martes, 29 de diciembre de 2015

El después de la segunda cita


–¡No le aguanto, es que no le aguanto! De todos los tíos que existen, yo que trabajo rodeada de tíos macizos, que no me quitan ojo de encima, que si quisiera podría irme con cualquiera, ¡me he tenido que ir a fijar en ese zopenco!

El portazo hizo retumbar las paredes del diminuto piso. Era difícil agotar la paciencia de Sharon, pero aquel hombre lo había conseguido. Lanzó el bolso y la cazadora de cuero contra el sofá que se balanceó débilmente. La sarta de improperios y maldiciones sonaban a mayor volumen con el eco del pasillo. En el dormitorio cambió la minifalda y una camiseta negra ajustada, por los pantalones anchos del chándal y un top deportivo. Necesitaba ir al gimnasio a darle al saco de boxeo.

–Quizá podría ponerle una fotografía al saco y así darle con más ganas.

Luego pensó que los ingresos del centro cívico no daban para un saco nuevo, y descartó la idea. Antes de salir vio su reflejo. El pelo alborotado, la respiración acelerada, y la vena de la frente palpitando. Le recordó a Anne cuando quiso matar a aquel muchacho pensando que era el asesino de sus padres. Tenía que relajarse, después de todo, era sólo un tío más. Además, con un título de lo más ridículo: The Hound.

–Con esa máscara igual de ridícula… Joder, ¿qué leches vi en él? Vale, está buenísimo, y es poli, lo cual ya le da cierto morbo. Y además le gusta el trabajo bien hecho. Y fue todo un amor en nuestra primera cita, tan tierno hablándome de sus padres. Y hoy… Hoy es un gilipollas, más pendiente de su móvil que de otra cosa, y siempre tengo que irle detrás. No sé si es que realmente no le intereso o es que pasa de todo en general. Al menos con el grupo trabaja bien, aunque su presentación… – Sharon no pudo reprimir una risita.

Se miró de nuevo en el espejo y se reprendió por la cara de tonta que tenía. Sacudió la cabeza como si con eso pudiera sacarse los buenos recuerdos. No eran muchos, pero ella se había hecho ilusiones. No es que estuviera colgada, pero hacía tiempo que no se sentía así. Y como siempre, el tío en cuestión era un sosaina. La resignación de rendirse no duró mucho. Cogió su bolsa de deporte con la ropa para cambiarse, y salió al gimnasio.

Se encontró mucho mejor cuando entró al edificio. Ralph, el conserje, le saludó con esa sonrisa poblada de arrugas que apenas se distinguía entre tanta barba canosa. Fue directa a la zona de boxeo. En el ring dos chavales que no reconoció danzaban en círculo sin tocarse. Desde fuera, Dan les marcaba los movimientos. Era un buen profesor, y sabía valorar un sitio como aquel. Cuando Sharon le sacó de la calle, era un muchacho sin futuro. Vivía de lo que robaba y sus padres, como los de la mayoría de los chicos que estaban allí, eran como si no existieran.

Dejó la bolsa en un rincón a pesar de haber taquillas. Pero todos la conocían, mucho se cuidarían de tocar sus cosas. Sacó un vendaje  y se lo colocó alrededor de la palma de la mano, cubriendo los nudillos y parte de los dedos. Se recogió el pelo en un moño como buenamente pudo, e inspeccionó el saco. Se colocó en la parte que menos dañada estaba, y atestó un puñetazo directo al centro, que se alzó hasta casi estar en horizontal. Tenía que controlar la fuerza, no estaba en una batalla, no estaba entrenando, para eso ya estaba la base de los Xtrange. Sopesó la posibilidad de acercarse allí y descargar toda la tensión en la Sala de Peligro, pero una voz familiar la distrajo de sus pensamientos.

–¿Te sujeto el saco?
–¿Qué haces tú aquí?

La sonrisa apareció en la cara de Sharon de oreja a oreja. Llevaba tanto sin ver a Johnny y sin poder hablar con él que ya se temía lo peor, pero como siempre, prefería centrarse en otros asuntos antes de ponerse paranoica. Fue todo un alivio verle de una pieza, aunque era extraño que hubiera acudido a aquel sitio al que le tenía tanta tirria.

–¿Dónde iba a encontrarte? Venga, dale, yo te lo aguanto. Pero tranquilita, ¿eh?
–¿Y tu móvil? –Sharon propinó un leve golpe que apenas hizo mover el saco.
–¿Tan floja estás? Te recordaba más fuerte – ahora el golpe fue más contundente –. Vale, veo que vuelves a ser tú.
– Me recordarías mejor si hubieras contestado a mis llamadas.

Otro golpe, pero éste le cogió preparado y puso toda su resistencia contra el saco. La sonrisa empezó a borrársele.
–He estado liado.
–¿Tan liado como para no responder al teléfono?

El siguiente golpe le hizo deslizarse hacia atrás unos centímetros.

–No te cabrees, ya sabes cómo funciona esto.
–Tú también, y sabes que me cabreo si me preocupo.

Otro golpe ya le hizo mover el pie contrario para frenarse. Enderezó el saco y levantó los brazos en rendición. Sharon bajó los brazos y esperó la explicación. En lugar de eso, su amigo le ofreció irse de cervezas para hacer las paces. Con esa mirada de niño bueno, no podía estar enfadada con él mucho tiempo.

–Está bien, pero invitas tú. –no le dio margen a discutir– No es negociable, no haber desaparecido. Espérame en el bar de enfrente.

Pasó por los vestuarios a cambiarse y luego a su despacho, un cuchitril poco más grande que un trastero, donde dejó la bolsa. Salió a la calle y no le vio en la acera de enfrente. Era muy propenso a desaparecer sin más, no le gustaban las despedidas. De pronto intuyó una presencia a sus espaldas, y agarró la muñeca antes de que la mano tocara el hombro.

–Si me la rompes, ya sabes que tendrás que ayudarme para todo lo que hago con la mano derecha.
–Cerdo imbécil, qué susto me has dado. –se volvió hacia él y se fijó en su otra mano– ¿Qué mierda estás fumando?
–Eh, tranquilita, es tabaco. Normal y corriente –la mirada de desconfianza seguía clavada en él– Vamos, Sharon, llevo limpio casi un año.
–Y más te vale que siga siendo así, porque si no, no tendrás manos con las que fumar, ni hacer otras cosas. Anda, tira.

El bar era una especie de taberna irlandesa, oscura, decorada en caoba y jade. El olor a whisky y cerveza derramadas tapaba cualquier otro olor. Sharon se disponía a sentarse en la barra, pero él le indicó una mesa apartada y sin gente alrededor. Se inquietó, aquello no era una visita de cortesía. Pidió dos pintas de cerveza y se sentó en aquel banco. El otro permanecía sereno, con los brazos por encima de la mesa, los dedos entrelazados y la mirada clavada más allá de sus manos. Cuando Sharon presionó levemente su mano sobre el puño, su acompañante levantó la mirada como si nada. Media sonrisa y se echó hacia atrás para que les sirvieran los vasos.

–¿En qué lío te has metido ahora?
–Eso te iba a preguntar yo.
–¿Perdona?

