miércoles, 27 de agosto de 2014

Huir


intr. y prnl. Marcharse rápidamente de un lugar para evitar un daño o peligro. · intr. y tr. Apartarse de alguien o evitar algo molesto perjudicial.



Desaparecer era su objetivo. Pero el tren no estaba por la labor. Acurrucada en una incómoda silla de la estación, se calaba la gorra al mismo tiempo que observaba a un lado y a otro desde detrás de aquellas gafas de sol. No llamaba la atención, hacía un sol nauseabundo.

No era fugarse. Nadie sabía que se iba, nadie se daría cuenta hasta pasado un tiempo, pero tampoco iban a buscarle. Sólo quería no dar explicaciones si alguien la reconocía en aquella sala de espera. Era triste, no preguntarían por ella tras unos días. Y en todo caso, sería él.

Lo que quería era escapar. ¿Pero de qué? De él. Del que le rompía el corazón una y otra vez. En el que confió ciegamente y por el que cayó. De boca, contra el suelo. Del cielo al infierno en cero coma. Y sin frenos. Ése es el poder que le dio, y que él supo utilizar.

Esquivó una señora que cargaba una maleta y amenazaba con caerle encima. Ocupó su asiento asignado y el tren se puso en marcha.

La ciudad se apartó dejando paso a los campos. Verde, amarillo, y más verde. Y azul, mucho azul arriba y en el horizonte, tapado por nubes blancas y esponjosas. Primavera. Estación que sirve para salir del letargo, disfrutar del buen tiempo, enamorarse.


Rehuyó de aquel pensamiento. De nuevo él. Tan sólo mencionaba su nombre y el dolor volvía. Remordimientos, arrepentimiento. Reincidente en aquel verano, cuando él volvió en el peor momento con aires de superhéroe que la salvaría.

Evitó aquel verano. Las mañanas calurosas en aguas cristalinas. El chapoteo y las ahogadillas. Piscina o playa, daba lo mismo. Todo todos los días. Y tumbarse el uno junto al otro, y conversar de todo y de nada a la vez. Conversaciones banales tostándose al sol.  Las salidas de compras al atardecer, tomando un café, hablando de los sueños que quería cumplir cada uno, horas que parecían segundos, horas llenas de sueños hechos diálogo. Las noches estrelladas jugando, intercambiando cartas y miradas. Evitó todos los buenos recuerdos, todos fantásticos, todos falsos. Toda la base que fundamentó la caída. Todo lo que desembocó en sentirse la más estúpida sobre la faz de la tierra.

Y entonces vio desvanecerse la cortina.

Estaba huyendo, pero ¿de qué? ¿De él? No.
De sí misma. Del sentimiento de culpa, de haber confiado antes de tiempo, de creer que él arreglaría su corazón roto cuando lo único que hizo fue hacerlo polvo. Polvo que se había llevado el viento, como el que impulsaba aquellos molinos de la ventana del vagón. No le gustaba saberse vulnerable, de haber perdido en aquella batalla, de haberse entregado a alguien que no lo merecía. Que no le correspondía.

Pero lo peor es que no podía evitarlo. Podía cambiar de lugar pero no podía cambiar su forma de ser y de sentir. Antes o después volvería a caer.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Miércoles de Ceniza

Se conocieron cuando tenían 15, era un miércoles de ceniza y él se declaró con una rosa. Daniel era así de dulce y romántico. Elvira, infantil y fantasiosa, cayó en sus brazos sin dudarlo. Pensaron que los cuentos de hadas existían y los hicieron realidad. A los 20 decidieron vivir juntos, demasiado pronto decía la gente. Pero estaban enamorados, el resto ¿qué importaba? Primeros años, todo iba bien. Apenas se veían pero compartían breves momentos inolvidables, y cada miércoles Daniel le traía una rosa del jardín de la universidad.

Los estudios acabaron, empezó la ardua tarea de encontrar trabajo. Recorrieron juntos la ciudad, probando suerte en todos lados hasta que al final, primero Elvira y y luego Daniel, les tocó. Cada mañana se levantaban juntos, y a la noche uno esperaba al otro para cenar, acompañados por una rosa nueva cada mitad de semana.

Pero los años acarreaban arrugas, facturas, responsabilidades. Elvira no quería crecer y Daniel estaba demasiado ocupado cuadrando facturas sin pagar y buscando un segundo empleo a tiempo parcial. Elvira cenaba y se iba a la cama sola, pero dejaba cena preparada para cuando Daniel volviera. Daniel volvía sin ganas de comer y se sentaba en el sofá hasta bien entrada la madrugada.

