lunes, 31 de agosto de 2015

Cállate - Inacabado



-          Cállate, no empieces. Es muy temprano.

-          ¿Serás perezosa? Eres una vaga que no mueve un dedo por nada ni por nadie. Aunque mejor así, porque cuando haces algo, siempre acabas jodiéndolo.

-          Pero no es mi intención.

-          La única intención es meterte donde no te llaman. Como cuando se pelearon Bree y mamá, ¿recuerdas? ¿Recuerdas que se fue después de que intentaras reconciliarlas? Aunque es lo mejor. Cuanto más lejos de ti, mejor. Hasta lo más sencillo lo jodes. Hizo bien en irse, en alejarse de ti.

-          Cállate…

-          Para una persona que se preocupa por ti y has hecho no sólo que se vaya de casa, sino de la ciudad. Se ha cansado de luchar tus batallas, porque eres vaga hasta para eso, que otros tienen que preocuparse por tus problemas y solucionarlos por ti.

-          ¡Cállate!

-          ¡Ah! La verdad duele, ¿no es así? ¿Y qué me harás? ¿Qué harás ahora? ¿Encerrarte como siempre en tu habitación? ¿Llorar diciendo lo desgraciada que eres? ¿O de nuevo dejarás de comer? Ya puedes dejar de comer todo lo que quieras, gorda, que no vas a adelgazar. Total, si luego a los dos días te zamparás cinco bollos y vuelta a empezar, anclada en el baño.

-          Cállate... Por favor...

-          Hoy toca lloros, vaya novedad… Sí, mírate bien, no vas a cambiar jamás, nunca serás perfecta, nunca estarás suficientemente delgada, nunca serás como esas chicas que lo tienen todo. Por mucho que me calle eso no va a hacer que la verdad desaparezca. Podrás mentir y engañar al resto, pero a mí no. Dices que no quieres que se preocupen por ti pero todo lo que haces es para llamar la atención. Y hasta para eso eres una inútil, nadie te hace caso porque en realidad no le importas a nadie. ¿Quién va a querer a un bicho raro? ¿Crees que le importaría a alguien si no hubieses existido? ¿Si desaparecieras? ¿Crees que hay alguien que se interese por ti? Hasta tu propia hermana se ha cansado de ti. ¿Hace cuánto no responde a tus correos? Y cuando lo hace, ¿te has dado cuenta cómo te responde de breve? Lo mejor que podrías hacer es dejarla en paz. ¿Y qué decir de papá y de mamá? “No te esperábamos, fue por accidente”, “tanto psicólogo, ¿para qué?”, es lo que dijeron, ¿te acuerdas? Estás arruinándoles con tus estúpidas tonterías. Mamá nunca te quiso, te tuvo porque sí, porque seguro que papá la convenció. Ella fingía preocuparse por ti, está mal visto que no lo haga, ¿pero hace cuánto no revisa cada noche tu cuarto? Se ha cansado también, agotas la paciencia de todos, para eso sí que sirves. Llora todo lo que quieras, no te vas a sentir mejor. Sólo mereces sufrir, por egoísta y mala persona. Sólo piensas en ti y no te importa nadie, sabes que lo mejor que puedes hacer es morirte y dejarlos vivir en paz, como antes de que nacieras. Si no te gusta esta vida, no amargues la del resto. Desaparece. Ya sabes dónde está la cuchilla, ¿te atreverás esta vez? No me mires así, eres una puta cobarde, no tienes valor ni para quitarte de en medio. Pero tiempo al tiempo, si no te atreves acabarás sola, y a fin de cuentas, eso es como estar muerta. Ya lo verás.

El puño impactó contra el espejo, cayendo pequeños cristales tintados de rojo sobre el lavabo. Ella también cayó.

domingo, 23 de agosto de 2015

Amor es sólo una palabra

Amor, love, amour, amore... Distintos idiomas para definir algo que no se puede definir. Algo que no existe. El amor es sólo eso que definimos porque aspiramos a alcanzarlo algún día. Si miramos alrededor, la pareja perfecta es la que más problemas tiene. Luego están los que tienen problemas y se encargan de que el resto nos demos por enterados. Si prestamos atención, sólo existen mentiras. Envidias, celos, cuernos, un sinfín de palabras que sabemos que existen, que sólo pasamos por alto cuando no nos pasa a nosotros, somos así de egoístas. Pero todo se reduce a eso: mentiras. Sentimientos que nos callamos, secretos nunca revelados. Nos mordemos la lengua, miramos hacia otro lado, nos encendemos un pitillo y en lugar de palabras sólo expulsamos humo que las hace evaporarse. O eso creemos. Porque las palabras son residuales, siempre queda algo ahí, en algún lugar recóndito. Puedes ser la persona menos rencorosa pero cuando menos te lo esperes, ahí está, eso que nunca dijiste, eso que no querías y no quieres decir. Sale sin más, sin poder hacer nada excepto arrepentirte cuando lo sueltas. El amor es mentira, es hipocresía, es arrepentirse de pensar como pensamos, de ser como somos.
 
