sábado, 24 de agosto de 2013

Quizás si...

Estaba recolectando su ropa desperdigada por la moqueta cuando él murmuró algo de entre las sábanas. Se quedó inmóvil. Él se desperezó y abrió los ojos de golpe al verla recoger sus cosas, y con voz ronca de recién despertado le preguntó a dónde iba. Ella balbuceó lo que intentaba ser alguna falsa excusa, que él interrumpió con una medio sonrisa, apartando las sábanas y haciéndole un hueco en el colchón para que volviera con él. Ella dudó un momento, sonrió también, soltó las prendas y se tumbó a su costado.

Meneó la cabeza. Qué más quisiera que pasara eso. Pero no, él murmuró algo, giró sobre sí mismo y siguió roncando. Ella siguió recogiendo sus cosas y salió de la habitación sin hacer el más mínimo ruido. Quizás hubiera funcionado de haberse quedado, podrían haber sido felices. O quizás no. Quizás él le hubiera lanzado esa mirada de "¿qué haces aquí aún?" y ella no habría sabido por dónde tirar. Como siempre prefería imaginarse que hubieran vivido felices para siempre que vivir el maltrago de un rechazo más.



Tedioso ente vacío

Estrella se levantó aquel día, sin ganas de nada. Como el resto de la semana, del mes y casi del año. Su trabajo ya no llenaba tanto como antes. Su gato, único compañero de piso, pasaba más horas fuera que junto a ella, y no le importaba. Relacionarse con otras personas nunca había sido su punto fuerte, pero ya le daba igual, se encogía de hombros cuando la llamaban antisocial. Quizás era eso, quizás estaba en un punto en que ya todo le daba lo mismo. No sentía, no padecía, no sufría. No necesitaba la compañía de nadie, ni de amante ni de pareja ni mucho menos marido con hijos, idea que le hacía vomitar. Estar vacía le hacía sentirse bien. Disfrutaba de la luz del sol en el parque, de un paseo bajo una inesperada lluvia... Su familia la incitaba a salir, a relacionarse, pero "no tenía ganas". La motivaban para salir, para viajar, conocer otros lugares, otras culturas, pero todos los viajes que siempre había soñado ya los había realizado, y no una ni dos veces, sino tres o cuatro. Le enseñaban cosas para hacer, cursos que estudiar, talleres donde aprender, nuevos trabajos para explorar. Pero su trabajo era lo que siempre había querido. Había estudiado todo lo que le había interesado. Tenía la mascota que siempre había deseado. Vivía en el piso ideal según ella.

Quizás ahí radicaba el problema. ¿Por qué estaba vacía? Porque no le quedaban metas que alcanzar ni sueños que cumplir.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Silencio

El paso del tiempo, como la fuerza de un río sobre las piedras, erosionaba cada día los sueños y anhelos de Amanda, un futuro que notaba más lejos conforme pasaban los días. Hacía siete años, David le había hecho una pregunta, una petición de mano, sin anillo pero con toda la sinceridad y el amor de los primeros años. Una promesa que ella había esperado por mucho tiempo. Él no recordaba dicha petición, la había olvidado, alegó cuando ella sacó el tema. La verdad era que los dos se habían acomodado a la vida que llevaban, el trabajo les quitaba tiempo de estar juntos, y en las pocas horas que tenían para ellos, horas que antes pasaban veloces acurrucados en el sofá, ahora eran malgastadas ensimismándose con sus respectivas aficiones, lo único que los diferenciaba cuando se conocieron. Antes cada uno mostraba interés por compartirlas. Ahora convivían sin más, cada uno en un extremo de la casa, como dos seres extraños. Las caricias, los besos y demás muestras de afecto desaparecieron con el transcurso de las semanas. Las conversaciones y el hacer planes para salir juntos habían cesado hacía unos meses. Ella se volvía a sentir tan sola como antes de conocerle, en cierto modo se alegraba de no haber cedido al deseo de David de ser padre. Por su parte, él se percataba de que algo no iba bien, pero si hacía caso omiso a su intuición, el problema desaparecería, o quizás se estaba preocupando demasiado como ella solía decirle. Las otras veces que habían pasado por una crisis lo hablaron, terminándose por arreglar. Pero ahora era distinto, ella no podía perdonar, y él no quería ver que se estaban distanciando. El silencio era ya lo único que compartían. Un silencio incómodo y desalentador tan sólo interrumpido por el sonido de la televisión con el de los cubiertos a la hora de la cena. Aquel mortal silencio fue lo último que compartieron.

martes, 30 de julio de 2013

LHR


Primera parte


Esperar las maletas, hacer fila para mostrar el pasaporte, coger un taxi al hotel de siempre. Desde que Giacomo aceptó ese ascenso ésa era su rutina, iba y venía, siempre a caballo entre Roma y Londres. Por suerte la empresa lo pagaba todo, y el sueldo era bastante bueno. Ya conocía tan bien Londres que el viaje significaba nada, como quien coge un automóvil para ir al puesto de trabajo cada día. Llegó al hotel y en la habitación deshizo la maleta: caros trajes que necesitarían un planchado, un neceser con lo indispensable y unos zapatos relucientes. Y por supuesto, papeles y más papeles de proyectos, tareas, guiones para los briefings, algunas ideas que habían surgido en el vuelo...

Solía llevar una pequeña libreta, no confiaba en la tecnología de secretarias electrónicas y demás modernidades. Su agenda clásica de hojas amarillentas no le fallaba, nunca se había quedado sin batería ni requería de complicadas actualizaciones de hardware y software que luego ocupaban más espacio que lo realmente importante. Sacó de su maletín la agenda y la abrió por el día señalado. Al día siguiente tenía una reunión previa a la presentación de un nuevo producto, con lo cual iba a estar ocupado todo el día. Era un trabajo sacrificado pero en el fondo le agradaba, y además se le daba bien. Puso la alarma en el despertador del teléfono y tras una fresca ducha, se durmió.

Al día siguiente desayunó a primerísima hora en el hotel mientras repasaba las direcciones donde tendrían lugar las citas. Eran oficinas desconocidas para él pero en un plano observó lo cercanas que ambas estaban de la línea Central de metro. Disponía de una Oyster pues confiaba más en la puntualidad y velocidad del subterráneo que en el tráfico londinense y sus taxistas dicharacheros que no le dejaban prepararse las reuniones. Así que una vez hubo desayunado, se aseó y cogió el metro en dirección a St. Paul's, al este de Londres, archiconocida parada por la catedral del mismo nombre. No tuvo mayor problema en dar con el edificio de oficinas donde le aguardaban compañeros y superiores. La reunión fue según lo planeado y el producto se presentaría esa misma tarde en un cóctel en la misma tienda donde un tiempo después se vendería.

