sábado, 22 de marzo de 2014

Lunch was over

Me apetecía escribir pero no se me ocurría nada que me gustara, así que he cogido un libro al azar, una página al azar y he memorizado la primera frase que aparecía (Lunch was over). Luego me he ido a dar un par de vueltas, y a la vuelta se me ha ocurrido el siguiente relato:



Acabó de comer y con la mayor delicadeza pasó la servilleta de lino por sus labios carmesí. La dispuso sobre la mesa en un ángulo perfectamente alineado con los cubiertos.

- Espero que te haya gustado la cena, mi amor. – dijo con una voz sensual y cálida mientras alzaba una mirada fría y azul a su acompañante. – Oh, vaya, veo que no has tocado el entrecôte. ¿Tu madre no te enseñó que no se debe dejar comida en el plato? Niño malo…

Sonrió de forma traviesa y sin hacer el menor ruido, se alzó de la silla y recogió la mesa. Cuando volvió de la cocina traía una bandeja con dos tazas minúsculas y una tetera humeante. Repartió las tazas posándolas sobre sus correspondientes platitos y sirvió el té. Ocupó una silla más cercana al hombre y tras darle un pequeño sorbo a la infusión, le miró con inocencia. Acarició su mano, que reposaba sobre la mesa.

- Cariño, tenemos que hablar – suspiró teatralmente y continuó-. Esto no puede seguir. Me voy. No, no me rechistes, sé que eres tú el que me quiere dejar desde hace algún tiempo, pero ya… Sencillamente… No eres el hombre que conocí. Pensaba que podía contar contigo, que iba a estar segura contigo, que sabrías cuidar de mí como yo iba a cuidar de ti, de los hijos que nunca tendremos, de la casa que nunca me compraste. Y antes de que me dejes tú, prefiero hacerlo yo. Además, he conocido a otra persona, es también empresario, y tiene una casa mucho mejor que esta… Casita donde malvives.

Miró a su alrededor y volvió a suspirar. Tomó otro sorbo y le observó. Él le devolvió una mirada desesperada y suplicante, pero antes de que pudiera articular palabra, ella volvió a levantarse de su asiento para limpiar la mesa, dejando tan sólo la tetera. Fregó a conciencia mientras escuchaba patalear al hombre.

- No te pongas así, sabes que esto llegaría. ¿O acaso te molesta que rompa yo? No es de mi estilo, pero es que me han hecho taaaanto daño… Mi padre me abandonó, luego abusaron de mí en el colegio, siempre he sido taaaan desgraciada… Que creo que ha llegado el momento de que yo sea feliz. Tengo que pensar en mí ya que tú no lo has hecho. No has sabido cómo tratar y cuidar a una señorita como yo. Tan sólo espero que puedas perdonarme como yo te perdono que hayas querido dejarme.

Se aproximó a la silla que ocupaba él, y comenzó a masajearle la espalda, mientras le susurraba los recuerdos de cómo se conocieron y de lo felices que habían sido al principio, y pronto la sonrisa pasó a ser una mueca de pena, mientras empezaban a brotar las lágrimas de ambos al mencionar lo que pudo haber sido y nunca sería.

Cuando él dejó de patalear, ella se incorporó, se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y con cuidado de no pisar el charco de té caliente y sangre que se estaba formando bajo la silla de su amado, volvió a la cocina, fregó la tetera y salió por la puerta trasera.

Línea 149

No sé qué me llamó la atención de ti, quizás en un primer momento el darme cuenta de que coincidíamos en nuestra rutina buseril en direcciones opuestas. De lunes a viernes a la misma hora en el mismo autobús, tú para ir a trabajar, yo para volver a casa.

Curiosa imaginación que rellena los vacíos de información. Eras profesor porque llevabas chaqueta con coderas y numerosos libros de 6º, y esas gafas de pasta que sólo usabas para leer. Y eras además profesor nativo, porque eras demasiado rubio y pálido para ser español, porque ningún profesor español que yo conociera llevaba media melena, y porque aunque no te había oído hablar nunca, si leías alguna novela siempre era en inglés.

Y los modales. Te sentabas siempre en la ventana, en la marcha contraria al autobús porque como cabía esperar, había menos posibilidades de que alguien se sentara a tu lado. Pero cuando lo hacían, yo notaba tu mueca de disconformidad. Y tú, con una sonrisa falsa, apartabas tus libros para que pudieran sentarse, y te recogías y apretujabas contra el cristal intentando ni rozar a tu acompañante. Como sólo un inglés lo hace en el metro.

Los viajes en bus te aburrían, conforme entrabas te faltaba tiempo para sentarte y ponerte a leer o corregir los últimos ejercicios, y más de una vez casi te pasaste la parada por querer terminarlo a tiempo. Casi nunca mirabas por la ventana, ni siquiera cuando sucedía algo que llamara la atención de todo el mundo, como los accidentes de tráfico. Pero te inquietabas cuando había atasco, supongo que irías con el tiempo justo. Entonces te removías en tu asiento, mirabas por la ventana y no te concentrabas en tu lectura.