Pero la sinceridad total y absoluta tampoco es buena. Siempre suena peor de lo que sonaba en tu cabeza, siempre la otra persona se lo toma como un ataque sin piedad, sin compasión. Es un momento en el que una persona abre su mente y sus pensamientos más sinceros y la otra los recibe como una ofensa. La sinceridad también es nociva. Así que ¿dónde está el equilibrio? Tampoco existe.
 
Esa idea que los cuentos, las series, las canciones, las películas nos meten en la cabeza sobre el amor, son todo falacias. Esa pareja de ancianos que aún se cogen de la mano, ¿es posible que sientan lo mismo que sentían cuando llevaban un año saliendo tan sólo? Seguro que no. Ahora se hacen compañía, se comprenden mutuamente, no imaginan su vida sin el otro. ¿Eso es amor? No, es la dependencia que generan los años. Seguro que si les diéramos el suero de la verdad se descubrirían cosas que jamás se han contado y que jamás hubiéramos imaginado en una pareja de "ese estilo". No nos engañemos, el amor perfecto, idílico, no existe. Cada pareja tiene sus fantasmas, sus telarañas, la mierda oculta bajo la alfombra. Las películas ni se aproximan a representar todo eso, porque cada cual tenemos nuestro cajón desastre, del cual mostramos lo que dejamos y lo que queremos que vean el resto. Si engañamos a nuestros padres, a nuestros familiares, a nuestros amigos, ¿cómo no vamos a engañar, u ocultar, a quien decimos amar?
 
Porque luego están los que dicen "yo no miento, sólo no lo digo todo". ¿Acaso ocultar una verdad es menos delito que mentir? No lo creo. Es hipocresía. Quieres convencerte de que eres mejor persona que uno que miente, pero en realidad eres igual, o peor. Porque te engañas a ti mismo y engañas al resto. Ocultar esa parte de ti que no quieres dar a conocer, por miedo al rechazo, a la crítica, por miedo a hacer daño... Tonterías, toda una sarta de gilipolleces. Esa parte que ocultas, que no cuentas porque no quieres mentir, es parte de ti, de tu personalidad, es una parte que te hace ser como eres. Y si eso lo ocultas a la persona a la que amas, no le estás mostrando como eres. No eres tú, eres una obra de ficción que sólo cuenta una parte del todo que conformas. Lo cual me lleva a pensar ¿de qué nos enamoramos? De una ficción. De una mentira. Ocultar no deja de ser mentir, engañar.
 
Somos mentiras que nos enamoramos de otras mentiras pensando que seremos el falso amor perfecto. Y lo creemos. Si no lo creyéramos, ¿la gente tendría citas? ¿Se casarían? ¿Querría formar una familia? Las novelas, la televisión, la música, el cine, nos lo endulzan con palabras como destino, alma gemela, amor de mi vida, que no dejan de ser el lazo de raso a un paquete bien envuelto pero que está vacío. Pero pensando en frío, si el destino existiera, no importarían nuestras decisiones. Si nuestra alma gemela existiera, ¿cuánta suerte tendrías que tener para encontrarla en toda la Tierra? ¿Cuántas veces no hemos pensado que esta o aquella persona es el amor de nuestra vida, y luego pasado el tiempo, nos hemos dado cuenta de que estábamos equivocados?
 
Pero somos luchadores. Tropezamos, nos equivocamos, mentimos y nos perdonan, seguimos adelante. ¿Por qué? Porque sienta bien. Sienta bien saber que puedes contar con otra persona, que tienes a alguien a quien cuidar, a quien proteger, y sentirnos protegidos y seguros al mismo tiempo. Alguien que a pesar de los fallos que te ves, sigue contigo. Manías, tics, hobbies, familiares insoportables... Todo eso lo aguantáis recíprocamente. Porque sienta bien reírse hasta que te salen agujetas, acurrucarse en cualquier sitio, los besos pasionales y fugaces sin previo aviso, las caricias que nadie ve, el cruce en la distancia de miradas cómplices en un sitio abarrotado de gente, la seguridad de despertarse cada mañana al lado de la persona que te hace sentir mariposas en el estómago y puebla tus sueños en la cabeza. Alguien con quien hacer planes imaginando tener todo el futuro por delante. Alguien con quien compartir preocupaciones, facturas, resfriados. Sienta bien el sexo en cualquier momento, pero mejor el momento de después. Sienta bien esa nostalgia dulce cuando recordamos cómo se te escapó un trozo de ti cuando esa persona desapareció de tu vida, esa persona que te cambió, que te hizo ver el mundo de una manera distinta, a veces mejor, a veces peor, pero distinta. Y por tanto, aprendemos algo nuevo, esa persona nos hizo ampliar nuestra visión, nos hizo ver en qué estábamos equivocados, que a veces no todo es o blanco o negro. Y si encontramos a una así, ¿por qué no íbamos a encontrar a otra?
 