De vuelta al metro, atestado de gente a esas horas, iba dando los últimos toques a su guión para su tarea de colaborador de la firma, cuando el vagón paró en la estación de Notting Hill donde tras unos minutos de espera, fue anunciado por los altavoces que debido a un fallo eléctrico, la salida se demoraría. Giacomo resopló con disgusto y al comprobar que empezaba a hacérsele tarde para comer, decidió apearse del tren y almorzar en Portobello, conocía un pequeño bistro donde servían muy buenos platos, o al menos así los recordaba de su primer viaje.

lunes, 22 de julio de 2013

Parte XIX

Llevo más de un año sin continuar posteando el relato. Empecé a escribirlo hace... 7 años ya. Y a fecha de hoy no sé si lo acabaré algún día. No recuerdo ya ni cómo surgió la primera idea, supongo que se me ocurriría tras alguna película o escuchar alguna canción. Era la época en que descubrí a Budapest, así que seguramente fue aquello. De todas maneras, y dado que entre cada capítulo pueden pasar muchos días, los he unificado todos bajo la etiqueta "Inacabado" para que sea más fácil la continuidad. Es difícil terminar un relato cuando ves que se alarga, y se alarga, y ves definido el desenlace pero el nudo resulta más complejo de lo que esperabas. Anyway, ahí va otro capítulo/parte/fragmento/lo que sea. Como siempre, correcciones, opiniones, consejos, etc. siempre son muy bien recibidos :)


Cuando empecé a salir con Chris, sabía muy bien qué arriesgaba. Si las cosas entre los dos salían mal, yo acabaría perdiendo a Alan. No se trataría de algo como si Alan fuese el hijo de unos padres que se divorcian; Alan desde siempre había sido de Chris por decirlo así, y por supuesto que si nuestra relación terminaba, yo también perdería a Alan. Era comprensible. Y me arriesgué, porque sentía algo tan inmenso por Chris que pensé que jamás terminaría. No caí en la cuenta que a veces, contra la voluntad de los humanos, suceden cosas imprevisibles e inevitables.

Sin darme cuenta durante el trayecto en coche me sumergí en un sueño profundo, mezclado con un pasado evocador, brillante, luminoso, idílico. Estaba en casa, en el sofá que se habían comprado mis padres al casarse, 23 años atrás, un sofá antiguo, raído, roto, y tan inexplicablemente cómodo para mí. Me encantaba ese sofá. En el sueño yo apagaba la tele y me giraba para hablar con Alan, sentado en el sillón de mi derecha, y con Bree, sentada enfrente mía. Entonces la puerta principal de la casa se abría con un halo de luz y aparecía Chris, apenado, con la mirada apagada. Sabía a qué se debía esa tristeza antes de que él pudiera pronunciar palabra: Monique se había marchado. Sentí una punzada de culpa cuando Chris lo dijo a través de su voz. Me sentía culpable por haber provocado aquello, aquel dolor que tanto hería a Chris y que le quitaba la chispa que tanto le caracterizaba.

Una vez se hubo sentado entre Alan y yo, Alan y Bree le intentaba animar con sus bromas pero a mí no se me ocurría ninguna palabra de consuelo. El simple hecho de tenerle tan cerca me dejaba la mente en blanco y no podía razonar con claridad, tan sólo podía mirar esa expresión triste en su rostro, que le hacía aún más atractivo si cabe, con las cejas caídas, los cabellos rozándole la mandíbula tan pronunciada, y los ojos mirando hacia ningún sitio. Tan sólo quería poder abrazarle y ofrecerle todo lo que yo tenía si eso le ayudaba en algo. Inesperadamente giró levemente su rostro hacia mí.

En esas situaciones yo apartaba la mirada de inmediato antes de que pudiera descubrir mi sonrojo, pero estaba tan engatusada con su proximidad que me fue imposible. No podía dejar de mirarle, buscando en vano una manera de paliar su desánimo. Sonrió. Bajé la mirada simulando quitar algo de mis deportivas para ocultar mi rubor y rezando por que nadie más en aquella habitación se hubiera percatado de mi descarado descuido.

Él volvió a hablar con Alan, no lo veía pero lo oía. Ya no me miraba, pero no me atrevía a levantar la mirada. Y entonces su mano rozó la mía. Me quedé helada. ¿Se había dado cuenta? ¿Había sido involuntario? ¿O lo hacía en señal de que no tenía por qué ruborizarme? La imaginación vuela, y en mi caso, voló como un kazaa. Mi garganta se secó, la sentía áspera y tirante, así que me levanté de un salto, con tanta prisa que tuve que volver a sentarme para recuperar el equilibrio. Alan soltó un suspiro que supe que ocultaba una risita, mientras Bree hablaba con Chris sin el menor indicio de ver mi mareo.

De nuevo me levanté pero esta vez más serena, aunque por dentro me temblaba todo. Me dirigí a la cocina, y de pronto observé por la ventana que ya era noche cerrada. Estuve allí unos minutos, con el vaso enfrente mía, mirándolo pero sin verlo, apoyada en la encimera intentando no pensar demasiado y no darle más vueltas al asunto. Pero su sonrisa, mirándome a los ojos, me hacía temblar de pies a cabeza. Cogí el vaso con las dos manos por miedo a que se cayera, y fui tomando breves sorbos de agua.

De pronto su mano apareció de la oscuridad de la cocina para quitarme el vaso con extrema delicadeza y depositarlo de nuevo en la encimera. Mi corazón dio tal sobresalto que casi me causó un colapso. Y entonces sentí sus brazos rodeándome por encima de los míos, a la altura de la cintura, y su mentón apoyado en mi hombro izquierdo, descansando su cabeza sobre la mía. Y dejé de temblar al instante, como si le hubiera dado al botón que desactivara mi sistema nervioso. Nos quedamos abrazados un buen rato, hasta que sentí sus labios helados sobre mi sien.


Abrí los ojos. La noche continuaba, pero el sueño no, y él ya no estaba allí. Sin embargo, no podía explicar cómo, aún tenía el helor de su boca en mi frente. Me palpé la zona mientras me incorporaba y empezaba a recordar dónde estaba. Miré soñolienta a Bree, quien me lanzó una breve mirada divertida, insinuando si me había sentado bien la siesta. Seguía notando la garganta seca, así que busqué un botellín de agua que había visto en el bolso de mi hermana. Bebí un gran trago casi vaciando la botella en cuestión de segundos. Noté el nudo en la garganta al percatarme de que todo había sido un sueño, un recuerdo de varios momentos que pasé con él, poco después de que Monique desapareciera de nuestras vidas sin dejar más señas.

Era tan duro el golpe con la realidad que terminé lo que quedaba de agua con otro trago. Si rompía a llorar ahí mismo, Bree se llevaría un susto de muerte, y no quería causar un accidente de tráfico. Mis padres se llevarían otro susto, culparían a Bree por no prestar atención al volante, seguramente ella se iría lejos para no tener que enfrentarse a ellos, y yo me quedaría sola con mis padres quienes, incapaces para calmar mi angustia, terminarían por encerrarme en un psiquiátrico, pensando siempre en mi bien, donde antes o después encontraría la manera de acabar con todo de nuevo, si no físicamente, al menos dentro de mi mente. La opción del manicomio era lo último que podría escoger, antes preferiría que me sacaran los ojos. Sin anestesia. Me pregunté de dónde había sacado esa fobia a los hospitales de cualquier clase.