Johnny volvió a incorporarse sobre la mesa para que Sharon oyera mejor. Ésta hizo lo mismo.

–¿Qué mierda haces con Sandy?

Sharon se echó para atrás y se le borró la expresión de la cara. Dio un trago largo a su cerveza y miró alrededor.

–No la tengo. Aún.
–Ése es el problema. Se habla mucho de ti últimamente entre mis contactos, al parecer a The Hood no le gusta un pelo que vayas detrás de Sandy.
–¿The Hood? ¿Qué pinta ése con Sandy?
–¿Qué más da? Sharon, no es moco de pavo, ¡ese tío está loco!
–Aunque no lo parezca, Sandy estará más segura conmigo que por ahí. –dijo dando otro sorbo.
–Me da igual tu amiguita, joder ni que fuera Hulk, pero estamos hablando de ti, de tu vida. Si coges a Sandy este tipo no se va a quedar de brazos cruzados.
–No puedo dejar que Anne la encuentre. La matará.
–¿Y entonces te sacrificarás tú por ella cuando aparezca el zumbado de la capucha? Sharon, que te estás metiendo en un asunto muy chungo…
–¿Desde hace cuánto que nos conocemos?
–Bastante.
–Cinco años. Cinco malditos años en los que te he sacado las castañas del fuego, que casi te tengo que sacar tus problemas a puñetazos, que nunca me has pedido ayuda aún cuando estabas a punto de palmarla, que con el que más he peleado ha sido contigo para meterte en desintoxicación… ¿Cuántas veces me has convencido de cambiar de idea?
–Ninguna.
–Ahí tienes tu respuesta. Fin de la conversación.
–Está bien, pero prométeme que tendrás cuidado.

Sharon cogió el vaso y lo chocó contra el de su compañero. Como si nada hubiera sucedido, le preguntó a qué se debía esa manía contra el saco de boxeo. Sharon se lo resumió en “un tío” y el otro aprovechó para mofarse de ella, sin dejar de preguntarle sobre el tipo en cuestión. Sharon se desahogó contándole todo hasta que su móvil sonó. Le llamaban de la base. Cortó la  llamada y se excusó diciendo que tenía que ir a trabajar. Apuraron las cervezas de un trago, y Johnny dejó un billete que cubría el precio de las dos pintas más una generosa propina.

Al salir a la calle Johnny le sorprendió con un abrazo. Extrañada y preocupada, Sharon le examinó unos instantes, pero él le quitó importancia al asunto. El móvil de ella volvió a interrumpirles. De nuevo cortó la llamada y se excusó.

–¿Ahora quién es la impresentable?
–La próxima será mejor.
–Suena tentador. Ahora sí te cogeré el teléfono.
–Pero qué cerdo eres. Ya nos veremos.

Sharon apretó el paso mientras devolvía la llamada a la base. Debía de ser importante si tanto insistían. Johnny por su parte esperó a doblar la esquina para sacar su móvil y marcar un número.


–Está hecho, lo tiene en su bolsillo. Como no funcione, juro que te reviento, ¿me has entendido? Bien. Mantenme informado.

martes, 22 de diciembre de 2015

Alan y Bree


La pregunta quedó suspendida en el aire unos minutos. Alan, con hombros encogidos, miraba de reojo a su amiga Bree, esperando respuesta. No entendía por qué tardaba tanto en responder, pero el reloj apremiaba y necesitaba saberlo. Los labios de ella formaban una línea firme que apenas se curvaba en las comisuras. Los ojos, clavados en la nada, se volvieron hacia Alan cuando el silencio se rompió:

─¡Claro! No hay problema.

Con una amplia sonrisa, Alan le abrazó y se encerró en el baño. El escalofrío que recorrió la espalda de Bree aún duró un instante después de que se marchara. Un calor inundó los ojos de Bree quien se apresuró a preparar un té bien cargado. La despensa desprendía un olor entre dulzón y cítrico, algo amaderado también, que la transportaba a aquel mercadillo de Londres con una tetería escondida en la planta superior. Sin embargo, entre todos los botes de cristal, escogió un té traído especialmente de la India, de los más fuertes. Llenó el filtro al máximo y posó la tetera sobre el fuego.

Alan reapareció con el cabello húmedo y una toalla anudada a la cintura tarareando una melodía. Pasó por su lado para beber agua, y Bree reconoció el perfume, una colonia que usaba sólo para las ocasiones especiales. El azoramiento que le provocó aquel perfume y la imagen de Alan le hizo sonrojarse, pero él estaba despistado en su momento de victoria al saber que aquella noche tendría la casa para él solo y su nueva amiga.

El conocimiento de lo que la toalla ocultaba se entremezclaba con los recuerdos de aquella noche “que no se volverá a repetir” en palabras de Alan. Sin embargo eso no evitaba que Bree se mordiera el labio recreándose en la memoria. El pitido de la tetera la trajo de vuelta. Se sirvió el líquido humeante en una taza grande, con muy poca leche y aún menos azúcar, lo mezcló con la cucharilla y sin sacarla del tazón, comenzó a beber con cuidado.

Mientras se sentaba en la butaca de la cocina, Alan salió de la habitación vistiendo unos vaqueros ajustados y una camisa azul que iluminaba sus ojos verdes. La americana negra daba ese toque final entre formal y desenfadado. Bree le seguía con la mirada por encima del borde de la taza. Con un gesto de mano le indicó que se aproximara, e intentando no percibir el perfume, le alineó bien las solapas de la chaqueta y tensó la tela para disimular unas arrugas.


Cuando se alejó para comprobarse en el espejo de su dormitorio, a Bree se le escapó un suspiro entre sorbo y sorbo. La presión en el pecho comenzó a ser molesta, así que bajó de la banqueta y abandonó la taza a medio terminar. Antes de que Alan volviera a salir, cogió el bolso y la gabardina, se sacudió los pelos de Pepper de la falda de tubo y salió a la calle evitando la mirada enrojecida de su reflejo. Buscó con el móvil un hotel donde pasar la noche.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Escribe

Escribe porque sí. Escribe sueños, pesadillas, recuerdos, esa historia de los ancianos en el autobús. Escribe las conversaciones de otros, sobre las vidas de otros, las historias de otros. Escribe tu historia. Escribe tu mundo. Escribe lo que te hace feliz, lo que te haría feliz, lo que te hizo feliz. Escribe para decir lo que no puedes gritar, escribe para expulsar lo que te está carcomiendo, lo que te preocupa, lo que te enerva. Escribe para desahogarte, para vomitar la ira contenida, para no ahogarte en tu propio vaso, para tragar esa bola atrancada en la garganta. Escribe hasta que se sequen las lágrimas y se borren las teclas. Escribe para despegar tus pensamientos y encerrarlos entre renglones y olvidarte de ellos. Escribe para exorcizar aquello que te está pudriendo, que te está matando, que te oprime el pecho y no te deja dormir, no te deja comer, no te deja respirar. No te deja vivir. Escribe para continuar, para aceptar que se acabó, escribe para coger fuerzas de poner punto y aparte, para ver que la esperanza de ir a mejor es tangible en grafías. Escribe para no hundirte, escribe para sentirte mejor, escribe para rellenar página y pasarla. Escribe para llegar al final del capítulo donde no querías llegar, pero al que, al final, sabías que llegarías.

lunes, 31 de agosto de 2015

Cállate - Inacabado



-          Cállate, no empieces. Es muy temprano.