De eso se aprovechan el cine, la música y la literatura, de empatizar con esa pequeña parte soñadora nuestra, la que mantiene la esperanza de que volveremos a sentir todo eso que sienta tan de puta madre. Puedes estar deprimido porque la que tú pensabas como la persona definitiva, se ha largado con otr@, o no ha resultado ser como pensabas en un principio, o habéis cambiado tanto que no os reconocéis mutuamente. La ficción se aprovecha de que, aún doloridos, sabemos que volveremos a caer en eso, aquello que buscamos y que definitivamente no existe. Pero será porque no hemos buscado lo suficiente.

miércoles, 19 de agosto de 2015

De camino

Se colocó los cascos conectados a la música del móvil, entró al vagón de metro, buscó un asiento desocupado y lo encontró junto a aquella mujer de tez amarillenta. Las arrugas habían conquistado su rostro, que ni a pesar del tenso moño canoso conseguiría jamás volver a ser como la piel de un melocotón. Cuando se sentó, de reojo vio su vestimenta, un vestido negro muy recatado, con apenas unos pequeños volantes en los puños. "Parece sacada de La Casa De Bernarda Alba", pensó. De su bolso extrajo el libro electrónico y fue absorbida por la lectura mientras las estaciones iban pasando. Al llegar a Tribunal, alguien le dio unos toquecitos en el hombro. Bajó sus cascos al cuello volviéndose hacia el que interrumpía, un extranjero fornido de unos cuarenta años, de pelo blanco y semblante severo, que apretaba los labios y la miraba impaciente esperando algo. Ella le preguntó con la mirada qué necesitaba. Él, con acento no supo si ruso o alemán, le pidió permiso para sentarse. Se levantó de un brinco. Palidecía y de pronto temblaba. Se negó a volver la vista allá donde estaba la anciana, se quedó de pie junto a la puerta, y cuando se hubo convencido de que todo era fruto de su imaginación, tomó aire y colocándose los cascos, se preparó para salir en la siguiente estación. Cuando sus ojos se alzaron hacia el cristal, la vio. Con un sobresalto dio un paso hacia atrás. La anciana del reflejo también se apartó. Se tocó la cara. Con una mezcla de miedo y tristeza injustificada, continuó mirándose en el reflejo. La anciana desapareció ante las luces amarillentas de la estación. El auténtico terror le caló cuando se hizo la pregunta correcta: ¿por quién guardaba luto?

martes, 11 de agosto de 2015

El paquete reversionado - final 2

John observaba a la muchacha a distancia. La lluvia caía como siempre hacia abajo, fina y constante, sin principio perceptible ni fin a corto plazo. Era una lluvia débil, nada que ver con aquellos diluvios amazónicos donde todo es frescor. Esta lluvia era la de aquí, igual de gris que la Torre que se veía desde la gran cristalera de la cafetería, y desde aquella barra también gris que no había manera de limpiar. Siempre grasienta, siempre resbaladiza. Como los adoquines de la calle cuando John terminó su turno, obligado a patinar sobre ellos hasta la parada del autobús en el otro lado del puente. Andaba lento pero seguro, las superficies de los ladrillos parecían piedras de río entre las que corría el agua, piedras negras, redondas y lisas con espacio suficiente para hacerse un esguince de tobillo, o peor. John se caló su gorro y subió la cremallera de la gabardina al máximo, cubriendo la boca. El agua entre los adoquines era como la lluvia, parecía desplazarse muy lenta, cuesta abajo hasta dar al río, que por fin había subido un poco el nivel. Pero seguía siendo el de siempre, una masa desplazable de barro en movimiento constante. La lluvia seguía cayendo de una nube que cubría toda la ciudad y que hacía las veces de parasol y de aspersor. Y entre tanto tono apagado, el confeti de impermeables de turistas, armados con móviles y cámaras aparatosas. Y una chica de cabellos empapados sentada en un banco junto al árbol.

No hacía fotos, no se cubría con plástico llamativo, ni tenía un paraguas, y no miraba el río, ni el puente ni la Torre. Sobre su regazo había una caja envuelta, que acariciaba como si fuera una mascota. La mirada verde veía a través de algo mientras las gotas caían por el rostro y las ondas rubias. La barbilla le temblaba de frío. John tenía que cruzar por detrás y con el paso tan lento, pudo observarla mejor. Agarraba la caja con los nudillos blanquecinos y las puntas de los dedos rojas. Su rostro pecoso de mejillas marcadas indicaba que no debía de pasar la veintena, como él. Pasaba bastante frío a saber por el temblor de hombros. Vestía con un abrigo de paño que dejaba ver unas piernas felinas. Calzaba unos tacones que le hizo pensar en tobillos rotos, o peor. Entre las charlas extranjeras que no comprendía, John la escuchó hacer un ronroneo extraño. Curioso, la observó más de cerca, por su espalda. No tenía frío, lloraba. Llevado por no sabía qué, se atrevió a acercarse a ella:
- ¿Necesitas ayuda?