Y entonces me di cuenta de que el dolor había desaparecido. Me había olvidado por completo del sueño, por lo que estuve despejada y tranquila el resto del camino. Quizá todo lo que necesitaba era mantener la mente ocupada en otras nimiedades.

viernes, 19 de julio de 2013

"Qué suerte tienes de tener trabajo" y demás frases de la crisis

Cansa ya la gente que dice que "al menos" tenemos trabajo. "Puedes dar gracias", "tendrías que estar agradecido", "qué suerte tienes"... Podemos estar agradecidos de tener trabajo, sí, pero debemos estarlo ahora y antes cuando no había crisis, de igual manera que se debe estar agradecido por cada día nuevo, o por tener a esa persona especial a nuestro lado un día más. El trabajo es necesario, sí, es lo básico para subsistir, pero no debemos estar más agradecidos ahora que antes.

Antes también había gente en el paro, y nadie se lamentaba por ellos. Ahora ¿qué pasa? ¿Que por ser más parados, los que trabajan son una especie aparte, desagradecidos que no saben lo que tienen? Pues quizás se equivocan, porque el paro toca muy de cerca a quienes trabajan. Todos los trabajadores tienen a alguien muy próximo quien lleva en el paro años, y sí, si estuviera en nuestra mano les enchufaríamos en nuestros trabajos que parece ser la única manera de encontrar trabajo ahora mismo, pero si no lo hemos hecho es o porque no podemos o porque los puestos de esos mismos trabajadores están colgando de un hilo.

Pero lo que más me revienta: cuando dicen eso de "qué suerte tienes de tener trabajo" sin tener ni puta idea de la situación en que se encuentra la empresa del empleado. Suerte es tener enchufe, pero que a un mindundi lo metan por enchufe por delante de un hijo de directivo, o del primo del jefe de turno, ahí ya no es simple enchufe, ahí hay más. No es suerte tener un buen currículum, o haber sacado las mejores notas en una oposición o en un ciclo formativo, no es suerte haberte pateado toda la ciudad haciendo entrevistas y haberte apuntado a todas las ofertas de empleo aún cuando no estuvieran relacionadas con tu formación o no fueran de tu agrado. No es suerte haber encontrado trabajo tras hacer todo eso, es el efecto que debe (o debería) generarse de todo el esfuerzo y empeño que se le ha puesto.

Y que hoy en día te cojan en un puesto de trabajo -sin enchufe- habiendo tanta gente desempleada, no es suerte que te hayan escogido a ti y no a otro, es simplemente tener las mejores características para ese puesto. Cierto es que ahora ya no cuenta tanto tener un título universitario, porque los empresarios ya no pueden o no quieren pagar el salario que corresponde a un universitario, sino que buscan a uno con formación profesional o con más experiencia que otra cosa porque les sale más rentable.

Y que no se enfaden cuando el empleado diga que su trabajo es una mierda, "porque no sabes lo que tienes". Error. Sí que sabe lo que tiene. Tiene a un jefe que no le paga el salario desde hace medio año, tiene a directivos haciendo presión y amenazando con recortes en salarios al que se queje del trabajo, tiene a compañeros afilando los cuchillos por una batalla organizada por altos cargos que no quieren ensuciarse las manos y prefieren que se maten entre los empleados para ver cuál se va a la calle, tiene sus tareas de siempre más las tareas de sus compañeros despedidos (una persona que ahora, tras tanto despido, se ve obligado a hacer el trabajo de 7 personas sin ver cambios en su salario por ello)... Y no saben lo que tienen. No pueden cogerse una baja por depresión porque les despiden, no pueden irse del puesto donde les acosan día y noche porque no tienen paro si se van por decisión propia, no pueden negociar con los empresarios un cambio de condiciones porque la economía de la empresa no lo permite (cualquier excusa es válida) , y así miles y miles de casos que ves pasar y que vives en tus carnes.

Por el desempleo mucha gente se ha quedado en la calle, literalmente. Comprendo su angustia y su rabia, su impotencia, pero que no al paguen con los empleados porque puede ser que esos mismos desagradecidos mañana estén en la misma situación. La crisis ha llegado a todos los trabajadores de a pie, de una manera u otra. Y después de todo, si no hay unión entre los propios afectados, ¿cómo se va a combatir esto?

lunes, 8 de julio de 2013

Érase una vez...

Érase una vez, aparte de ser la famosa serie de televisión, antes ya era el título de un juego de cartas muy entretenido para aquellos a los que les guste tirar de imaginación e ingeniárselas para contar una historia. El juego consiste en ir contando un cuento usando cuando te cuadre las cartas de tu baza. Hay cartas de todo tipo: lugares, aspecto, personajes... Y hay una pila de cartas aparte de "felices para siempre" (finales de historia). Pero no es tan sencillo. Los contrincantes pueden interrumpir tu turno y por tanto, fastidiarte la historia, y luego, además, tienes que cuadrar la historia con un final que se ha escogido al azar al principio de la partida y que es común para todos los jugadores. El objetivo es descartarte de todas tus cartas y vincular tu relato con el final propuesto.

Pues bien, unos amigos y yo llevábamos un tiempo diciendo de hacer un juego de escritura automática, y la otra noche, con alguna que otra copa, lo llevamos a cabo con el sistema del juego. Es decir, sacamos tres cartas al azar, y una de final, y en ese mismo momento teníamos que escribir una historieta donde incluir esas cartas. Las cartas fueron las siguientes:

Muy lejos + Ruinas + Padre
Final: y así él la perdonó y se casaron

Y aquí está el relato que escribí:

Érase una vez, no muy lejos de nuestro tiempo, un padre llevó a su hijo al pueblo donde el buen hombre había nacido y había crecido. De tal forma el señor pretendía enseñarle a su primogénito sus orígenes para acrecentar su sabiduría y experiencia. Le enseñó la casa donde nació, los campos que trabajaba su abuelo, y las ruinas donde él y los niños de su edad  solían jugar al escondite. De vuelta al poblado el muchacho y su padre se cruzaron con una niña de largos cabellos rubios y ojos azules como el mar, quien encandiló al niño con tan sólo una mirada. El niño, con toda la ilusión, comentó a su padre que algún día se casaría con una niña tan bella como aquella, a lo que su padre le riñó:
   - No te fijes en niñas como ésa, pues el dinero puede más que el amor en las    personas de alta cuna, y ella es la hija del alcalde.
Años pasaron, el niño se transformó en un muchacho bien aplicado que se convirtió en arqueólogo, pues aquella visita al pueblo había significado un cambio importante en su vida, y había sabido en aquel viaje que se dedicaría a descubrir y cuidar de viejas ruinas para el conocimiento y cultura de lo pasado.
Pero su padre enfermó, y antes de poder irse a Egipto o a las tierras aztecas, optó por acompañar a su padre, quien en su último aliento, le pidió un favor: que no permitiera que nadie destruyera el escenario de su infancia, pues así su espíritu seguiría vivo en aquel pueblo. El hijo así lo prometió y le dio su último adiós. Tras el entierro se embarcó en varias expediciones a lo largo y ancho del mundo, sin olvidar la promesa que le hizo a su padre. Así que su última parada fue el pueblo, donde se alojó durante una temporada para investigar la historia de la aldea y de las ruinas de las afueras, encontrándose con que iban a ser derruidas.
Un anoche salió tarde de la biblioteca donde investigaba cómo paralizar las obras y se encontraba tan cansado que casi no se dio cuenta del coche que se abalanzaba sobre él a toda prisa. Sin embargo el conductor pudo maniobrar y evitar el accidente. Aún así frenó, se apeó del auto y corrió a socorrer al muchacho. El chico, asustado, se había tirado a un lado de la calle y se encontraba desorientado. Pero enseguida reconoció aquellos ojos aguamarina.
A partir de aquel día fueron inseparables y vivieron una bonita historia de amor hasta que llegó el momento en que ella decidió presentarle a sus padres, que efectivamente eran los alcaldes del pueblo. Durante la cena el padre se jactó de lo beneficioso que iba a ser la destrucción de las ruinas y la posterior construcción de un complejo turístico, a lo que el muchacho no dudó un momento en exponer su total y radical desacuerdo pues las ruinas eran la historia del pueblo y como tal, debían conservarse. Ambos se enzarzaron en una discusión bastante acalorada hasta que el joven pidió el apoyo de su amada en el tema. Sin embargo ésta optó por acobardarse y confirmar que lo mejor era tirarlas abajo.
El muchacho, enfurecido, se marchó de la casa y del pueblo sintiéndose ofendido y decepcionado por la reacción de la persona a la que amaba. Meses más tarde, llegó hasta él una citación a juicio en calidad de testigo allí en el pueblo.
Sin mucha idea, se presentó y supo por los vecinos y el abogado que lo había citado que era un juicio de una asociación de aldeanos contra el ayuntamiento para no demoler las ruinas, ante lo cual el joven se ofreció alegremente a dar su testimonio y enseñar sus averiguaciones donde se demostraba la valía de tal yacimiento. Por fortuna el juicio salió bien y la asociación consiguió asegurar la conservación y mantenimiento de las ruinas gracias al testimonio del muchacho, quien así había cumplido su palabra con su difunto padre.
Estaba celebrando la victoria con los vecinos en el bar del pueblo cuando alguien anunció que llegaba el presidente de la asociación, impulsor de tal movimiento. El joven se quedó sin palabras al ver aparecer a la muchacha quien tras la marcha de él se había enfrentado a su padre y había reunido a gente del pueblo para parar las obras.
El muchacho, abrumado por tal gesto de amor, no pudo más que fundirse en un abrazo con ella ante los vítores de los aldeanos quienes con orgullo festejaron tiempo después el enlace entre los salvadores de la historia del pueblo.