-          ¿Serás perezosa? Eres una vaga que no mueve un dedo por nada ni por nadie. Aunque mejor así, porque cuando haces algo, siempre acabas jodiéndolo.

-          Pero no es mi intención.

-          La única intención es meterte donde no te llaman. Como cuando se pelearon Bree y mamá, ¿recuerdas? ¿Recuerdas que se fue después de que intentaras reconciliarlas? Aunque es lo mejor. Cuanto más lejos de ti, mejor. Hasta lo más sencillo lo jodes. Hizo bien en irse, en alejarse de ti.

-          Cállate…

-          Para una persona que se preocupa por ti y has hecho no sólo que se vaya de casa, sino de la ciudad. Se ha cansado de luchar tus batallas, porque eres vaga hasta para eso, que otros tienen que preocuparse por tus problemas y solucionarlos por ti.

-          ¡Cállate!

-          ¡Ah! La verdad duele, ¿no es así? ¿Y qué me harás? ¿Qué harás ahora? ¿Encerrarte como siempre en tu habitación? ¿Llorar diciendo lo desgraciada que eres? ¿O de nuevo dejarás de comer? Ya puedes dejar de comer todo lo que quieras, gorda, que no vas a adelgazar. Total, si luego a los dos días te zamparás cinco bollos y vuelta a empezar, anclada en el baño.

-          Cállate... Por favor...

-          Hoy toca lloros, vaya novedad… Sí, mírate bien, no vas a cambiar jamás, nunca serás perfecta, nunca estarás suficientemente delgada, nunca serás como esas chicas que lo tienen todo. Por mucho que me calle eso no va a hacer que la verdad desaparezca. Podrás mentir y engañar al resto, pero a mí no. Dices que no quieres que se preocupen por ti pero todo lo que haces es para llamar la atención. Y hasta para eso eres una inútil, nadie te hace caso porque en realidad no le importas a nadie. ¿Quién va a querer a un bicho raro? ¿Crees que le importaría a alguien si no hubieses existido? ¿Si desaparecieras? ¿Crees que hay alguien que se interese por ti? Hasta tu propia hermana se ha cansado de ti. ¿Hace cuánto no responde a tus correos? Y cuando lo hace, ¿te has dado cuenta cómo te responde de breve? Lo mejor que podrías hacer es dejarla en paz. ¿Y qué decir de papá y de mamá? “No te esperábamos, fue por accidente”, “tanto psicólogo, ¿para qué?”, es lo que dijeron, ¿te acuerdas? Estás arruinándoles con tus estúpidas tonterías. Mamá nunca te quiso, te tuvo porque sí, porque seguro que papá la convenció. Ella fingía preocuparse por ti, está mal visto que no lo haga, ¿pero hace cuánto no revisa cada noche tu cuarto? Se ha cansado también, agotas la paciencia de todos, para eso sí que sirves. Llora todo lo que quieras, no te vas a sentir mejor. Sólo mereces sufrir, por egoísta y mala persona. Sólo piensas en ti y no te importa nadie, sabes que lo mejor que puedes hacer es morirte y dejarlos vivir en paz, como antes de que nacieras. Si no te gusta esta vida, no amargues la del resto. Desaparece. Ya sabes dónde está la cuchilla, ¿te atreverás esta vez? No me mires así, eres una puta cobarde, no tienes valor ni para quitarte de en medio. Pero tiempo al tiempo, si no te atreves acabarás sola, y a fin de cuentas, eso es como estar muerta. Ya lo verás.

El puño impactó contra el espejo, cayendo pequeños cristales tintados de rojo sobre el lavabo. Ella también cayó.

domingo, 23 de agosto de 2015

Amor es sólo una palabra

Amor, love, amour, amore... Distintos idiomas para definir algo que no se puede definir. Algo que no existe. El amor es sólo eso que definimos porque aspiramos a alcanzarlo algún día. Si miramos alrededor, la pareja perfecta es la que más problemas tiene. Luego están los que tienen problemas y se encargan de que el resto nos demos por enterados. Si prestamos atención, sólo existen mentiras. Envidias, celos, cuernos, un sinfín de palabras que sabemos que existen, que sólo pasamos por alto cuando no nos pasa a nosotros, somos así de egoístas. Pero todo se reduce a eso: mentiras. Sentimientos que nos callamos, secretos nunca revelados. Nos mordemos la lengua, miramos hacia otro lado, nos encendemos un pitillo y en lugar de palabras sólo expulsamos humo que las hace evaporarse. O eso creemos. Porque las palabras son residuales, siempre queda algo ahí, en algún lugar recóndito. Puedes ser la persona menos rencorosa pero cuando menos te lo esperes, ahí está, eso que nunca dijiste, eso que no querías y no quieres decir. Sale sin más, sin poder hacer nada excepto arrepentirte cuando lo sueltas. El amor es mentira, es hipocresía, es arrepentirse de pensar como pensamos, de ser como somos.
 
Pero la sinceridad total y absoluta tampoco es buena. Siempre suena peor de lo que sonaba en tu cabeza, siempre la otra persona se lo toma como un ataque sin piedad, sin compasión. Es un momento en el que una persona abre su mente y sus pensamientos más sinceros y la otra los recibe como una ofensa. La sinceridad también es nociva. Así que ¿dónde está el equilibrio? Tampoco existe.
 
Esa idea que los cuentos, las series, las canciones, las películas nos meten en la cabeza sobre el amor, son todo falacias. Esa pareja de ancianos que aún se cogen de la mano, ¿es posible que sientan lo mismo que sentían cuando llevaban un año saliendo tan sólo? Seguro que no. Ahora se hacen compañía, se comprenden mutuamente, no imaginan su vida sin el otro. ¿Eso es amor? No, es la dependencia que generan los años. Seguro que si les diéramos el suero de la verdad se descubrirían cosas que jamás se han contado y que jamás hubiéramos imaginado en una pareja de "ese estilo". No nos engañemos, el amor perfecto, idílico, no existe. Cada pareja tiene sus fantasmas, sus telarañas, la mierda oculta bajo la alfombra. Las películas ni se aproximan a representar todo eso, porque cada cual tenemos nuestro cajón desastre, del cual mostramos lo que dejamos y lo que queremos que vean el resto. Si engañamos a nuestros padres, a nuestros familiares, a nuestros amigos, ¿cómo no vamos a engañar, u ocultar, a quien decimos amar?
 
Porque luego están los que dicen "yo no miento, sólo no lo digo todo". ¿Acaso ocultar una verdad es menos delito que mentir? No lo creo. Es hipocresía. Quieres convencerte de que eres mejor persona que uno que miente, pero en realidad eres igual, o peor. Porque te engañas a ti mismo y engañas al resto. Ocultar esa parte de ti que no quieres dar a conocer, por miedo al rechazo, a la crítica, por miedo a hacer daño... Tonterías, toda una sarta de gilipolleces. Esa parte que ocultas, que no cuentas porque no quieres mentir, es parte de ti, de tu personalidad, es una parte que te hace ser como eres. Y si eso lo ocultas a la persona a la que amas, no le estás mostrando como eres. No eres tú, eres una obra de ficción que sólo cuenta una parte del todo que conformas. Lo cual me lleva a pensar ¿de qué nos enamoramos? De una ficción. De una mentira. Ocultar no deja de ser mentir, engañar.
 