Ella se sobresaltó, le miró entrecerrando los ojos y abrazó el paquete contra su estómago. Le ignoró, miró un instante el río, se acercó a la valla que separaba el paseo de la ribera, y se equilibró sobre ella. John no sabía si avisar a un policía o por el contrario evitar que la vieran. Daño no se iba a hacer pero por si acaso se puso a su lado. El paquete voló por encima de la verja y aterrizó sobre el río, en el que se fue hundiendo a lo largo de la corriente, dejando un rastro de círculos concéntricos y burbujas espesas. Cuando se volvió hacia la chica, ésta se alejaba hacia el puente, en la dirección que él tenía que tomar.
- Es de mala educación no responder cuando te ofrecen ayuda.- Le gritó unos metros por atrás.

Ella se giró sobre sus tacones con una facilidad como si estuviera flotando, y con los ojos hinchados pero aún fieros, le bufó:
- Es de mala educación meterse en los asuntos de otros.

Y con la misma soltura se volteó para alejarse de él, adentrándose en la oscuridad bajo el puente. Cuando John llegó a la fuente de los delfines, en el otro lado de la estructura, no la vio más. Deambuló por la zona en vano. Era como si se hubiera evaporado, o quizá se había escondido de él. De camino a la parada del autobús se percató de que no llovía, y las charlas indescifrables de extranjeros habían dado paso al tráfico ruidoso, y unas sirenas que le ensordecieron a su paso.

Al día siguiente vio una noticia que le llamó la atención. “Dos días después del robo de las joyas, se ha visto a la sospechosa en las proximidades del lugar de los hechos. La policía sigue investigando.” En la televisión echaban las imágenes grabadas por las cámaras de protección ciudadana. Reconoció su propia gabardina de espaldas, aproximándose al banco como quien se dispone a cazar un animal salvaje. Estaba sorprendido y excitado a partes iguales, pensó en la admiración que levantaría al contar la anécdota a sus amigos. En el televisor las imágenes se sucedían una y otra vez, en un ovillo de lana sin principio ni fin. Se dio cuenta que ella no había escogido un banco al azar, sino el único tapado por un árbol. Justo en ese momento, alguien llamó al timbre. Descolgó el telefonillo. Era la policía. Subieron hasta su piso y John, sin saber muy bien qué hacer, no puso impedimentos en acompañarles cuando se lo pidieron con educación.

En la comisaría estuvieron preguntando e insistiendo de qué conocía a la chica, alegaban que sólo querían encontrarla para hablar con ella, pues era una sospechosa más, igual que él. ¿Él, sospechoso? Pero si no pintaba nada. Mantuvo la calma como solía hacer en situaciones de estrés, y reflexionó en silencio mientras los dos agentes esperaban, no sabía muy bien a qué, quizás a que él declarara que eran amantes y que se habían compinchado en el robo. Se rió para sus adentros y pensó en el dinero que hubiera conseguido de no permitir que la caja se hundiera. Pero no mencionó nada del paquete, en las imágenes no se veía qué hacían pegados a la valla, parecían mirar el río sin más. ¿Y acaso iban a creer que unas joyas de incalculable valor habían desaparecido en el Támesis? Ni de coña. 
- Señores, yo sólo quería ligar con ella, aprovecharme de que estaba llorando para consolarla, y lo que surgiera. -Mintió con todo el descaro que le había enseñado la experiencia.

Tras un par de horas donde los policías fueron presionando cada vez más, sólo sacaron en claro que él no sabía nada del robo, y lo dejaron marcharse. A pesar de salir sin cargos y en libertad, no se sentía cómodo mientras andaba hasta el metro. Se sentía observado, quizá no tenía que haber mentido, quizá tenía que haberles dicho lo del paquete. Luego pensó en lo inverosímil que parecería su historia, y el remordimiento desapareció. Se bajó del metro, llovía a cántaros y él iba sin nada para cubrirse. Subió hasta la casa a toda prisa y tan pronto entró, comenzó a quitarse la ropa empapada. Un perfume no habitual en su piso lo llevó hasta el salón. Reconoció aquella silueta minina acurrucada en su sofá. Los ojos verdes rasgados se giraron y le miraron.

- ¿Quieres ayudarme ahora?