Sé que está muy, muy mal escrita, pero esperemos que la siguiente sea mejor ya que la experiencia estuvo entretenida y nos lo pasamos muy bien la verdad. Y es que con un poco de imaginación un mismo juego puede servir para crear otros muchos juegos con los que divertirse.

miércoles, 22 de mayo de 2013

APAGÓN



Ya está, tras tanto tiempo mareando la perdiz, por fin he mandado el relato al concurso que organiza Renfe, y este año tras preguntar a los amigos y compañeros por votación (más que nada porque yo no me decido entre todos los que tengo y siempre viene bien puntos de vista diferentes y críticas constructivas), he presentado el siguiente:



APAGÓN

Cercanías dirección Chamartín. Me siento donde sea. Veo las mismas caras de siempre. Empiezo a leer un periódico gratuito que alguien abandonó. El tren se introduce en la negrura de los túneles. “Próxima parada: Recole…”. El tren pierde velocidad, las luces parpadean. El vagón queda a oscuras. Oigo murmullos, quejas, gente moviéndose. Unos zapatos ligeros andando. Unos labios húmedos uniéndose a los míos en un beso breve pero pasional. Los zapatos de tacón se alejan. La luz vuelve. Retomamos el trayecto mientras observo al resto de pasajeros. Sonrío y busco en vano.



viernes, 10 de mayo de 2013

10/05/2010 London y Blanca


Ya hace 3 años. El tiempo va demasiado deprisa. Lo vengo notando desde los 18. En cuanto nos descuidemos seremos unos "viejos, solos y amargados frente a un televisor" como dice la canción.

Tal día como hoy, hace tres años, firmamos un papel que nos comprometía más que cualquier otra cosa. Mucha gente no entiende del afecto que profesamos algunas personas por nuestros animales de compañía. Si eres de esos, que abandone la sala o calle para siempre. Porque hoy hace 3 años adoptamos a nuestros peluchones, y hoy la entrada va a ellos. Por ellos, por la protectora que nos los cuidó hasta que nuestros caminos se cruzaron, por todas las protectoras que conocemos y por la gran labor que hacen.

Cuando conocí a mi pareja y empezamos a hacer planes, lo primero en lo que estuvimos de acuerdo es que tan pronto tuviéramos nuestra propia casa, tendríamos un perro. Al principio me mostré reticente, me había criado con perros toda la vida, pero todos se van antes o después, y llegó un momento en que no quería saber nada de perros. Pero mi pareja es persistente, y al final me convenció cuando llegó el momento. Yo sólo puse una condición, tenían que ser adoptados en Asoka El Grande.




Asoka es una protectora de Alicante que lleva unos cuantos años no sólo recogiendo animales de cunetas, campos y perreras, sino que también organiza entretenidos eventos y rastros solidarios para recaudar dinero, e incluso hacen terapia de mayores con perros. Conocí el albergue por dos amigas que eran voluntarias allí, y en alguna ocasión tuve la oportunidad de ir a echarles una mano y ver cómo es y funciona aquello desde dentro. Me quedé impresionada con las ganas que le echan las voluntarias y los voluntarios.

Así que en cuanto nos dieron las llaves del piso, aprovechamos la mudanza de Alicante a Madrid del resto de mis cosas (mis discos y la cama, principalmente) para lo que en un principio iba a ser echar un vistazo. Con anterioridad habíamos estado viendo la web y los perros que tenían en adopción. Buscábamos uno que no fuera muy grande, más bien mediano dado que el piso no superaba los 60 metros. Mi novio se fijó en un mestizo blanco y marrón, pero yo llevaba ya una temporada siguiendo los avances de un perro llamado Rob que me enamoró nada más verlo en la web.

Una vez allí nos dijeron que Rob había sido trasladado a una casa de acogida. Al ser un perro de avanzada edad vieron conveniente que pasara sus últimos días en una casa y no en una jaula. Sin embargo, Bombón, el que había visto mi chico en la web, estaba allí. Era un perro alegre, sociable y juguetón. Y al igual que todos los que había allí, su historia era de lo más triste. Yo no entendía como después de haber sido abandonado dos veces, seguía siendo un perro tan activo y sociable. Confiando en la experiencia de mi amiga Amparo, nos recomendó, aparte de a Bombón, unos cuantos más y los sacó a la zona de recreo para poder jugar con ellos. En la misma jaula que Bombón estaban Atreyu, Blanca y Leji, pero también tuvimos ocasión de conocer a Ágora y a Wolf.



Tanto Atreyu como Leji eran dos cachorros que, al igual que Bombón, enseguida se pusieron a jugar como locos, a morder y a corretear detrás nuestra. Sin embargo, Blanca, una perra de color negro y mirada aterrada nos miraba recostada desde la sombra. Nos comentaron que era una perra que tenía miedo a todo el mundo, que era extremadamente tímida y que era difícil acercarse a ella. Yo intenté acercarme a ella pero me rehuía y me miraba con desconfianza. Sin embargo, a raíz de los juegos de sus compañeros, tuvo curiosidad y se acercó de tal manera que ninguno la vimos cuando de pronto se puso a dos patas para mordisquearle la oreja a mi novio.