Bajabas en la parada del Colegio, cuatro antes que la mía. No recuerdo el nombre del colegio, pero reafirmaba mi idea de profesor, aunque nunca te había visto entrar. Te apeabas del autobús y cruzabas la calle por detrás del autocar, con lo cual te perdía de mi ángulo de visión.

Y de la noche a la mañana desapareciste, ya no volví a coincidir contigo en el autocar. Al principio pensé que era porque te habían cambiado el horario, luego caí en la cuenta de que era verano, época de vacaciones. Te esperé en septiembre, pero no apareciste. Me resigné pensando que habrías vuelto a tu país.

Curiosa manera de funcionar tiene la memoria. De esto hace ya un par de años y aún pienso en ti cuando miro el asiento que solías ocupar. No hablamos nunca (jamás oí tu voz), nunca nos llegamos a intercambiar ni siquiera una mirada, nunca tuve mayor interés en ti que inventar quién eras y qué hacías en aquel bus. Y aún así, te recuerdo, y de vez en cuando me pregunto por dónde andarás. Fíjate qué cosas.

lunes, 17 de marzo de 2014

Fantasmas

Hola,
hace años que nos hemos vuelto a ver, y ya ves, hoy me ha dado por pensar en ti. Ya sabes lo nostálgica que soy, y acordarme de ti ha provocado un torrente de recuerdos, la mayoría muy agradables, otros bochornosos, ya sabrás a cuáles me refiero. Por eso me quedo con los buenos.

El primer recuerdo que tengo tuyo: salir del colegio y estar en tu casa. Se hicieron las tantas, ¿qué serían, las 10? Y al día siguiente teníamos clase. Y tú más preocupada por mí que mi madre que no llamaba para ver dónde estaba. Pero ella estaba despreocupada porque sabía que yo estaba contigo, ¿dónde iba a estar si no? Recuerdo lo bien que lo pasamos aquella tarde escuchando música y hablando en tu cuarto, y de ahí que pasara el tiempo tan rápido, como siempre sucedía cuando estábamos juntas.

Los siguientes recuerdos: nuestras fiestas con el resto de amigos, canciones de Garbage, The Cardigans... En tu casa de San Vicente, en casa de mi madre, el desfase, las risas, tus encerronas con el chico que me gustaba... Qué bien lo pasamos. Y los comentarios del día de después. Y las largas charlas sobre la persona que te gustaba y lo mal te trataba. Y las lecturas de libros de Lucía Etxeberría y nuestros comentarios al respecto. Puede ser que el colegio no fuera mi mejor época, pero fue de las mejores porque estabas allí.

Y el instituto, bueno, aquel primer curso fue para olvidar. Tú por fin te habías encontrado y yo toqué fondo, imagino que en parte perderte no ayudó, al igual que tampoco lo hizo mi parte bocazas plasmada en aquella carta. Al diablo con todo, lo hice y punto. ¿Lo jodí todo? Estoy segura de que sí. ¿Me arrepiento? Por supuesto. ¿Hubiera cambiado algo? Estoy segura de que no. Simplemente llegó el momento de que nuestros caminos se dividieran.

Y te preguntarás, ¿a qué santo viene esto ahora? No es que no me acuerde de ti, ¿cómo vas a olvidar a la persona con la que has tenido mayor confianza? Muchas veces pienso en lo que fuimos, y es que una amistad de esas que con sólo una mirada ya sabes lo que está pensando la otra persona, de esas que no hay vergüenza que sirva porque sabes que no va a haber crítica a lo que digas, es una amistad imposible de olvidar. Tampoco es difícil acordarse de ti estando en una ciudad tan pequeña como es Alicante. Mi familia te sigue viendo, pero al menos han parado de preguntar qué nos pasó. Dicen que te ven bien, quizá demasiado delgada, pero me cuentan que te ven feliz. Me alegro por ti.

Y esto viene a cuento quizás en parte porque es marzo y sigo acordándome de tu cumpleaños. Me pregunto si tú te acordaras del mío, si alguna vez te pondrás nostálgica como yo y te pondrás a rememorar nuestra preadolescencia. Y esto viene a cuento porque las comparaciones son odiosas, y cada amistad nueva que hago es imposible evitar compararla con la que tuvimos, y saber que no he vuelto a confiar tanto en alguien como lo hice contigo, ni creo que lo haga nunca más.

Y hoy me apetecía escribirlo porque aunque siga con la muralla levantada y la coraza puesta, hoy he conocido a una persona que me ha recordado mucho a ti, en los gestos, en algunas palabras y expresiones, pero sobre todo porque hacía tiempo que no coincidía en tantos aspectos, en tantas opiniones, como cuando estaba contigo. Lo de empezar una frase y saber cómo va a acabar, son cosas difíciles de olvidar y difícil que sucedan.