El Paquete reversionado - final 1

John observaba a la muchacha a distancia. La lluvia caía como siempre hacia abajo, fina y constante, sin principio perceptible ni fin a corto plazo. Era una lluvia débil, nada que ver con aquellos diluvios amazónicos donde todo es frescor. Esta lluvia era la de aquí, igual de gris que la Torre que se veía desde la gran cristalera de la cafetería, y desde aquella barra también gris que no había manera de limpiar. Siempre grasienta, siempre resbaladiza. Como los adoquines de la calle cuando John terminó su turno, obligado a patinar sobre ellos hasta la parada del autobús en el otro lado del puente. Andaba lento pero seguro, las superficies de los ladrillos parecían piedras de río entre las que corría el agua, piedras negras, redondas y lisas con espacio suficiente para hacerse un esguince de tobillo, o peor. John se caló su gorro y subió la cremallera de la gabardina al máximo, cubriendo la boca. El agua entre los adoquines era como la lluvia, parecía desplazarse muy lenta, cuesta abajo hasta dar al río, que por fin había subido un poco el nivel. Pero seguía siendo el de siempre, una masa desplazable de barro en movimiento constante. La lluvia seguía cayendo de una nube que cubría toda la ciudad y que hacía las veces de parasol y de aspersor. Y entre tanto tono apagado, el confeti de impermeables de turistas, armados con móviles y cámaras aparatosas. Y una chica de cabellos empapados sentada en un banco junto al árbol.

No hacía fotos, no se cubría con plástico llamativo, ni tenía un paraguas, y no miraba el río, ni el puente ni la Torre. Sobre su regazo había una caja envuelta, que acariciaba como si fuera una mascota. La mirada verde veía a través de algo mientras las gotas caían por el rostro y las ondas rubias. La barbilla le temblaba de frío. John tenía que cruzar por detrás y con el paso tan lento, pudo observarla mejor. Agarraba la caja con los nudillos blanquecinos y las puntas de los dedos rojas. Su rostro pecoso de mejillas marcadas indicaba que no debía de pasar la veintena, como él. Debía de estar pasando bastante frío a saber por el temblor de hombros. Vestía con un abrigo de paño que dejaba ver unas piernas felinas. Calzaba unos tacones que le hizo pensar en tobillos rotos, o peor. Entre las charlas extranjeras que no comprendía, John la escuchó hacer un ronroneo extraño. Curioso, la observó más de cerca, por su espalda. No tenía frío, lloraba. Llevado por no sabía qué, se atrevió a acercarse a ella:
                - ¿Necesitas ayuda?

Ella se sobresaltó, le miró entrecerrando los ojos y abrazó el paquete contra su estómago. Le ignoró, miró un instante el río, se acercó a la valla que separaba el paseo de la ribera, y se equilibró sobre ella. John no sabía si avisar a un policía o por el contrario evitar que la vieran. Daño no se iba a hacer pero por si acaso se puso a su lado. El paquete voló por encima de la verja y aterrizó sobre el río, en el que se fue hundiendo a lo largo de la corriente, dejando un rastro de círculos concéntricos y burbujas espesas. Cuando se volvió hacia la chica, ésta se alejaba hacia el puente, en la dirección que él tenía que tomar.
                - Es de mala educación no responder cuando te ofrecen ayuda.- Le gritó unos metros por atrás.
Ella se giró sobre sus tacones con una facilidad como si estuviera sobre patines de ruedas, y con los ojos hinchados pero aún fieros, le bufó:
                - Es de mala educación meterse en los asuntos de otros.

Y con la misma soltura se volteó para alejarse de él, adentrándose en la oscuridad bajo el puente. Cuando John llegó a la fuente de los delfines, en el otro lado del puente, no la vio más. Deambuló por la zona en vano. Era como si se hubiera evaporado, o quizá se había escondido de él. De camino a la parada del autobús se percató de que no llovía, y las charlas indescifrables de extranjeros habían dado paso al tráfico ruidoso, y unas sirenas que le ensordecieron a su paso.

Al día siguiente vio una noticia que le llamó la atención. “Dos días después del robo de las joyas, se ha visto a la sospechosa en las proximidades del lugar de los hechos. La policía sigue investigando.” En la televisión echaban las imágenes grabadas por las cámaras de protección ciudadana. Reconoció su propia gabardina de espaldas, aproximándose al banco como quien se dispone a cazar un animal salvaje. Estaba sorprendido y excitado a partes iguales, pensó en la admiración que levantaría al contar la anécdota a sus amigos. En el televisor las imágenes se sucedían una y otra vez, en un ovillo de lana sin cabo ni fin. Se dio cuenta que ella no había escogido un banco al azar, sino el único tapado por un árbol. Justo en ese momento, alguien llamó al timbre, y todo se aceleró. Era la policía. Antes de que pudiera abrir la puerta, una figura felina se coló al salón por el patio interior.