Él, inmovilizado en cada mano por Bombón y Leji, me pidió auxilio pensando que era Atreyu. Yo no daba crédito, y Amparo mucho menos. Como ella bien dijo, nosotros no la elegimos a ella, fue ella quien nos eligió a nosotros. Y tras aquello, tan sólo nos quedaba la dura decisión de reservar a Bombón o a Blanca. Bombón seguía siendo el favorito de mi chico, pero la actitud de Blanca le hizo ganárselo, y yo no tenía más ojos que para ella. Así que sopesamos la idea de adoptar a ambos. Organizamos lo que podría ser y lo que conlleva tener dos en lugar de uno, lo hablamos y no teníamos corazón para separarlos. Nos hubiéramos llevado a los cuatro, pero antes o después Atreyu y Leji serían muy grandes, y 4 perros en 50 metros cuadrados era una locura total y absoluta. Mayor que la que estábamos a punto de cometer.

Ese día nos marchamos de Asoka con un nudo en el estómago pensando en que pasarían otra noche allí, en el albergue, preocupados por si llovía, si hacía frío o si les atacaban o si se escapaban. No fuimos capaces de esperar. Teníamos compromisos familiares, iba a ser de lo más repentino, pero la idea de verlos dormir en una jaula a imaginarlos dormir en unas colchonetas a nuestros pies de la cama nos pudo. Al día siguiente de conocerlos firmamos el contrato y nos los llevamos. A Bombón mi pareja le cambió el nombre por London en un intento de convencerme de que era el mejor, pero el terror que tenía Blanca sacaba mi vena protectora. Dos días después volvíamos a Madrid, y ellos dos se vendrían con nosotros sí o sí. O los dos o ninguno.


El viaje fue toda una aventura, más por los nervios que llevábamos nosotros que ellos mismos, que fue subirse al coche y ponerse a dormir a pata suelta. Siempre estaremos agradecidos a los amigos que nos ayudaron con la mudanza y que se limitaron a llamarnos mentalmente de todo menos guapos cuando vieron que volvíamos con dos perros a Madrid. La llegada al piso fue montar la cama y limitarnos a observarles cotillear por la casa, aún vacía, correteando, jugando entre ellos. Y nosotros tirados en el suelo con ellos todo el rato encima, acariciándoles, porque desde el primer momento, exigían mimos a todas horas. En cuanto estábamos a la altura, se quedaban en nuestro regazo y de ahí no se movían. Incluso cuando nos sentábamos a comer, notábamos que se recostaban bajo la mesa y apoyaban sus hocicos en nuestros pies. Necesitaban estar en contacto constantemente. No sabíamos cómo habían sido sus otras vidas con sus otros dueños, pero necesitaban afecto y así lo pedían.

Blanca
Y de eso hace ya tres años, que se dice pronto. Bombón/London sigue siendo un bicho inquieto siempre dispuesto a jugar, pero algo más centrado desde que mi hermana adoptó a otra asokete, Reina (ahora Lara) una perra más inquieta que él y que ha sido la causante de que fuera más centrado y obediente. Mientras que Blanca, que antes tenía miedo a humanos, animales y ruidos, y que al principio más de una vez se nos escapó por pánico, ahora es de lo más sociable y amistosa, tan sólo nos queda la tara del pánico a los niños pequeños y la preocupación que conlleva la leishmania que tiene y que le está causando actualmente una anemia, pero ella sigue corriendo y jugando, y se toma la medicación como si fueran golosinas, así que esperamos que pronto vuelva a estar sana.


London (antes Bombón)
La mayoría de gente que les conoce se quedan sorprendidos de lo bien que se comportan, pues ya han aprendido algunas órdenes básicas y suelen ser tranquilos. London es quizás el más dependiente de los dos,  se vuelve loco cuando llegamos del trabajo y se convierte en tu sombra durante la primera hora. Blanca es más de ir a su bola y si ese día no le apetece hacerte fiestas cuando llegas a casa, se limita a mirarte de reojo y moverte la cola a cámara lenta.


Somos de los que pensamos que un perro se comporta de una manera u otra según le eduques, no hay perro malo, hay perros enfermos que por su enfermedad atacan, y hay perros maleducados. Cierto es que somos unas personas muy tranquilas y quizá por eso ellos se comporten de igual manera, pero por ejemplo, que London te traiga la pelota para que sigas jugando o que Blanca no tire de la correa en los paseos son cosas que ya hacían nada más adoptarlos, así que por detalles como esos estamos inmensamente agradecidos a la gente de Asoka, porque cuando adoptas a uno del albergue y ves que no es que sólo los hayan cuidado y alimentado, sino que también se dedican a educarles y a enseñarles "trucos", se merecen todo nuestro agradecimiento.


Lara, Blanca y London en plena siesta veraniega

martes, 16 de abril de 2013

Noche negra


Para cuando la policía llegó al sitio del crimen, no muy lejos de allí sino a unas pocas manzanas, Sharon, alias Shadowmoon, estaba dejando inconscientes y maniatados a los dos asesinos, dando un segundo aviso a la policía para que fuera a recogerlos. Acto seguido corrió hacia el hospital para comprobar el estado de Anne. Preguntó por ella en recepción y le indicaron que estaban interviniéndola pues había entrado en muy mal estado. El golpe contra la pared al empujarla Sandy le había causado una herida muy fea en la cabeza. Una enfermera le indicó la sala de espera tras pedirle los datos de la malherida. No podía quedarse, así que se dio media vuelta y volvió a las calles. ¿Quién sabe cuántas personas más estaban siendo atracadas, o peor, en aquel momento?

Pero ella no podía salvar a todo el mundo. Aquella noche lo aprendió.

Sharon se encontraba persiguiendo la pista de un narcotraficante que le había llevado a un grupo de jóvenes que se encargaban de distribuir la droga por los campus. Estaba persiguiendo a uno de los camellos cuando lo vio reunirse en la oscuridad de un portal con otra silueta, femenina a saber por la voz, la cual reconoció como la de Sandy, su compañera de piso y hasta aquel momento, amiga. La decepción y la sorpresa a partes iguales se hicieron patentes, pero todo cambió cuando oyó cómo repasaban un plan que habían trazado para un atraco. A continuación se pusieron en marcha sin percatarse de que Shadowmoon les perseguía por las azoteas y los balcones. Pero al doblar una esquina, los malhechores se confundieron entre el gentío que salía y entraba del metro, en la hora a la que las funciones de los teatros de Broadway terminaban. Les buscó pero no daba con ellos, demasiada gente. Así que decidió retirarse de nuevo a las calles menos transitadas cuando lo oyó.

Unos gritos de súplicas, otros de amenazas. Cuando llegó al callejón no daba crédito, su amiga Anne estaba tirada en un rincón y Sandy lanzaba al padre de Anne tras romperle el cuello mientras la madre se desengraba a causa de los diversos apuñalamientos y cortes que le había dado el camello. Ya era demasiado tarde para los padres de su amiga. Tendría que vivir con el tormento de no saber si los hubiera salvado de llegar medio minuto antes.

Mientras Sharon salía del hospital, recordó cuando comenzó a entrenar a Anne. A ella eso de los superpoderes que le hacían desplazarse más rápido de lo humano le habían pillado desprevenida, era algo que no entendía. Recordaba las noches en las que Anne se desahogaba golpeando el saco de boxeo, intentando buscar una explicación a por qué le había tocado tener ese poder a ella. Le pareció un animal indefenso, pero tenía que espabilar y soltarse de las faldas de mamá o, como era su caso, de papaíto. Ahora iba a hacerlo sí o sí.