Somos mentiras que nos enamoramos de otras mentiras pensando que seremos el falso amor perfecto. Y lo creemos. Si no lo creyéramos, ¿la gente tendría citas? ¿Se casarían? ¿Querría formar una familia? Las novelas, la televisión, la música, el cine, nos lo endulzan con palabras como destino, alma gemela, amor de mi vida, que no dejan de ser el lazo de raso a un paquete bien envuelto pero que está vacío. Pero pensando en frío, si el destino existiera, no importarían nuestras decisiones. Si nuestra alma gemela existiera, ¿cuánta suerte tendrías que tener para encontrarla en toda la Tierra? ¿Cuántas veces no hemos pensado que esta o aquella persona es el amor de nuestra vida, y luego pasado el tiempo, nos hemos dado cuenta de que estábamos equivocados?
 
Pero somos luchadores. Tropezamos, nos equivocamos, mentimos y nos perdonan, seguimos adelante. ¿Por qué? Porque sienta bien. Sienta bien saber que puedes contar con otra persona, que tienes a alguien a quien cuidar, a quien proteger, y sentirnos protegidos y seguros al mismo tiempo. Alguien que a pesar de los fallos que te ves, sigue contigo. Manías, tics, hobbies, familiares insoportables... Todo eso lo aguantáis recíprocamente. Porque sienta bien reírse hasta que te salen agujetas, acurrucarse en cualquier sitio, los besos pasionales y fugaces sin previo aviso, las caricias que nadie ve, el cruce en la distancia de miradas cómplices en un sitio abarrotado de gente, la seguridad de despertarse cada mañana al lado de la persona que te hace sentir mariposas en el estómago y puebla tus sueños en la cabeza. Alguien con quien hacer planes imaginando tener todo el futuro por delante. Alguien con quien compartir preocupaciones, facturas, resfriados. Sienta bien el sexo en cualquier momento, pero mejor el momento de después. Sienta bien esa nostalgia dulce cuando recordamos cómo se te escapó un trozo de ti cuando esa persona desapareció de tu vida, esa persona que te cambió, que te hizo ver el mundo de una manera distinta, a veces mejor, a veces peor, pero distinta. Y por tanto, aprendemos algo nuevo, esa persona nos hizo ampliar nuestra visión, nos hizo ver en qué estábamos equivocados, que a veces no todo es o blanco o negro. Y si encontramos a una así, ¿por qué no íbamos a encontrar a otra?
 
De eso se aprovechan el cine, la música y la literatura, de empatizar con esa pequeña parte soñadora nuestra, la que mantiene la esperanza de que volveremos a sentir todo eso que sienta tan de puta madre. Puedes estar deprimido porque la que tú pensabas como la persona definitiva, se ha largado con otr@, o no ha resultado ser como pensabas en un principio, o habéis cambiado tanto que no os reconocéis mutuamente. La ficción se aprovecha de que, aún doloridos, sabemos que volveremos a caer en eso, aquello que buscamos y que definitivamente no existe. Pero será porque no hemos buscado lo suficiente.

miércoles, 19 de agosto de 2015

De camino

Se colocó los cascos conectados a la música del móvil, entró al vagón de metro, buscó un asiento desocupado y lo encontró junto a aquella mujer de tez amarillenta. Las arrugas habían conquistado su rostro, que ni a pesar del tenso moño canoso conseguiría jamás volver a ser como la piel de un melocotón. Cuando se sentó, de reojo vio su vestimenta, un vestido negro muy recatado, con apenas unos pequeños volantes en los puños. "Parece sacada de La Casa De Bernarda Alba", pensó. De su bolso extrajo el libro electrónico y fue absorbida por la lectura mientras las estaciones iban pasando. Al llegar a Tribunal, alguien le dio unos toquecitos en el hombro. Bajó sus cascos al cuello volviéndose hacia el que interrumpía, un extranjero fornido de unos cuarenta años, de pelo blanco y semblante severo, que apretaba los labios y la miraba impaciente esperando algo. Ella le preguntó con la mirada qué necesitaba. Él, con acento no supo si ruso o alemán, le pidió permiso para sentarse. Se levantó de un brinco. Palidecía y de pronto temblaba. Se negó a volver la vista allá donde estaba la anciana, se quedó de pie junto a la puerta, y cuando se hubo convencido de que todo era fruto de su imaginación, tomó aire y colocándose los cascos, se preparó para salir en la siguiente estación. Cuando sus ojos se alzaron hacia el cristal, la vio. Con un sobresalto dio un paso hacia atrás. La anciana del reflejo también se apartó. Se tocó la cara. Con una mezcla de miedo y tristeza injustificada, continuó mirándose en el reflejo. La anciana desapareció ante las luces amarillentas de la estación. El auténtico terror le caló cuando se hizo la pregunta correcta: ¿por quién guardaba luto?

martes, 11 de agosto de 2015

El paquete reversionado - final 2

John observaba a la muchacha a distancia. La lluvia caía como siempre hacia abajo, fina y constante, sin principio perceptible ni fin a corto plazo. Era una lluvia débil, nada que ver con aquellos diluvios amazónicos donde todo es frescor. Esta lluvia era la de aquí, igual de gris que la Torre que se veía desde la gran cristalera de la cafetería, y desde aquella barra también gris que no había manera de limpiar. Siempre grasienta, siempre resbaladiza. Como los adoquines de la calle cuando John terminó su turno, obligado a patinar sobre ellos hasta la parada del autobús en el otro lado del puente. Andaba lento pero seguro, las superficies de los ladrillos parecían piedras de río entre las que corría el agua, piedras negras, redondas y lisas con espacio suficiente para hacerse un esguince de tobillo, o peor. John se caló su gorro y subió la cremallera de la gabardina al máximo, cubriendo la boca. El agua entre los adoquines era como la lluvia, parecía desplazarse muy lenta, cuesta abajo hasta dar al río, que por fin había subido un poco el nivel. Pero seguía siendo el de siempre, una masa desplazable de barro en movimiento constante. La lluvia seguía cayendo de una nube que cubría toda la ciudad y que hacía las veces de parasol y de aspersor. Y entre tanto tono apagado, el confeti de impermeables de turistas, armados con móviles y cámaras aparatosas. Y una chica de cabellos empapados sentada en un banco junto al árbol.

No hacía fotos, no se cubría con plástico llamativo, ni tenía un paraguas, y no miraba el río, ni el puente ni la Torre. Sobre su regazo había una caja envuelta, que acariciaba como si fuera una mascota. La mirada verde veía a través de algo mientras las gotas caían por el rostro y las ondas rubias. La barbilla le temblaba de frío. John tenía que cruzar por detrás y con el paso tan lento, pudo observarla mejor. Agarraba la caja con los nudillos blanquecinos y las puntas de los dedos rojas. Su rostro pecoso de mejillas marcadas indicaba que no debía de pasar la veintena, como él. Pasaba bastante frío a saber por el temblor de hombros. Vestía con un abrigo de paño que dejaba ver unas piernas felinas. Calzaba unos tacones que le hizo pensar en tobillos rotos, o peor. Entre las charlas extranjeras que no comprendía, John la escuchó hacer un ronroneo extraño. Curioso, la observó más de cerca, por su espalda. No tenía frío, lloraba. Llevado por no sabía qué, se atrevió a acercarse a ella:
- ¿Necesitas ayuda?