                - ¿Quieres ayudarme ahora?
                                                                                                         ---------------------------------------------------------------------------------------------

Raymond Queneau


Raymond Queneau

"(El Havre, Francia, 1903 - París, 1976) Escritor y matemático francés. Hijo único de familia católica, su vocación literaria, que inquietaba a sus padres, fue precoz y constante. Escribió gran cantidad de poemas, muchos de los cuales rompió, y desde su juventud manifestó una avidez de lectura que no cesó nunca." Raymond Queneau. Biografías y Vidas

"El título que más eco y ventas ha tenido en España es 'Ejercicios de estilo', de 1949, que publicó Cátedra en 1987 en una excelente traducción y traslación de Antonio Fernández Ferrer. La idea de este libro se le ocurrió a Queneau tras escuchar El arte de la fuga de Bach, una técnica musical que quiso trasladar a la literatura. Su propósito es, por lo tanto, construir una obra a partir de las variaciones sobre un tema nimio. El escritor se sirve de una anécdota mínima (alguien va a la parada y toma el autobús) para recrear ese suceso de 99 maneras distintas, contarlo a la manera de, en unos ejercicios de estilo, donde además del dominio técnico es fundamental el ingenio, la imaginación, la habilidad y el humor que, en el caso de Queneau, es marca de la casa." Ejercicios de estilo. Cultura, El Mundo. 2014

Así que cuando en clase nos propusieron hacer algo del estilo, nunca mejor dicho, ahí fui yo con toda mi buena fe y mis ideas. El texto del que partí, uno de esos 99, es éste:

RELATO
Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre.

Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.


Esto es lo que me salió:

WHATSAPP




PREPOSICIONES

A ese hombre le vio esta mañana
Ante la parada de autobús
Bajo la que había una S
Con él me subí y empezó a enfrentarse
Contra un señor que le pisaba
De forma deliberada, pero
Desde que hubo un sitio
En la parte de atrás, se apartó
Entre la gente y corrió
Hacia el asiento
Hasta que me bajé
Para luego encontrármelo aquí,
Por Saint Lazare, y
Según parece, sigue discutiendo
Sin duda, le gusta discutir, y ahora
Sobre la altura de los botones de su abrigo
Tras lo que él y su amigo se metieron en una sastrería


YODA

Recordarle él podría. En lugar de cinta, un sombrero con cordel difícil de olvidar es, tan largo con su cuello más la atención llamaba. A otro viajero los gritos por pisarle los pies olvidar nunca podría. Pero para sentarse rápido corrió tan pronto como libre asiento vio. Persona maleducada no lejos llegaría, pero discutiendo en la estación se lo encontró. Del abrigo le tiraba el amigo, las manos él le quitaba. Sobre botones discutían los dos.


AUTOPSIA (ok, aquí me he inventado más historia xD)

Hospital Du Perray, París. Miércoles, 22 noviembre 2014. 22:30.

Hombre caucásico de 28 años de edad. 1,70 m. de alto y 71 kg. de peso se encuentra en decúbito dorsal sobre la mesa de autopsia. Encontrado en un callejón detrás de la estación Saint Lazare. Los vaqueros y la americana no parecen haber sido rasgados ni forzados.

El informe de laboratorio descarta cualquier posibilidad de alcohol y estupefacientes. No fumador y sin enfermedades ni infecciones. El individuo presenta cianosis y equimosis puntiformes en el rostro, congestión de los pulmones y manchas de Tardieu. En las superficies laterales del cuello pueden encontrarse equimosis redondeadas y estigmas ungueales pre-mortem debidos a una presión de dedos ejercida sobre la zona cervical. Asimismo se observan equimosis retrolaringeas y pequeñas fracturas del aparato laringeo. A saber por la dirección inclinada de las marcas se trata de un agresor de menor altura. Se han encontrado restos de ADN bajo las uñas de la víctima.

Laboratorio confirma que el agresor es un varón de la misma edad, visto en huida de la escena del crimen. Vestía un sombrero de copa y un abrigo largo que coincide con el modelo de botón encontrado en la escena del crimen. También se han hallado fibras de cordón. El sospechoso no está fichado. La víctima llevaba toda la documentación encima, las tarjetas intactas y dinero en efectivo. Tampoco se han encontrado huellas en la cartera, por lo que se descarta el robo como móvil. Testimonios de los viandantes confirman haber presenciado una discusión entre la víctima y el sospechoso sobre el abrigo que éste vestía.

Causa de la muerte: anoxia de ventilación por compresión del conducto aéreo contra el plano pervertebral.
Hora aproximada de la muerte: alrededor de las 17 horas. 

sábado, 8 de agosto de 2015

Sheryl (Inacabado)

…cuando ocurrió aquel accidente

Ha pasado mucho tiempo pero es un recuerdo que revivo como si fuera hace cinco minutos. El sol de última hora de la tarde entraba por las ventanas de clase, parecía iluminar más que los fluorescentes que colgaban del techo. El sopor del calor y de la voz mecánica y monótona de la Sra. Giggles creaba un ambiente cargado en el aula, acentuado por ser además la última clase de la semana: matemáticas avanzadas, donde tenía a mi profesora favorita y su presencia tan motivadora para estudiar matemáticas. ¿Por qué no me metí a letras? Nunca entendí qué me llevó a escoger ciencias. Mis compañeros y yo estábamos sentados cada uno en su pupitre, con hombros caídos, cabezas gachas o bien sostenidas por nuestras manos. De vez en cuando alguno miraba la pizarra, pero volvía a dirigir la mirada a su libro. Yo me removía en el asiento, aquellas sillas de conglomerado, tiesas y planas incomodaban a los cinco minutos de sentarse.