Quién lo iba a decir. Dos muchachas de mundos tan distintos, una del East Side, la otra de Hell's Kitchen. Quién iba a decir que serían amigas, compañeras, y que acabarían siendo tan parecidas. Las dos huérfanas antes de tiempo, y por decisión de unos desalmados. Sin embargo, conociendo el temperamento de Anne, Sharon sabía que ella no reaccionaría igual. La sed de venganza se apoderaría de la muchacha, era joven y tan dependiente de sus padres... No se iba a quedar de brazos cruzados.

Sharon también había sufrido esos impulsos de violencia, de terminar con la vida de quien había acabado con su familia, en primer lugar su madre, muerta en un atraco a una tienda, pero peor lo había pasado con la muerte de su padre. Porque por mucho que la policía científica y los bomberos aseguraran que fue un accidente, sabía que había algo más detrás de aquel incendio. La vida secreta de su progenitor como superhéroe le había hecho ganarse muchas enemistades, sobretodo entre los capos de la droga. Sharon estaba convencida que ellos eran los causantes de su muerte. Pero siendo fiel a las enseñanzas de su padre, la justicia tenían que impartirla quienes estaban designados para ello. Los héroes como ellos tan sólo podían ayudar y colaborar. Inmiscuirse en el trabajo de otros nunca es bueno, se volvería contra ellos.

Pero Anne nunca lo entendería. Así que ideó un plan para que la vida de su pupila y amiga no corriera más peligro del que ya corría: a ella le contaría quiénes eran los dos asesinos y que estaban muertos. Y cuando fuera a preguntar la policía, se transformaría en Anne para que ella nunca conociera la verdad.

Nunca se imaginó que después de aquel golpe tan tremendo, y a pesar de la farsa que tenía montada Sharon, Anne le pidiera ayudarla a ser Alynusha. Ya que no podía vengar a sus padres, lo haría por el resto de gente que no puede defenderse.

lunes, 15 de abril de 2013

Mientras, en un universo paralelo...

La lluvia caía sin cesar. Una semana sin parar de llover, con atardeceres grises, sin rastro del sol por ninguna parte. De la nieve más densa se había pasado a la lluvia más abundante. Y el hombre del tiempo, como la voz en off de alguna película antigua, anunciaba de nuevo nieve para la semana siguiente. "¿Es que nunca iba a llegar el buen tiempo de la primavera?", se preguntaba Anne mirando las gotas que empapaban el ventanal de su piso. Pensó en el verano que ya quedaba tan lejano, un sol brillante, calor que le calentaba la piel y hacía salir sus graciosas pecas que tanta gracia le hacían a Henry, y a ella no. "Te dan un toque muy infantil", se burlaba él.

Había conocido a Henry en una fiesta benéfica organizada por una ONG donde tanto su bufete como la Casa Blanca participaban. Ya habían coincidido antes en los tribunales, donde todos los abogados se conocen entre sí. Era una ciudad pequeña para tanto abogado. Henry Gyrich a primera vista era un hombre serio, de facciones severas y marcadas, y muy buen profesional. A Anne le habían hablado de él como uno de los mejores abogados de Nueva York, y ella, dispuesta a ser la mejor, quería aprender y llegar a parecerse a él en un futuro. Congeniaron enseguida, y Anne pronto pasó a ser su protegida. Ella aprendía y mejoraba en su carrera, alzando la popularidad del bufete que regentaba. Y Henry se mostraba más relajado y humano cuando estaba con ella. Los rumores no tardaron en surgir, hasta que al final se hicieron verdad, por su culpa y la de su nuevo poder que no conseguía controlar. Se enfadaba consigo misma nada más recordarlo.

Unos meses posteriores a la fiesta, algo había empezado a cambiar en Anne. Notaba algo extraño, todo el mundo que hacía unos días se enfrentaba a ella, ya fuera en el despacho o en los tribunales, acaba besándole los pies. Nunca le había pasado algo parecido. Y no sólo le pasaba en el trabajo, sino también en su vida privada. Salía con sus amigas, y no importaba lo que ellas querían en un principio, siempre cedían a lo que Anne proponía. Llegó a tal extremo que cogió una semana para investigar qué sucedía. Conocía sus "rarezas" pero aquello era algo nuevo. ¿Y a quién podía acudir? Acudir a Henry era impensable. Pensó en Sharon, su mejor amiga de la universidad y la que le había entrenado y ayudado a controlar su poder de hipervelocidad al correr, pero hacía mucho que habían roto sus lazos. Estaba sola, como siempre.

Un contacto le habló de una especie de doctor que trataba a gente como ella, gente que habían nacido con algo diferente, o bien, como le sucedió a ella, que ese algo diferente había surgido en un momento determinado de sus vidas sin razón aparente. Acudió al médico algo desconfiada pero apenas con unas horas de observación, aquel hombre encorvado y barbudo supo el nuevo poder que había desarrollado: feromonas. "Como si no tuviera suficiente con lo otro...", fue lo primero que se le vino a la cabeza cuando se lo dijeron.

Pero Henry, preocupado como siempre por su amiga, había estado llamándola a la oficina, y tan pronto le dijeron que se había cogido unas repentinas vacaciones, se plantó en el piso de ella. Anne tuvo que abrir antes de que él derribara la puerta de tanto aporrearla. No podía decirle lo que ella era. Eso significaría que él la repugnaría, la odiaría, la echaría de su vida. Pero quizás era lo mejor, estar enamorada de un hombre casado nunca acaba bien. Pero cuando abrió la puerta no tuvo el valor de decirle que se marchara. Tan sólo abrió la puerta, le vio y las feromonas hicieron el resto.

Ignoraba que unos ojos curiosos observaban desde el otro lado del pasillo. Y es que una persona como Anne no podía bajar la guardia, siempre perseguida y perseguidora, fuera y dentro de su trabajo. Se había ganado muchos enemigos, y levantaba envidias de la vida que llevaba. Sus enemigos tan sólo estaban esperando algo como lo de aquella noche para empezar a desmoronar su reputación y todo lo que ello conllevaba.

jueves, 14 de febrero de 2013

Boom!

Amaneció, apagué el despertador, escogí mi ropa y me metí en la ducha. Me afeité, me vestí, ordené mis cosas y salí de casa como cada mañana. Pero aquella mañana era distinta. La noche anterior había guardado todas mis pertenencias en cajas de cartón, y los papeles más importantes perfectamente alineados encima de la mesa de la cocina con una nota explicativa, más que nada para facilitarle la futura tarea a mi hijo, quien trabajaba de sol a sol con un contrato absurdo y por menos del salario estipulado.

Por él, por mi difunta mujer, por el futuro de mis nietos, por todos ellos había tomado la decisión y había dicho que sí, sí al cambio, sí a parar esta situación, a pararle los pies a tanta injusticia y tanto mangoneo con los ciudadanos de a pie. Además, yo no tenía nada que perder, ya me habían dado palos por todos lados y me habían quitado todo. No me quedaba nada, mas que las ganas y la impotencia de cambiar las cosas.