Ya no coincidían ni en el tiempo ni el espacio, la casa se había convertido en un mero hotel donde asearse, preparar comidas, dormir si cabía. Las rosas pasadas yacían marchitas en un jarrón, y las futuras nunca lo serían.

Hasta que un día sus miradas se volvieron a cruzar, miradas desencantadas, tristes, vacías. No hizo falta decir nada, permanecieron en silencio mirándose mutuamente. Y entonces comprendieron.

Daniel cogió su chaqueta y salió por la puerta al mismo tiempo que Elvira se dejaba caer encima de la cama.



A los pocos minutos, Daniel volvió con una margarita:
- Hola, me llamo Daniel. ¿Puedo invitarte a cenar? - Ante lo que Elvira asintió con una sonrisa.

lunes, 18 de agosto de 2014

"Ya, pero ¿y si me sale bien?"

Hace un tiempo en el muro del Facebook de una amiga vi que había puesto el enlace a un vídeo con el título "¿Te atreves a soñar?" . Son de esas cosas que te pones a ver porque no tienes nada mejor que hacer, y al final acabas dándole vueltas al coco acerca de lo que acabas de descubrir.

En este caso estuve totalmente de acuerdo con el vídeo, y sigo estándolo. Empezando por lo del cuento de la lechera, que siendo tan pequeña cuando lo leí por primera vez me deprimió, y mucho. ¿En eso consistían los sueños? ¿Eso mismo iba a pasarles a los míos, iban a terminar rompiéndose contra el suelo? Pero antes de que pudieran hacerlo, ya los estampé yo contra el suelo y los deseché. Años más tarde, en el instituto mi mentalidad cambió y decidí también cambiar mi modo de ver las cosas, a hacer las cosas que me gustaban en ese exacto momento, sin pensar en el futuro que tanto me asustaba. Así pues me apliqué bien en los estudios, descubriendo que algunas cosas, como la literatura, el arte o los idiomas (desde el inglés hasta el latín), me producían una inmensa curiosidad y por tanto, me encantaba aprender de ellas cada vez más.

Luego vendría la universidad, y la ansiedad de hacer LA elección. Elegir una carrera lo ponían como escoger un camino de un sólo sentido hacia un único futuro. Es curioso, pero cosas tan tontas como las dudas al respecto las recuerdo como si hubieran ocurrido ayer. En aquel momento sólo sabía que me encantaba escribir, y por tanto la gente me aconsejaba ser periodista. Pero luego, con toda la información que te dan previamente a ingresar en la universidad, ves otras carreras y ves que algunas despiertan el mismo interés que la escritura, como me sucedió con algunas carreras de idiomas, o las que iban encaminadas hacia el mundo de la música, quería desdoblarme y estudiar todas y así no tener que elegir sólo una. Pero al final, te pones a hablar con la gente, y como dice el vídeo, te dejas influenciar sin escuchar lo que realmente quieres, y te dejas llevar. No es que me aconsejaran mal, ni mucho menos. No me arrepiento de haber escogido Filología Hispánica, sólo a veces de haberlo dejado sin acabar, porque todo lo que aprendí en esos pocos años aún lo conservo, porque puede ser que no resulte útil saber la diferencia entre consonantes guturales o labiales, o el por qué en español se componen menos palabras que en inglés, pero son cosas que aprendí en su momento, que me encantaron aprender y que aún guardo en mi memoria. Datos sin utilidad, sí, pero me gusta saberlos por simple y llana curiosidad.

La misma curiosidad que me hizo ver qué era eso del internet, de seguirle la pista a un grupo que empezaba a sonar por la radio (Keane), a redescubrir que Mark Owen no estaba tan en la sombra como pensaba, y tantas cosas que desembocaron en cosas mucho, muchísimo, mejores. Conocí a personas de distintos puntos de España, incluso de fuera de España, pudiendo no sólo empezar a poner en práctica los años de inglés que había estudiado, sino conocer otras culturas y costumbres, descubriendo que Reino Unido no sólo me gustaba por ser de donde provenía mi banda favorita, sino también por todo lo que ofrecía su capital. Conocí a personas maravillosas a las que ahora, años después, y aún con el contacto perdido, daría lo que fuera si necesitaran de mi ayuda. Si no me hubiera atrevido a ir al concierto de Keane, si no le hubiera pedido el favor a mi padre de llevarme hasta Barcelona, sé que muchas cosas serían distintas. Una cosa tan tonta, ya ves...