Intentaba mantener los párpados levantados, pero el sol que surgía por el costado izquierdo me impedía enfocar la vista y mi mente fantaseaba con playas y palmeras. Cambié de postura a cada instante para evitar la luz directa. Me entretuve estudiando la persiana, bajada hasta la altura de mi hombro, el tubo cuadrado de plástico que servía para la inclinación de las tablillas, y la cuerda doble para bajarlas. Observé a la profesora, quien hablaba de forma autómata. Movía los labios pero yo sólo escuchaba “bla bla bla”. Ella tampoco es que nos hiciera mucho caso, siempre miraba hacia la pared del fondo, volviéndose de vez en cuando para anotar alguna fórmula importante en el encerado. Una de esas veces aproveché para estirar el brazo hasta la cuerda y tensarla con cuidado, de tal manera que la persiana descendió en silencio. Suspiré de alivio y miré hacia la derecha con sonrisa satisfactoria como el espía que acaba de realizar una misión peligrosa, pero allí donde se sentaba mi mejor amiga Sheryl, la loca y extrovertida Sheryl, hoy no había nadie. Saqué el móvil y, escondido bajo la mesa, comprobé si había respuesta al mensaje que le había escrito a primera hora de la mañana preguntándole dónde estaba y lo aburrida que me sentía sin sus comentarios suspicaces.

Sheryl era así, un desastre con patas, de las que no se cortan ante nada ni ante nadie. Si tan sólo hubiera usado su cerebro para aplicarse más en algunas materias… Aquel día, al igual que otras veces le terminarían poniendo falta de asistencia, y adiós a nuestras fiestas de pijamas y a las charlas nocturnas por el móvil; hola, castigo. Yo ya le había reprendido por quedarse dormida, pero era cabezota como ella sola, y si creía que tenía razón, mucho menos daba su brazo a torcer, como cuando nos conocimos cinco años atrás: nos emparejaron para hacer un trabajo de clase de Español, y mientras que yo prefería hablar de las tradiciones, las fiestas populares y la comida española, a Sheryl se le había ocurrido hacerlo de la historia del lenguaje en sí, sobre los verbos, sus orígenes y su complejidad, y la etimología en comparación con su lengua natal, pues consideraba que el resto de la clase lo haría como yo había propuesto y aquello resultaría repetitivo y poco original, y que por tanto conseguiríamos más puntos con su idea del lenguaje, que además encandilaría a la profesora al aplicar los estudios que ella había explicado con brevedad. Así hicimos el trabajo y ante mi sorpresa nos pusieron un sobresaliente, pero Sheryl en lugar de echármelo en cara, dijo que no se separaría de mí nunca.


Cuando llegué a casa…

lunes, 3 de agosto de 2015

Microrrelatos Instagram II


El nuevo Quijote quemó todos sus libros tras la primera derrota contra los molinos de viento. Estaban a tal altura que no podía combatir contra ellos.












Julieta, cansada de esperar a su Romeo, se descolgó de su balcón y se fue con el primer Paris que sí la quería.


No importa cuántos años pasaran, aquel era su rincón incluso después de separarse. No importaron los amantes que llegaron después, nunca llegaron a conocer ese lugar. No importaron las palabras cuando quince años después sus bandejas pugnaron al azar por ocupar aquel rincón. Quoi que se soit, oú que se soit ni comment, n'a pas d'importance.










Y la luz se reflejaba en cada rincón de su solitaria alma cuando le veía sonreír



El cielo se resquebrajó sobre nosotros cuando nuestros sueños volaron demasiado alto.







Los bombardeos cesaron cuando se percataron de que no había más a quien abatir en aquella ausencia de gritos.







Y volvió a aquel lugar, donde se había congelado el tiempo, allí donde nada cambiaba, en la casa de hojas perennes. Todo seguía igual, salvo en las fotos que colgaban de las paredes y que encerraban todo el tiempo, como las arrugas de su sonrisa.