Pero me ha hecho acordarme de ti, ya ves tú qué tontería. Y pienso en lo bien que te caería, o al menos le caería a aquella persona que fuiste en el colegio. Y me pregunto qué pensarías si te contara que he cumplido mi sueño de vivir en Madrid, y me intriga saber si tú habrás cumplido los tuyos. Podría hacer el intento de reencontrarme contigo, pero a veces es mejor dejar las cosas como están. Ha pasado mucho tiempo, yo soy otra persona, y seguramente tú también, y desempolvar el pasado a veces no sale del todo bien. Así que sólo te deseo lo mejor, y ante todo, que seas tan feliz como lo soy yo.




Cuando se cierra una puerta, se abre una ventana

Gente, gente y más gente. Miradas que la observaban con pena, manos que le daban el pésame, y ella parada allí, inerte, vacía, anestesiada. Tan sólo habían transcurrido unas horas del sepelio de sus padres, y su casa se había llenado de desconocidos yendo y viniendo, hablando en susurros. Pensarían que no les veía señalarla mientras cuchicheaban. Poco le importaba en aquel momento, y continuó recibiendo condolencias.
- Vete a comer algo, Annie. -Le dijo su tío Adam.

Se acercó a la mesa donde habían dispuestos diferentes platos y tras observarlos, decidió que no tenía hambre. Miró a Adam organizando y saludando a todo el mundo. Decía que ella había pasado muchos veranos de pequeña en su casa en Oregón. No recordaba nada, era un completo desconocido, pero debía reconocer que se estaba preocupando por ella y que había supuesto un alivio tenerle para ocuparse de todo.

Deambuló por la planta de la casa, cruzándose con gente que no había visto nunca. ¿De verdad sus padres habían tenido tantos amigos? Dentro de la cocina unas mujeres trajeadas conversaban animadamente. Anne creyó oír el nombre de su madre, pero la conversación cesó cuando la joven hizo acto de presencia. Una de ellas le ofreció algo de comer, pero la muchacha rehusó el plato con educación y deshizo sus pasos para subir al segundo piso, lejos de cuchicheos, pésames, lástima y el murmullo que empezaba a resultarle molesto.

Todas las puertas estaban cerradas, cosa que detestaba su madre, amante de la luz, del verano y del calor. Fue abriéndolas una por una. Primero la de su cuarto, donde había dormido hasta que se mudó a la universidad. Un espacio amplio, con pocos muebles, pero con peluches, libros, trastos y cachivaches por doquier. Sus padres habían mantenido su dormitorio impecable, y no habían cambiado nada desde su marcha, quizás esperando que, una vez finalizada la carrera, volvería con ellos. Y en el fondo, muy en el fondo, ella también lo quería así.

Luego fue hacia el dormitorio de sus padres. Al coger el pomo, miles de recuerdos le vinieron a la mente, y volvió a ser una niña de cinco años que en mitad de la noche corre a la cama de sus padres por culpa de alguna pesadilla. Al abrir la puerta supo distinguir el perfume de su madre. Usaba el mismo desde donde le llegaba la memoria, y a pesar de que le disgustaba ese olor entre ácido y empalagoso, ahora tan sólo era un recuerdo agradable. Vio las corbatas de su padre, perfectamente colgadas de una percha, dispuestas para un uso que ya no tendría lugar. Y en una silla, su chaqueta de diario, de color azul marino. Pasó su mano por la hombrera y la aspereza del tacto le hizo pensar en cuánto le pinchaba la barba y el bigote de su padre cuando le daba el beso de buenas noches.

Corrió las cortinas y observó con alivio cómo algunos invitados se marchaban. Se sobresaltó al oír unos toques en la puerta.
- Así que ésta es tu casa. -Dijo Sharon inspeccionando el cuarto desde el umbral.

Sharon se quedó observando, esperando quizás el permiso para entrar. Pero Anne se limitó a sentarse en el alféizar de la ventana. Para Sharon era imposible no rememorar el entierro de su madre en un día como aquel, pero mientras que ella tuvo a su padre, Anne no tenía a nadie. Un tío que había surgido de la nada, y su compañera de universidad. Así que no podía recriminarle que hubiera pasado de ser la inquieta, vivaz y parlanchina Anne a ser un ente sin vida. Mantenía su cara angelical pero sus ojos habían perdido el brillo y la sonrisa que siempre vestía había desaparecido. ¿Cómo sacarla de aquella burbuja? Tenía que darle tiempo, tiempo para asimilar lo sucedido, tiempo para recomponerse. Y cuando pasara ese tiempo, entonces le diría la verdad, una pesada carga que perseguía a Sharon incluso en sueños.
- ¿Has conseguido averiguar por qué lo hizo Sandy? - Dijo Anne con un hilo de voz.

Sharon se sobresaltó al oír ese nombre, fue como si Anne le hubiera leído la mente. Sharon la evitó y negó con la cabeza. No era el momento para la verdad.