Ella se sobresaltó, le miró entrecerrando los ojos y abrazó el paquete contra su estómago. Le ignoró, miró un instante el río, se acercó a la valla que separaba el paseo de la ribera, y se equilibró sobre ella. John no sabía si avisar a un policía o por el contrario evitar que la vieran. Daño no se iba a hacer pero por si acaso se puso a su lado. El paquete voló por encima de la verja y aterrizó sobre el río, en el que se fue hundiendo a lo largo de la corriente, dejando un rastro de círculos concéntricos y burbujas espesas. Cuando se volvió hacia la chica, ésta se alejaba hacia el puente, en la dirección que él tenía que tomar.
- Es de mala educación no responder cuando te ofrecen ayuda.- Le gritó unos metros por atrás.

Ella se giró sobre sus tacones con una facilidad como si estuviera flotando, y con los ojos hinchados pero aún fieros, le bufó:
- Es de mala educación meterse en los asuntos de otros.

Y con la misma soltura se volteó para alejarse de él, adentrándose en la oscuridad bajo el puente. Cuando John llegó a la fuente de los delfines, en el otro lado de la estructura, no la vio más. Deambuló por la zona en vano. Era como si se hubiera evaporado, o quizá se había escondido de él. De camino a la parada del autobús se percató de que no llovía, y las charlas indescifrables de extranjeros habían dado paso al tráfico ruidoso, y unas sirenas que le ensordecieron a su paso.

Al día siguiente vio una noticia que le llamó la atención. “Dos días después del robo de las joyas, se ha visto a la sospechosa en las proximidades del lugar de los hechos. La policía sigue investigando.” En la televisión echaban las imágenes grabadas por las cámaras de protección ciudadana. Reconoció su propia gabardina de espaldas, aproximándose al banco como quien se dispone a cazar un animal salvaje. Estaba sorprendido y excitado a partes iguales, pensó en la admiración que levantaría al contar la anécdota a sus amigos. En el televisor las imágenes se sucedían una y otra vez, en un ovillo de lana sin principio ni fin. Se dio cuenta que ella no había escogido un banco al azar, sino el único tapado por un árbol. Justo en ese momento, alguien llamó al timbre. Descolgó el telefonillo. Era la policía. Subieron hasta su piso y John, sin saber muy bien qué hacer, no puso impedimentos en acompañarles cuando se lo pidieron con educación.

En la comisaría estuvieron preguntando e insistiendo de qué conocía a la chica, alegaban que sólo querían encontrarla para hablar con ella, pues era una sospechosa más, igual que él. ¿Él, sospechoso? Pero si no pintaba nada. Mantuvo la calma como solía hacer en situaciones de estrés, y reflexionó en silencio mientras los dos agentes esperaban, no sabía muy bien a qué, quizás a que él declarara que eran amantes y que se habían compinchado en el robo. Se rió para sus adentros y pensó en el dinero que hubiera conseguido de no permitir que la caja se hundiera. Pero no mencionó nada del paquete, en las imágenes no se veía qué hacían pegados a la valla, parecían mirar el río sin más. ¿Y acaso iban a creer que unas joyas de incalculable valor habían desaparecido en el Támesis? Ni de coña. 
- Señores, yo sólo quería ligar con ella, aprovecharme de que estaba llorando para consolarla, y lo que surgiera. -Mintió con todo el descaro que le había enseñado la experiencia.

Tras un par de horas donde los policías fueron presionando cada vez más, sólo sacaron en claro que él no sabía nada del robo, y lo dejaron marcharse. A pesar de salir sin cargos y en libertad, no se sentía cómodo mientras andaba hasta el metro. Se sentía observado, quizá no tenía que haber mentido, quizá tenía que haberles dicho lo del paquete. Luego pensó en lo inverosímil que parecería su historia, y el remordimiento desapareció. Se bajó del metro, llovía a cántaros y él iba sin nada para cubrirse. Subió hasta la casa a toda prisa y tan pronto entró, comenzó a quitarse la ropa empapada. Un perfume no habitual en su piso lo llevó hasta el salón. Reconoció aquella silueta minina acurrucada en su sofá. Los ojos verdes rasgados se giraron y le miraron.

- ¿Quieres ayudarme ahora?

El Paquete reversionado - final 1

John observaba a la muchacha a distancia. La lluvia caía como siempre hacia abajo, fina y constante, sin principio perceptible ni fin a corto plazo. Era una lluvia débil, nada que ver con aquellos diluvios amazónicos donde todo es frescor. Esta lluvia era la de aquí, igual de gris que la Torre que se veía desde la gran cristalera de la cafetería, y desde aquella barra también gris que no había manera de limpiar. Siempre grasienta, siempre resbaladiza. Como los adoquines de la calle cuando John terminó su turno, obligado a patinar sobre ellos hasta la parada del autobús en el otro lado del puente. Andaba lento pero seguro, las superficies de los ladrillos parecían piedras de río entre las que corría el agua, piedras negras, redondas y lisas con espacio suficiente para hacerse un esguince de tobillo, o peor. John se caló su gorro y subió la cremallera de la gabardina al máximo, cubriendo la boca. El agua entre los adoquines era como la lluvia, parecía desplazarse muy lenta, cuesta abajo hasta dar al río, que por fin había subido un poco el nivel. Pero seguía siendo el de siempre, una masa desplazable de barro en movimiento constante. La lluvia seguía cayendo de una nube que cubría toda la ciudad y que hacía las veces de parasol y de aspersor. Y entre tanto tono apagado, el confeti de impermeables de turistas, armados con móviles y cámaras aparatosas. Y una chica de cabellos empapados sentada en un banco junto al árbol.

No hacía fotos, no se cubría con plástico llamativo, ni tenía un paraguas, y no miraba el río, ni el puente ni la Torre. Sobre su regazo había una caja envuelta, que acariciaba como si fuera una mascota. La mirada verde veía a través de algo mientras las gotas caían por el rostro y las ondas rubias. La barbilla le temblaba de frío. John tenía que cruzar por detrás y con el paso tan lento, pudo observarla mejor. Agarraba la caja con los nudillos blanquecinos y las puntas de los dedos rojas. Su rostro pecoso de mejillas marcadas indicaba que no debía de pasar la veintena, como él. Debía de estar pasando bastante frío a saber por el temblor de hombros. Vestía con un abrigo de paño que dejaba ver unas piernas felinas. Calzaba unos tacones que le hizo pensar en tobillos rotos, o peor. Entre las charlas extranjeras que no comprendía, John la escuchó hacer un ronroneo extraño. Curioso, la observó más de cerca, por su espalda. No tenía frío, lloraba. Llevado por no sabía qué, se atrevió a acercarse a ella:
                - ¿Necesitas ayuda?