domingo, 2 de agosto de 2015

Sin puntos

El niño echó a correr fuera de la habitación cuando su hermano pequeño y rechoncho comenzó a llorar detrás de los barrotes de madera de la cuna, montando tal escándalo que su madre acudió a toda prisa pensando que el bebé, que apenas tenía dos meses, se había caído de la cuna, o quizá se había golpeado contra los barrotes, o a lo mejor era una simple pesadilla, pero cuando fue por el pasillo y vio a su otro hijo corriendo en dirección contraria ya sabía que de nuevo le había estado molestando, por lo que disminuyó la velocidad, calmó al bebé y buscó el chupete que encontró enganchado entre el colchón y el somier, como si el llanto hubiera interrumpido la travesura mientras escondía el objeto de silicona, y con un propósito tan obvio la madre salió del cuarto dispuesta a reprender al niño cuando sonó el timbre al cual su marido fue a responder aún sabiendo que era su hija mayor, la que siempre se olvidaba las llaves en cualquier lugar, y nunca las llevaba encima cuando las necesitaba, tal y como había pasado esa tarde, interrumpiendo la sesión de sudokus que hacía el padre, costumbre adquirida a lo largo de su vida, entretenimiento que le ayudaba a relajarse, y por tanto que le rompieran esa burbuja de calma tan suya le ponía de muy mal genio, enfado que fue en incremento cuando al dirigirse a la puerta pisó los ladrillos Lego ante los ojos en blanco de la madre, ya que esa misma mañana había estado amenazando a su hijo con tirarlos a la basura si no los recogía, y qué mañana había sido, uno de esos días en que todo sale del revés, desde el bebé descubriendo la diversión de hacer una catapulta con la cuchara y el desayuno, su hermano mayor desnudo con los calzoncillos sobre un ojo diciendo ser el pirata de los siete mares mientras saltaba de un sofá a otro, y su hija como pollo sin cabeza porque no encontraba esa camiseta roja que era la única que combinaba con su falda vaquera, como si no sirvieran las otras quinientas camisetas que tenía, pero no, tenía que escoger siempre la que no estaba limpia, así que la madre se había pasado la mañana gritando de un lado a otro, convenciendo a una, regañando al otro, limpiando al tercero, y por supuesto todo con mucha rapidez, se hacía tarde, otra vez, era raro el día que ella llegaba puntual a la oficina, tiempo que luego recuperaba, pero no sólo eso, sino que aquel día su jefa, una joven pero no menos bruja que sobre sus tacones imposibles lo mismo te gritaba un día que al otro estaba encantadora, y aquella mañana debía de estar con el síndrome premenstrual porque estaba más bruja de lo habitual, como nunca antes había visto desde que sustituyó la jubilación del anterior jefe, y no importaba cómo había llegado hasta ahí, para eso ya estaban las cotillas inventando historietas con las que hacerle dura competencia al Sr. Grey y su sumisa, eso sí, en esas historias siempre ella era la domina, no podía ser de otra manera con esa manera de controlar a todo el mundo y criticarlo todo, aunque como nunca se había portado tan mal como aquel día, no debían de ser las hormonas, seguro que en realidad estaba mal follada, y tenía todo el aspecto de ser eso, pues últimamente sus faldas eras más cortas y sus camisas más desabrochadas, y no hacía tanto calor, tan sólo era principios de mayo, y recordó al ver a su marido, quejándose de dolor dado que su pie había sido marcado por los ladrillos de plástico, era su cumpleaños en breve, tendría que pensar en algún regalo, y maldijo lo complicado que es regalar a los hombres, mientras el suyo maldecía sustituyendo cada palabra mal sonante por nombres de hortalizas, como si por ello los niños no lo entendieran, se dirigió a la puerta y su hija entró sin apenas mirar a nadie, ni siquiera saludó, se metió directa a su habitación dando un portazo que enervó aún más a la madre, quien la siguió e irrumpió en su habitación para descubrir que su hija lloraba desconsoladamente, lo que hizo que el cabreo pasara a ser preocupación, y comenzó el interrogatorio, quería saber qué mal le había ocurrido, pero la joven sólo sollozaba, y la madre cada vez se ponía en lo peor: el novio la había dejado, o la había dejado preñada, no sabía cuál de las dos opciones era peor, y la madre de nuevo preocupada, sacando sólo llanto como respuesta a sus múltiples preguntas, hasta que por fin cuando sólo fue un hipo constante, la hija se limitó a señalar una mancha blanca sobre su falda favorita, y la madre desesperada no sabía si darle un bofetón por el susto o abrazarla y reírse, y es que al parecer la clase de química no había ido muy bien y algún tipo de compuesto había salpicado y desteñido la falda, de ahí el disgusto tan injustificadamente enorme que tenía la cría, que ante la promesa de una nueva, su cara mejoraba, pero aquel momento tierno por supuesto no podía durar mucho, el marido llamaba a gritos para castigar al niño por no recoger sus juguetes, y el niño no aparecía, pero ella ya sabía dónde encontrarlo, así que se dirigió directamente al armario de las escobas y sólo con una mirada el niño agachó la cabeza y se fue a su habitación, sacó la libreta de copias de un cajón de su escritorio y continuó otras cien veces copiando “ordenaré mis juguetes cuando termine de jugar”, ante la complacida mirada de la madre, y la atónita del padre, al que la madre dio unos golpecitos en el hombro a modo de consuelo sabiendo que él nunca lo comprendería, y sin dar más explicaciones, marcó el número de Telepizza, el día lo merecía, no le daba la gana cocinar.