Le eché valentía. Dicen que fui una valiente, y temeraria al dejarlo todo por venir a Madrid. Pero, como dice el vídeo, "¿y si me sale bien?". Me lancé a la piscina sin saber si estaba llena o vacía, pero lo intenté. Y salí ganando, aunque perdí al mismo tiempo. Más valentía supuso para mí cruzar unas míseras palabras frente a mi ídolo de la adolescencia (y de ahora), y explicarle lo mucho que me habían ayudado sus letras. El mismo corte que me sigue dando hoy en día acercarme por primera vez a un desconocido cuya música me encanta. Pero lo hago, aunque me cueste. Y si no hubiera hablado con Mark, no tendría ese empujoncito interno, quizás hoy no conocería tanta música, tantos grupos y tanta gente que a pesar de seguir siendo desconocidos, puedo decir a ciencia cierta quiénes son un encanto y quiénes no, y no suponerlo desde la distancia, como ver los toros desde la barrera, y criticar por las apariencias. Igual de valiente, pero que no volveré a repetir, es el primer viaje que hice a Reino Unido, sin que nadie lo supiera, sin nada de nada, ni un mísero penique. Lo hice, lo pasé mal, aprendí y ya no se ha vuelto a repetir. Porque cuantos más errores, más aprendemos. Escoger un camino u otro, y ser consecuente con tu elección. ¿Que fallas? No pasa nada, tienes siete vidas. Siempre hay opciones.

Y es que escoger un camino no significa cerrarte a otros. Nunca se sabe qué depara el futuro, puede ser que surja de nuevo la oportunidad, el momento correcto, o puede que no. Pero no importa el camino si haces lo que te gusta, y aunque yo he dado muchos tumbos, y tengo mis espinitas de lo que pudo haber sido y no fue, puedo decir que me gusta mi vida.Y si he tenido que dar tantas vueltas para llegar aquí, las volvería a dar. De igual manera que me podría haber ido muy bien de periodista o de profesora de literatura, me podría haber ido muy mal. Suposiciones. Soy perfeccionista, todo se puede mejorar, pero no muchos pueden decir que les gusta la ciudad donde viven, o el trabajo que tienen. ¿Podría vivir mejor? Sí, en pleno centro de la capital. ¿Podría tener un trabajo mejor? De secretaria de un mánager musical, por ejemplo. Pero hoy por hoy, estoy feliz con lo que tengo y lo que soy. Mañana, ya veremos qué trae mañana...

viernes, 15 de agosto de 2014

Sentidos - relato Renfe 2014

Hace algún tiempo ya dije que lo pondría, esperando el fallo del jurado pues no admiten microrrelatos publicados (o eso dicen).



SENTIDOS


Cada amanecer buscaba la cabellera pelirroja en la parada de Pozuelo. Su perfume de rosas le embriagaba nada más aproximarse. Durante el trayecto espiaba sus grandes ojos azules, sus suaves pómulos, el hoyuelo cuando sonreía… ¡Ay, su sonrisa! ¡Qué diera por oírla reír!

Hasta que ella se giró, y le habló. Él movió los labios sin saber cómo explicarse. Ella sonrió de nuevo:
- Me llamo Diana y soy profesora de educación especial. ¿Cómo te llamas? – le preguntó a través de las manos.




¿De dónde surgió la idea de hacer un relato así? Porque pensé que sería original tratar otro tipo de discapacidad que no fuera ir en sillas de ruedas o invidente, casos que suelen darse en este concurso. Y las historias románticas siempre me han gustado más que hacer una crítica social, la cual tampoco tiene mucha cabida en este certamen.

En fin, otro año será, y si no, el siguiente. Tengo que ir pensando de momento en qué voy a escribir para la convocatoria de 2015.

jueves, 14 de agosto de 2014

Un mal día

Hoy es de esos días en que todo lo que ves, todo lo que oyes, todo lo que lees, es la manera en la que el país se va al garete.

