.