Ella se sobresaltó, le miró entrecerrando los ojos y abrazó el paquete contra su estómago. Le ignoró, miró un instante el río, se acercó a la valla que separaba el paseo de la ribera, y se equilibró sobre ella. John no sabía si avisar a un policía o por el contrario evitar que la vieran. Daño no se iba a hacer pero por si acaso se puso a su lado. El paquete voló por encima de la verja y aterrizó sobre el río, en el que se fue hundiendo a lo largo de la corriente, dejando un rastro de círculos concéntricos y burbujas espesas. Cuando se volvió hacia la chica, ésta se alejaba hacia el puente, en la dirección que él tenía que tomar.
                - Es de mala educación no responder cuando te ofrecen ayuda.- Le gritó unos metros por atrás.
Ella se giró sobre sus tacones con una facilidad como si estuviera sobre patines de ruedas, y con los ojos hinchados pero aún fieros, le bufó:
                - Es de mala educación meterse en los asuntos de otros.

Y con la misma soltura se volteó para alejarse de él, adentrándose en la oscuridad bajo el puente. Cuando John llegó a la fuente de los delfines, en el otro lado del puente, no la vio más. Deambuló por la zona en vano. Era como si se hubiera evaporado, o quizá se había escondido de él. De camino a la parada del autobús se percató de que no llovía, y las charlas indescifrables de extranjeros habían dado paso al tráfico ruidoso, y unas sirenas que le ensordecieron a su paso.

Al día siguiente vio una noticia que le llamó la atención. “Dos días después del robo de las joyas, se ha visto a la sospechosa en las proximidades del lugar de los hechos. La policía sigue investigando.” En la televisión echaban las imágenes grabadas por las cámaras de protección ciudadana. Reconoció su propia gabardina de espaldas, aproximándose al banco como quien se dispone a cazar un animal salvaje. Estaba sorprendido y excitado a partes iguales, pensó en la admiración que levantaría al contar la anécdota a sus amigos. En el televisor las imágenes se sucedían una y otra vez, en un ovillo de lana sin cabo ni fin. Se dio cuenta que ella no había escogido un banco al azar, sino el único tapado por un árbol. Justo en ese momento, alguien llamó al timbre, y todo se aceleró. Era la policía. Antes de que pudiera abrir la puerta, una figura felina se coló al salón por el patio interior.

                - ¿Quieres ayudarme ahora?
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Raymond Queneau


Raymond Queneau

"(El Havre, Francia, 1903 - París, 1976) Escritor y matemático francés. Hijo único de familia católica, su vocación literaria, que inquietaba a sus padres, fue precoz y constante. Escribió gran cantidad de poemas, muchos de los cuales rompió, y desde su juventud manifestó una avidez de lectura que no cesó nunca." Raymond Queneau. Biografías y Vidas

"El título que más eco y ventas ha tenido en España es 'Ejercicios de estilo', de 1949, que publicó Cátedra en 1987 en una excelente traducción y traslación de Antonio Fernández Ferrer. La idea de este libro se le ocurrió a Queneau tras escuchar El arte de la fuga de Bach, una técnica musical que quiso trasladar a la literatura. Su propósito es, por lo tanto, construir una obra a partir de las variaciones sobre un tema nimio. El escritor se sirve de una anécdota mínima (alguien va a la parada y toma el autobús) para recrear ese suceso de 99 maneras distintas, contarlo a la manera de, en unos ejercicios de estilo, donde además del dominio técnico es fundamental el ingenio, la imaginación, la habilidad y el humor que, en el caso de Queneau, es marca de la casa." Ejercicios de estilo. Cultura, El Mundo. 2014

Así que cuando en clase nos propusieron hacer algo del estilo, nunca mejor dicho, ahí fui yo con toda mi buena fe y mis ideas. El texto del que partí, uno de esos 99, es éste:

RELATO
Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre.

Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.


Esto es lo que me salió:

WHATSAPP




PREPOSICIONES

A ese hombre le vio esta mañana
Ante la parada de autobús
Bajo la que había una S
Con él me subí y empezó a enfrentarse
Contra un señor que le pisaba
De forma deliberada, pero
Desde que hubo un sitio
En la parte de atrás, se apartó
Entre la gente y corrió
Hacia el asiento
Hasta que me bajé
Para luego encontrármelo aquí,
Por Saint Lazare, y
Según parece, sigue discutiendo
Sin duda, le gusta discutir, y ahora
Sobre la altura de los botones de su abrigo
Tras lo que él y su amigo se metieron en una sastrería


YODA

Recordarle él podría. En lugar de cinta, un sombrero con cordel difícil de olvidar es, tan largo con su cuello más la atención llamaba. A otro viajero los gritos por pisarle los pies olvidar nunca podría. Pero para sentarse rápido corrió tan pronto como libre asiento vio. Persona maleducada no lejos llegaría, pero discutiendo en la estación se lo encontró. Del abrigo le tiraba el amigo, las manos él le quitaba. Sobre botones discutían los dos.


AUTOPSIA (ok, aquí me he inventado más historia xD)

Hospital Du Perray, París. Miércoles, 22 noviembre 2014. 22:30.

Hombre caucásico de 28 años de edad. 1,70 m. de alto y 71 kg. de peso se encuentra en decúbito dorsal sobre la mesa de autopsia. Encontrado en un callejón detrás de la estación Saint Lazare. Los vaqueros y la americana no parecen haber sido rasgados ni forzados.

El informe de laboratorio descarta cualquier posibilidad de alcohol y estupefacientes. No fumador y sin enfermedades ni infecciones. El individuo presenta cianosis y equimosis puntiformes en el rostro, congestión de los pulmones y manchas de Tardieu. En las superficies laterales del cuello pueden encontrarse equimosis redondeadas y estigmas ungueales pre-mortem debidos a una presión de dedos ejercida sobre la zona cervical. Asimismo se observan equimosis retrolaringeas y pequeñas fracturas del aparato laringeo. A saber por la dirección inclinada de las marcas se trata de un agresor de menor altura. Se han encontrado restos de ADN bajo las uñas de la víctima.

Laboratorio confirma que el agresor es un varón de la misma edad, visto en huida de la escena del crimen. Vestía un sombrero de copa y un abrigo largo que coincide con el modelo de botón encontrado en la escena del crimen. También se han hallado fibras de cordón. El sospechoso no está fichado. La víctima llevaba toda la documentación encima, las tarjetas intactas y dinero en efectivo. Tampoco se han encontrado huellas en la cartera, por lo que se descarta el robo como móvil. Testimonios de los viandantes confirman haber presenciado una discusión entre la víctima y el sospechoso sobre el abrigo que éste vestía.