Tal y como me habían indicado, en una pequeña oficina de correos me esperaba alguien con el material. Las instrucciones habían sido claras pero el chico me las recordó, aunque parecía que lo dijera para sí mismo, para acordarse de que él tenía que seguir los mismos pasos. Noté cierto temblor en su mano cuando me dio el paquete de folios. El muchacho no debía de pasar la veintena, ¿qué le habría llevado a tomar esa decisión a tan temprana edad? Puse mi mano en su hombro y lo apreté intentando infundirle valor. Me dirigió una medio sonrisa y me musitó: "habrá un antes y un después de nosotros". Asentí con la cabeza, nos despedimos y me dirigí al punto que me habían asignado.

No había ninguna estación de metro cerca, así que me tocó andar desde la plaza, callejeando por una zona de edificios altos y antiguos. Recordé cuando eran nuevos, de paredes vistosas y ventanas impolutas. Ahora todas las fachadas compartían el mismo gris humo, tan gris como el porvenir de este país, mi país. Estábamos en manos de una panda de ambiciosos egoístas, de avariciosos sin escrúpulos, de desvergonzados que se cubrían entre sí. Y encima tenían la poca decencia de decir al pueblo que "había vivido por encima de sus posibilidades". Me enervaba tanta mentira saliendo de sus bocas, tanto parloteo sin sentido. Estos inhumanos merecían un escarmiento, y el pueblo por fin nos habíamos unido para ello. Y hoy era el día.

Llegué a la puerta del edificio que me habían asignado. No estaba solo. Estratégicamente situados distinguí una señora con una bolsa de regalo, quien miraba preocupada de un lado a otro como si quisiera decir algo a los viandantes, turistas y trabajadores de oficinas en la mayoría. En el otro extremo había un hombre de mediana edad paseando un perro, nada fuera de lo normal si no fuera por el bulto que ocultaba bajo un periódico en su brazo. Entonces llegó hasta él una mujer quien cogió al perro y, entre sollozos, se despidió con un beso y una caricia.

Por mi parte, no había dicho nada a mi hijo, a pesar de que él, mi nuera y las dos fierecillas de mis nietos eran toda la familia que me quedaba. Pensé en mi esposa, en cómo la había echado de menos cuando falleció, e imaginé lo que me diría si aún estuviera viva. No me dejaría hacerlo, era una persona muy optimista y siempre andaba diciendo "ya vendrán tiempos mejores". Siempre discutíamos en ese aspecto. Ella tan pacífica y tan dulce, y yo tan bruto y desconfiado.

Observé el reloj que adornaba la entrada a un edificio no muy lejano. Eran las 12 menos cinco, cinco minutos para la hora acordada. La mirada de la mujer se cruzó con la mía, y su semblante angustiado se transformó en uno firme y seguro cuando siguió la dirección de mis ojos. El hombre seguía apartado de nosotros pero revisaba su reloj de pulsera. Fueron los cinco minutos más largos de nuestra existencia. Comenzaron a sonar explosiones lejanas seguidas de un intenso ruido de sirenas. Pensé en aquel muchcacho de la oficina de Correos. Nos percatamos del coche oscuro que salía del edificio que custodiábamos. Era el momento. Como la perfección de la maquinaria del reloj que estaba dando las 12, los tres desconocidos apretamos el botón al mismo tiempo.



Aquel día la ciudad ardió en el sentido más literal. Los principales objetivos se convirtieron en víctimas a causa de las bombas colocadas en edificios gubernamentales, y notas de prensa fueron enviadas a todos los periódicos exponiendo la protesta. Ante tal aniquilación, las cosas cambiaron. Sin embargo, en el aire quedó una pregunta sin respuesta: ¿cambiaron para bien, o para mal?

sábado, 19 de enero de 2013

Plan de exterminio

Vuelvo a casa derrotado del trabajo, con la cabeza llena de quejas y de órdenes. Me va a estallar. Alzo la voz saludando a quien me espera como cada día, la única persona que me hace sentir bien, la que puede apaciguar las voces en mi cabeza, mi esposa María.

Cierro la puerta y echo la llave. A través del gran ventanal que decora la pared norte del salón veo tan sólo la oscuridad de la noche. Las cortinas no están echadas. "Estará regando las plantas", pienso para mis adentros. Me acerco a la cristalera, intentando habituar mi vista a la negrura exterior. Comienzo a distinguir los tiestos de barro cuando algo me sobresalta, una sombra que pasa veloz de un extremo a otro. Busco el interruptor de la luz, que enciendo al mismo tiempo que un gato negro se abalanza contra el cristal. Retrocedo un paso, el cristal amortigua el ataque, y cuando el gato se recompone, salta al balcón de al lado. "Puto gato de los cojones", gruño con mal genio. Lo que me faltaba para acabar el día, el maldito gato del vecino que no tiene mejor cosa que hacer que excavar en nuestras macetas. Atravieso el salón para entrar a la cocina y coger la escoba. "La próxima vez se come el palo de la escoba", murmuro mientras vuelvo a recoger el estropicio que ha armado en el balcón.

Le oigo bramar. Maldice a un gato. Si él supiera que el gato huye de mí, que sólo le está avisando de mi presencia... Pobre animal. El ser humano, la peor peste de todos los tiempos. Cada hecho, cada acción así lo demuestra. La raza humana debe llegar a su fin. Pero paciencia, todo a su tiempo. De momento empezamos por algo pequeño, algo insignificante, un hombre cualquiera no pondrá en alerta a la policía ni a nadie de lo que depara el futuro, el nuevo futuro donde el hombre nunca existió.

Aún así, es extraño cómo funciona el cerebro humano, la complejidad que lo caracteriza. Este desgraciado aún no echa en falta algo, algo que supone ser algo tan importante para él. Pobre humano tonto...

Recojo la tierra esparcida por las baldosas de la terraza y vuelvo a la cocina. De pronto, no recuerdo haber oído respuesta de María cuando entré. La llamo por su nombre y asomo la cabeza por el pasillo, esperando. Nada, sólo silencio. Dejo la escoba y me dirijo al baño. Vacío. El dormitorio, el despacho y el comedor también están vacíos. "¿Dónde estará?". Vuelvo al salón, marco su número de teléfono móvil. Espero hasta que los tonos terminan. Cuelgo y vuelvo a llamar. Empieza a preocuparme, ella no suele ignorar el móvil. De nuevo los mismos tonos que martillean mi impaciencia. Cuelgo. Pienso que lo mismo ha ido a casa de su madre. Pero ¿no me ha dejado ninguna nota? Algo inquieto, voy al office y enciendo el ordenador. Tengo mucho trabajo que hacer antes de mañana.

Mientras el ordenador arranca cojo de la nevera un tentempié para saciar el hambre hasta que llegue María y cenemos. Suele esperar mi llegada para decidir la cena, la preparamos, luego nos sentamos a ver la televisión y nos vamos a dormir. La rutina de cada día. A veces pienso que tenemos una vida algo aburrida, pero a mí me gusta tal y como es, y a ella parece que tampoco le desagrada pues nunca se ha quejado.
El ordenador por fin se enciende y muestra el escritorio donde miles de iconos ocultan nuestra foto de viaje de novios en Punta Cana. Abro el Excel a tiempo para recordar que el pen drive lo he olvidado en el salón, dentro de mi maletín.

