lunes, 17 de octubre de 2011

El último superviviente

Unos amigos y yo hemos cogido una idea de un foro y cada viernes noche, leemos relatos escritos por nosotros. El viernes fue el primer día, un relato bajo el título "El último superviviente", sin más reglas. Para ser la primera noche, no estuvo nada mal y me encantó la experiencia :)

Esto fue lo que escribí:


Gotas de sudor caían por su frente, resbalando por la piel con ese cosquilleo insoportable. Continuaba andando por la tierra, escalando pequeños montículos, esquivando los cuerpos de sus compañeros, confirmando lo que pensaba: estaba solo. Ya no se oían los gritos, ni los alaridos, ni el ruido de la avanzadilla. Ante él, tan sólo tierra, piedra y campos amarillentos pisoteados, entremezclando semillas esparcidas con cuerpos inertes. Los caminos, destrozados, las murallas, demolidas, y un horizonte que cada vez parecía más lejano.

Avanzaba con pies pesados, cargando su peso sobre un bastón que él mismo se había fabricado. Manchas de color purpúreo comenzaban a surgir en su piel, recuerdo de todo lo que había pasado. Eran muchos al principio, con un mismo objetivo. Y cómo no, la rivalidad no tardó mucho en surgir. Los ataques estaban a la orden del día, se hacían con una pequeña porción de tierra, la reclamaban como suya, comenzaban a levantar defensas, se aliaban con otros reinos a los que después traicionaban y saqueaban, y así iban ampliando territorio hasta chocar con el próximo, y todo volvía a empezar. Había supuesto un gran esfuerzo que ahora veía compensado con la mejor de las recompensas.

Se paró un momento para beber, apurando la última gota del vino caliente que quedaba, y miró de nuevo hacia el frente. Frunció el ceño. Fijó la vista más allá del horizonte. Se frotó los ojos con las manos sucias. Quizá fuera una visión, un espejismo debido al cansancio. Caminó. Y la alucinación allí continuaba, a lo lejos, una ínfima irregularidad en la línea del horizonte donde se ponía el sol. Era imposible.

El ansia de confirmar esa imposibilidad le dio nuevas fuerzas y caminó más deprisa. Tropezaba con piedras rojizas que se deshacían bajo sus botas, incluso en más de una ocasión cayó al suelo, pero se alzaba con un vigor sobrenatural. Sin darse cuenta, estaba corriendo hacia aquel montículo que adquiría altura con cada zancada. A medida que se iba acercando, distinguía algunos colores: verdes oscuros que se fundían con marrones, verdes frescos sobre un fondo negro, terracotas que se aproximaban a sus pies. Y el olor, ese olor a pino macizo, a resina reluciente, a hierba silvestre y margaritas salvajes. El frescor de la humedad que desprendía todo el conjunto, la flexibilidad del suelo al pisarlo, el tacto rugoso de los troncos. Era posible.

De pronto un sonido le arrancó de su ensimismamiento. Esperó paciente, agudizando el oído. Dio un paso. Esperó, escudriñando entre ramas y arbustos. El mismo sonido otra vez. Corroboró que no fuera el eco de sus pisadas, comprobando el retardo con el que se producía. ¿Un conejo? Demasiado pequeño. ¿Un ciervo? Demasiado ágil. ¿Ladrones? Tembló ante esa opción. Lo escuchó de nuevo, pero esta vez por el extremo del ojo vio algo moverse en las sombras. Giró noventa grados y se encontró con un caballero. Media sonrisa se dibujó en su rostro, percatándose de lo que ello suponía: no estaba solo.

Se miraron un minuto. Cruzaron dos pasos en círculo, retándose con las miradas, desafiándose con sonrisas envalentonadas. Lentamente echaron sus manos a la cadera, sacando su mejor baza, creyéndose que la estrategia iba a continuar dando sus frutos. Estaban preparados para la última gran batalla. Tan sólo podía ganar uno. Y ninguno estaba dispuesto a perder.

El caballero misterioso, sin apartar la mano escondida tras de sí, se aproximó con paso decidido y firme. Pero no le hizo retroceder, sino que se irguió aún más, mostrando todo el orgullo que guardaba en la pechera de la armadura. El caballero resopló con aires de supremacía y, con una jocosa reverencia, le incitó a tomar la iniciativa y asestar el primer golpe. Nuestro protagonista percibió un brillo de duda en los ojos del contrario que duró tan sólo un segundo, y su sonrisa se ensanchó. Extendió el brazo, movimiento que imitó el caballero, haciendo ambos un rápido intercambio de algo pequeño, ligero y plano. Comprobaron la mercancía. El caballero se carcajeó diabólicamente.

- Y con esta madera hago una carretera con la que, gracias a las otras cuatro que tengo, obtengo la carta de ruta comercial, más cuatro ciudades y tres poblados, y una iglesia que construyo, suman... ¡Diez puntos! ¡¡Gané!!


Sí, lo sé, soy una viciada al juego de mesa de Colonos de Catán, pero salió así sin más xD Y para el próximo viernes: "Persecución" ^^