Causa de la muerte: anoxia de ventilación por compresión del conducto aéreo contra el plano pervertebral.
Hora aproximada de la muerte: alrededor de las 17 horas. 

sábado, 8 de agosto de 2015

Sheryl (Inacabado)

…cuando ocurrió aquel accidente

Ha pasado mucho tiempo pero es un recuerdo que revivo como si fuera hace cinco minutos. El sol de última hora de la tarde entraba por las ventanas de clase, parecía iluminar más que los fluorescentes que colgaban del techo. El sopor del calor y de la voz mecánica y monótona de la Sra. Giggles creaba un ambiente cargado en el aula, acentuado por ser además la última clase de la semana: matemáticas avanzadas, donde tenía a mi profesora favorita y su presencia tan motivadora para estudiar matemáticas. ¿Por qué no me metí a letras? Nunca entendí qué me llevó a escoger ciencias. Mis compañeros y yo estábamos sentados cada uno en su pupitre, con hombros caídos, cabezas gachas o bien sostenidas por nuestras manos. De vez en cuando alguno miraba la pizarra, pero volvía a dirigir la mirada a su libro. Yo me removía en el asiento, aquellas sillas de conglomerado, tiesas y planas incomodaban a los cinco minutos de sentarse.

Intentaba mantener los párpados levantados, pero el sol que surgía por el costado izquierdo me impedía enfocar la vista y mi mente fantaseaba con playas y palmeras. Cambié de postura a cada instante para evitar la luz directa. Me entretuve estudiando la persiana, bajada hasta la altura de mi hombro, el tubo cuadrado de plástico que servía para la inclinación de las tablillas, y la cuerda doble para bajarlas. Observé a la profesora, quien hablaba de forma autómata. Movía los labios pero yo sólo escuchaba “bla bla bla”. Ella tampoco es que nos hiciera mucho caso, siempre miraba hacia la pared del fondo, volviéndose de vez en cuando para anotar alguna fórmula importante en el encerado. Una de esas veces aproveché para estirar el brazo hasta la cuerda y tensarla con cuidado, de tal manera que la persiana descendió en silencio. Suspiré de alivio y miré hacia la derecha con sonrisa satisfactoria como el espía que acaba de realizar una misión peligrosa, pero allí donde se sentaba mi mejor amiga Sheryl, la loca y extrovertida Sheryl, hoy no había nadie. Saqué el móvil y, escondido bajo la mesa, comprobé si había respuesta al mensaje que le había escrito a primera hora de la mañana preguntándole dónde estaba y lo aburrida que me sentía sin sus comentarios suspicaces.

Sheryl era así, un desastre con patas, de las que no se cortan ante nada ni ante nadie. Si tan sólo hubiera usado su cerebro para aplicarse más en algunas materias… Aquel día, al igual que otras veces le terminarían poniendo falta de asistencia, y adiós a nuestras fiestas de pijamas y a las charlas nocturnas por el móvil; hola, castigo. Yo ya le había reprendido por quedarse dormida, pero era cabezota como ella sola, y si creía que tenía razón, mucho menos daba su brazo a torcer, como cuando nos conocimos cinco años atrás: nos emparejaron para hacer un trabajo de clase de Español, y mientras que yo prefería hablar de las tradiciones, las fiestas populares y la comida española, a Sheryl se le había ocurrido hacerlo de la historia del lenguaje en sí, sobre los verbos, sus orígenes y su complejidad, y la etimología en comparación con su lengua natal, pues consideraba que el resto de la clase lo haría como yo había propuesto y aquello resultaría repetitivo y poco original, y que por tanto conseguiríamos más puntos con su idea del lenguaje, que además encandilaría a la profesora al aplicar los estudios que ella había explicado con brevedad. Así hicimos el trabajo y ante mi sorpresa nos pusieron un sobresaliente, pero Sheryl en lugar de echármelo en cara, dijo que no se separaría de mí nunca.


Cuando llegué a casa…

lunes, 3 de agosto de 2015

Microrrelatos Instagram II


El nuevo Quijote quemó todos sus libros tras la primera derrota contra los molinos de viento. Estaban a tal altura que no podía combatir contra ellos.












Julieta, cansada de esperar a su Romeo, se descolgó de su balcón y se fue con el primer Paris que sí la quería.


No importa cuántos años pasaran, aquel era su rincón incluso después de separarse. No importaron los amantes que llegaron después, nunca llegaron a conocer ese lugar. No importaron las palabras cuando quince años después sus bandejas pugnaron al azar por ocupar aquel rincón. Quoi que se soit, oú que se soit ni comment, n'a pas d'importance.










Y la luz se reflejaba en cada rincón de su solitaria alma cuando le veía sonreír



El cielo se resquebrajó sobre nosotros cuando nuestros sueños volaron demasiado alto.







Los bombardeos cesaron cuando se percataron de que no había más a quien abatir en aquella ausencia de gritos.







Y volvió a aquel lugar, donde se había congelado el tiempo, allí donde nada cambiaba, en la casa de hojas perennes. Todo seguía igual, salvo en las fotos que colgaban de las paredes y que encerraban todo el tiempo, como las arrugas de su sonrisa.