Vuelvo junto al sofá, levanto el abrigo y el maletín no está. En vano lo busco por todo el salón, y en la cocina. La idea de habérmelo olvidado en el metro hace que me suden las manos. Todo lo que hay en ese maletín, toda la documentación privada de mi empresa... Me cortan el cuello, motivo de despido clarísimo. Se me acelera el corazón. Quizá lo haya llevado al office cuando encendí el ordenador. Vuelvo al cuarto, lo registro todo cada vez más histérico. Busco por toda la casa. No puede ser, ¡tiene que aparecer!

Lo oigo corretear por toda la casa, gruñendo y maldiciendo. Intento aguantar la risa desde mi escondite con el maletín a mis pies. No hay nada malo en jugar con la comida antes de comérsela, ¿no? Bueno, creo que va siendo hora de librarle de sus preocupaciones, de tanto trabajo, tantas responsabilidades de las que se quejan y son ellos mismos quienes se las imponen. No he visto ser más tonto que el humano en toda mi existencia.

Sigo buscando por debajo de los muebles, entre los cojines, en los bolsillos del abrigo... Nada. Y mi memoria me juega malas pasadas ignorando el simple gesto de recoger el maletín del suelo al llegar a mi parada. ¿O me lo estoy imaginando? Por el rabillo del ojo me parece ver algo brillar, me giro pensando que es el reflejo de una ventana pero lo que veo que se abalanza contra mí es un bulto con un cuchillo en alto.

Intento esquivarlo, le empujo, me defiendo con los puños que pronto empiezan a escocer y a sangrar. El filo del cuchillo tan sólo es una rápida estela brillante manchada de rojo oscuro. Forcejeamos pero con su pierna hace una llave que provoca mi caída. Está sobre mí, con todo su peso, y una rodilla me oprime el pecho. Me cuesta respirar pero sigo luchando. Con ambas manos le sujeto el puño que sostiene el cuchillo, a escasos centímetros de mi cara.

Pero no cuento con su otra mano. Asesta una puñalada en mi costado, y un dolor punzante recorre mi espalda. No sé de dónde ha salido el otro puñal. De forma macabra me lo enseña y lo arrastra por mi cara. Horrorizado contemplo que no es un puñal, es su propia mano, una garra metálica a modo de prótesis con forma cónica como una tuneladora. Y entonces miro sus ojos, ojos redondos, puntos brillantes, como LEDs, sin iris ni párpados. Y su piel, oculta bajo una capucha, parece brillante, como si fuese de metal... "¡¿Qué es esto?!", es el último pensamiento que recorre mi mente cuando su prótesis cónica atraviesa mi cráneo.

viernes, 18 de enero de 2013

Sonatina

Con motivo del 146 aniversario del nacimiento de Rubén Darío, hoy Google ha hecho un doodle con un cisne, y me ha sido imposible recordar cuando estudié a este poeta en el instituto. El Modernismo nunca ha sido el movimiento literario santo de mi devoción (soy más dada al pesimismo crudo de la Generación del 98). Pero recuerdo los rasgos que caracterizaban ese movimiento y, en concreto, recuerdo pavos reales y cisnes por doquier... En aquel entonces leí por primera vez un poema, la Sonatina (el único que recuerdo de este autor, o al menos lo relaciono directamente con él) en el que claramente se veían las imágenes exóticas, brillantes de las que hablaba mi profesora de Literatura, pero creo que se quedó tan grabado en mi mente por la nostalgia y la pena que había entre tanto sol, tanto oro y tanto cisne.



La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? 
Los suspiros se escapan de su boca de fresa, 
que ha perdido la risa, que ha perdido el color. 
La princesa está pálida en su silla de oro, 
está mudo el teclado de su clave sonoro, 
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor. 

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales. 
Parlanchina, la dueña dice cosas banales, 
y vestido de rojo piruetea el bufón. 
La princesa no ríe, la princesa no siente; 
la princesa persigue por el cielo de Oriente 
la libélula vaga de una vaga ilusión. 

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China, 
o en el que ha detenido su carroza argentina 
para ver de sus ojos la dulzura de luz? 
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes, 
o en el que es soberano de los claros diamantes, 
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? 

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar. 

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, 
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, 
ni los cisnes unánimes en el lago de azur. 
Y están tristes las flores por la flor de la corte, 
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, 
de Occidente las dalias y las rosas del Sur. 

¡Pobrecita princesa de los ojos azules! 
Está presa en sus oros, está presa en sus tules, 
en la jaula de mármol del palacio real; 
el palacio soberbio que vigilan los guardas, 
que custodian cien negros con sus cien alabardas, 
un lebrel que no duerme y un dragón colosal. 

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! 
(La princesa está triste. La princesa está pálida.) 
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! 
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe, 
(La princesa está pálida. La princesa está triste.) 
más brillante que el alba, más hermoso que abril! 

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-; 
en caballo, con alas, hacia acá se encamina, 
en el cinto la espada y en la mano el azor, 
el feliz caballero que te adora sin verte, 
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, 
a encenderte los labios con un beso de amor».

sábado, 12 de enero de 2013

El paquete

La lluvia descendía a plomo cuando salió del trabajo. De los árboles caían las últimas hojas del otoño, anunciando la llegada del invierno. Se subió el cuello de la gabardina y se encasquetó su gorro de lana. La cafetería se encontraba junto al río y el frío que le helaba los huesos era el de todos los días. Turistas equipados con impermeables de colores horribles llamaban la atención en aquel día grisáceo. Hacían fotos a diestro y siniestro y decían algo que él no entendía. Era su clientela habitual, hacerse entender con ellos a veces era una aventura.

Sin embargo,mientras caminaba hacia el puente,distinguió una figura femenina sentada en un banco. Permanecía muy quieta, mirando fijamente el río. Apenas llevaba un abrigo y el agua resbalaba por sus cabellos. Debía de estar pasando mucho frío a saber por el temblor de su barbilla. Sujetaba algo en las manos, un objeto cuadrado sobre el que pasaba su mano de vez en cuando, como si no se diera cuenta.

Él siguió caminando hacia ella y entonces la vio, estaba llorando. Ella no parecía percatarse de su observador hasta que él se acercó y le preguntó si necesitaba ayuda. Ella salió de su obnubilación y le dirigió una fiera mirada acusadora. Él retrocedió unos pasos cuando la mujer se alzó y se acercó a la valla que rodeaba el río. Se le heló la sangre al verla trepar y fue tras ella. Pero en realidad tan sólo estaba subiendo para poder lanzar el paquete al río. El muchacho vigiló que ningún bobby anduviera por la zona, o se les caería el pelo, pero ella ni se inmutó. Bajó de la valla y vio alejarse el bulto con la corriente.


Tras unos minutos se apartó, introdujo sus manos en los bolsillos y se disponía a andar cuando se giró y se encontró cara a cara con el chico, quien la miraba con reproche.
- Es de mala educación no responder a quien ofrece ayuda.
- Es de mala educación espiar a desconocidos.


Y prosiguió su camino como si nada. El chico decidió no darle más vueltas y también se puso en marcha. Quién le iba a decir que al día siguiente volvería a verla, pero esta vez en la columna de sucesos. Se la buscaba por haber robado objetos valiosos de la Torre de Londres.