domingo, 2 de agosto de 2015

Sin puntos

El niño echó a correr fuera de la habitación cuando su hermano pequeño y rechoncho comenzó a llorar detrás de los barrotes de madera de la cuna, montando tal escándalo que su madre acudió a toda prisa pensando que el bebé, que apenas tenía dos meses, se había caído de la cuna, o quizá se había golpeado contra los barrotes, o a lo mejor era una simple pesadilla, pero cuando fue por el pasillo y vio a su otro hijo corriendo en dirección contraria ya sabía que de nuevo le había estado molestando, por lo que disminuyó la velocidad, calmó al bebé y buscó el chupete que encontró enganchado entre el colchón y el somier, como si el llanto hubiera interrumpido la travesura mientras escondía el objeto de silicona, y con un propósito tan obvio la madre salió del cuarto dispuesta a reprender al niño cuando sonó el timbre al cual su marido fue a responder aún sabiendo que era su hija mayor, la que siempre se olvidaba las llaves en cualquier lugar, y nunca las llevaba encima cuando las necesitaba, tal y como había pasado esa tarde, interrumpiendo la sesión de sudokus que hacía el padre, costumbre adquirida a lo largo de su vida, entretenimiento que le ayudaba a relajarse, y por tanto que le rompieran esa burbuja de calma tan suya le ponía de muy mal genio, enfado que fue en incremento cuando al dirigirse a la puerta pisó los ladrillos Lego ante los ojos en blanco de la madre, ya que esa misma mañana había estado amenazando a su hijo con tirarlos a la basura si no los recogía, y qué mañana había sido, uno de esos días en que todo sale del revés, desde el bebé descubriendo la diversión de hacer una catapulta con la cuchara y el desayuno, su hermano mayor desnudo con los calzoncillos sobre un ojo diciendo ser el pirata de los siete mares mientras saltaba de un sofá a otro, y su hija como pollo sin cabeza porque no encontraba esa camiseta roja que era la única que combinaba con su falda vaquera, como si no sirvieran las otras quinientas camisetas que tenía, pero no, tenía que escoger siempre la que no estaba limpia, así que la madre se había pasado la mañana gritando de un lado a otro, convenciendo a una, regañando al otro, limpiando al tercero, y por supuesto todo con mucha rapidez, se hacía tarde, otra vez, era raro el día que ella llegaba puntual a la oficina, tiempo que luego recuperaba, pero no sólo eso, sino que aquel día su jefa, una joven pero no menos bruja que sobre sus tacones imposibles lo mismo te gritaba un día que al otro estaba encantadora, y aquella mañana debía de estar con el síndrome premenstrual porque estaba más bruja de lo habitual, como nunca antes había visto desde que sustituyó la jubilación del anterior jefe, y no importaba cómo había llegado hasta ahí, para eso ya estaban las cotillas inventando historietas con las que hacerle dura competencia al Sr. Grey y su sumisa, eso sí, en esas historias siempre ella era la domina, no podía ser de otra manera con esa manera de controlar a todo el mundo y criticarlo todo, aunque como nunca se había portado tan mal como aquel día, no debían de ser las hormonas, seguro que en realidad estaba mal follada, y tenía todo el aspecto de ser eso, pues últimamente sus faldas eras más cortas y sus camisas más desabrochadas, y no hacía tanto calor, tan sólo era principios de mayo, y recordó al ver a su marido, quejándose de dolor dado que su pie había sido marcado por los ladrillos de plástico, era su cumpleaños en breve, tendría que pensar en algún regalo, y maldijo lo complicado que es regalar a los hombres, mientras el suyo maldecía sustituyendo cada palabra mal sonante por nombres de hortalizas, como si por ello los niños no lo entendieran, se dirigió a la puerta y su hija entró sin apenas mirar a nadie, ni siquiera saludó, se metió directa a su habitación dando un portazo que enervó aún más a la madre, quien la siguió e irrumpió en su habitación para descubrir que su hija lloraba desconsoladamente, lo que hizo que el cabreo pasara a ser preocupación, y comenzó el interrogatorio, quería saber qué mal le había ocurrido, pero la joven sólo sollozaba, y la madre cada vez se ponía en lo peor: el novio la había dejado, o la había dejado preñada, no sabía cuál de las dos opciones era peor, y la madre de nuevo preocupada, sacando sólo llanto como respuesta a sus múltiples preguntas, hasta que por fin cuando sólo fue un hipo constante, la hija se limitó a señalar una mancha blanca sobre su falda favorita, y la madre desesperada no sabía si darle un bofetón por el susto o abrazarla y reírse, y es que al parecer la clase de química no había ido muy bien y algún tipo de compuesto había salpicado y desteñido la falda, de ahí el disgusto tan injustificadamente enorme que tenía la cría, que ante la promesa de una nueva, su cara mejoraba, pero aquel momento tierno por supuesto no podía durar mucho, el marido llamaba a gritos para castigar al niño por no recoger sus juguetes, y el niño no aparecía, pero ella ya sabía dónde encontrarlo, así que se dirigió directamente al armario de las escobas y sólo con una mirada el niño agachó la cabeza y se fue a su habitación, sacó la libreta de copias de un cajón de su escritorio y continuó otras cien veces copiando “ordenaré mis juguetes cuando termine de jugar”, ante la complacida mirada de la madre, y la atónita del padre, al que la madre dio unos golpecitos en el hombro a modo de consuelo sabiendo que él nunca lo comprendería, y sin dar más explicaciones, marcó el número de Telepizza, el día lo merecía, no le daba la gana cocinar.

lunes, 27 de julio de 2015

Anestesia


Observaba el espejo empañado. El agua corría por el desagüe. Se deshizo de las toallas y abrió el armario. Sacó todos sus vestidos y los examinó sobre la cama.

                - Tengo que vestir más alegre. – Dijo en voz alta como si hablara con alguien.

Uno a uno se los fue probando. Escogió el que le cubría hasta las rodillas. Bajó a la cocina. Las baldosas estaban menos cálidas que la tarima. Llenó la tetera de agua. Se quedó mirando su reflejo en la campana extractora.

                - Debería ponerme algo de antiojeras.

Se quitó una pelusa de la manga oscura. La tetera se puso a borbotar. Unos platos se amontonaban en el fregadero. El grifo goteaba. Cogió un bote de pastillas del cajón de la encimera. Tragó sin pestañear. Risas lejanas de niños jugaban cerca. Fijó su vista más allá de la ventana. En alguna parte un perro aulló. El reloj marcaba las 2. El pitido indicó que el té ya estaba.

                - ¿Lloverá?

Se sentó a la mesa con la taza y casi perdió el equilibrio. Levantó el pie, puso el muñeco de acción sobre la mesa y lo observó. Miró el reloj de la pared. Eran las 3. Aún se oían a los niños jugar. Cogió las llaves del coche y abandonó el té. Se sacudió el vestido oscuro. Las baldosas de la entrada estaban húmedas, una boca de riego se había roto y la calle estaba inundada. Las manos le resbalaron en el volante.

                - Tengo que echar gasolina antes de ir al cementerio.


Ajustó de nuevo el retrovisor. Los niños estaban muy quietos y muy serios en la acera contraria. La miraban. El agua ahogaba su jardín y formaba un reguero hasta la alcantarilla del garaje. Notó las arrugas del embrague en el pie. Los niños retrocedieron un paso cuando la mujer arrancó. Alguno se sobresaltó. Inspeccionó los retrovisores laterales una vez más. Pero seguía sin ver a su pequeño.

sábado, 20 de junio de 2015

Mayo

¿Recuerdas aquella mañana? Las amapolas crecían en las vías de la estación, rojas como tu vestido. Llevaba meses buscando la excusa para hablarte, y por fin me armé de valor, pero no llegué a tiempo y las puertas del Cercanías se cerraron antes de alcanzarte. Sin embargo, el maquinista hizo que aquellas dos líneas bermellón y púrpura volvieran a separarse. Y cuando te miré, supe que tú también me estabas esperando.

jueves, 7 de mayo de 2015

Segunda Atmósfera (comienzo)



En una casa situada en la Segunda Atmósfera un padre acostaba a su hijo de seis años, no sin antes continuar relatándole el cuento que el padre había escrito:

- Y así los zombies volvieron a sus tumbas. Fin.
- Papá, ¿qué es una tumba? ¿Es como Marte? – Preguntó el niño con el ceño fruncido por no entender el final de la historia.

En el rostro del hombre se dibujó una sonrisa, una sonrisa anciana que nada tenía que ver con su aspecto. Bajo la promesa de explicárselo al día siguiente, acarició la cabeza del pequeño, le dio un beso en la frente y le arropó subiendo la cremallera del saco nórdico. Se acercó a la ventana enrejada para bajar las persianas, pero se quedó unos minutos observando el paisaje desde la altura.

Tanto enfrente como a ambos lados de su casa estaban situados diversos hogares, todos iguales, habían sido diseñados del mismo modo, pero cada uno era del color que había escogido el propietario. Había casas marrones, casas bicolores, incluso una casa blanca con puertas y ventanas en azul. En un nivel inferior a ellos, podía distinguir otra hilera de igual disposición, y aún más abajo, se intuían a través de la neblina las luces parpadeantes y rojas de los rascacielos, grandes edificios a los que era imposible ver la base. La Atmósfera Uno no era muy transitada, a saber qué se podría encontrar uno ahí. Pero él sabía que no era para tanto.

Bajó las persianas y al girarse se sobresaltó al ver a su marido apoyado en la puerta del cuarto. Estaba con los brazos cruzados y su mirada era de reproche. No le gustaba que le contara esas antiguas leyendas a su hijo.