Para empezar, a principios de mes, nos avisan de un despido colectivo. 800 personas se quedan en la calle, sin más, por carta fría alegando problemas económicos. No me jodas... A veces pienso que cuanto más mentiroso y egoísta eres, más alto llegas. Porque que me digan qué alto ejecutivo de esa empresa ha decidido rebajarse el sueldo, o prescindir de complementos salariales del puesto para que esas casi 350 familias no se queden sin trabajo. ¿Que con eso no llega para evitar los despidos? ¿Y por qué no despiden al niñato, sobrino del mandamás, que no pega palo al agua y por no hacer nada recibe un sueldo que dobla el de un machaca corriente? Grano a grano se forma la playa, y si recortan de donde deben recortar, la realidad sería muy distinta. Encerraría y mataría de hambre a todos esos cobardes egoístas que prefieren sacrificar la vida laboral de sus trabajadores a privarse del BMW de la empresa, de la oficina en la Castellana de Madrid/en Maisonnave en Alicante, o de las vacaciones en la playa. Por otro lado, los hay que no despiden pero bien que piden sacrificio a los trabajadores, que "hay que ajustarse el cinturón" dicen... Tendrán poca vergüenza, renuncia tú a los pluses de tu puesto, hipócrita. Rebájate tú el sueldo, sé el primero en dar ejemplo, ahórrate tanto taxi y tanta comida de empresa que tan sólo es una comilona con tus amiguetes.

Y si se te ocurre exigir y luchar por tus derechos, ahí tienes la puerta, porque hay 20 como tú o mejor. Encima te ningunean, te infravaloran a ti y a tu trabajo. Pero bueno, ignorar el trabajo que haces es técnica habitual. Eso sí, que se te ocurra no sacarlo adelante que te cae toque de atención como poco. En el mejor (entre comillas) de los casos luchar por tus derechos y que se reconozca tu trabajo se convierte en una espiral burocrática, más cuando tu solicitud tiene que escalar la pirámide de jefes, subjefes, responsables...

Y acudes a la justicia pensando que ellos van a reconocer la verdad. ¿Y con qué te encuentras? Facturas de abogados que te cobran lo que les sale del pie (con la de pasta que ya les paga el contrario cuando ganan un juicio), y jueces que te dan la razón pero apenas te dan lo que realmente te mereces; eso si no tienes que pagarles costas o tasas, a cada cual más complicada de entender pero que de doscientos pavos no baja la broma. Además de la paciencia que tienes que echarle, porque te tiras con un procedimiento judicial "de los sencillitos" mínimo tres años. Para que luego al final, tu empresa esté en quiebra, y tengas que esperar otros dos años a cobrar del Fondo de Garantía. Y mientras familias que se mueren de hambre porque se les ha agotado el paro o trabajadores que se mueren sin más, de viejos o por cáncer, esa palabra que en mi trabajo cada vez suena más. Se te cae el alma a los pies cuando vienen a decirte que no pueden acudir al juicio por la quimio pero que quieren seguir adelante con su reclamación, que es su derecho, y para eso es su dinero con el que están jugando. Pero ves el ritmo que tiene la justicia, y sólo puedes sentir impotencia.

Hipocresía, egoísmo, avaricia... Es lo que gobierna hoy en día. Pero soy una optimista incluso en días de mierda, y sé que esto el día menos esperado explotará, por un lado o por otro, pero lo hará, y entonces nos preguntaremos qué ha pasado.

martes, 12 de agosto de 2014

Escribir, escribir y escribir

Hoy he empezado un libro, "Rabia", del que sólo llevo 15 páginas y ya me ha capturado. Es un libro dirigido a adolescentes, pero como gran parte de los que tengo. ¿Y qué? Y no sólo combina la típica problemática de esa etapa, sino que también habla de música y de escribir relatos. De ahí lógicamente el por qué me ha enganchado tanto y tan rápido.

Pero por la página donde me he quedado leyendo hoy, donde la protagonista conoce a un escritor de renombre, me ha hecho pensar en el tiempo que llevo escribiendo "cosas", pero más en por qué empecé a hacerlo. Y no he encontrado una señal ni nada que provocara que de un día para otro se me encendiera la bombilla y empezara a escribir lo que se me pasaba por la cabeza.

Incluso puede ser que venga de antes, pues mi primer relato ha permanecido inerte en mi cabeza, pero lo recuerdo al completo sin variar una coma ni cambiar una frase. Nunca me ha dado por escribirlo, y no descarto hacerlo algún día. Es un relato tonto, infantil, pero es el relato más antiguo que conservo.

De igual forma recuerdo las horas empleadas en los famosos cuadernos Rubio de caligrafía, porque al parecer tenía una letra tan horrible que me recetaron los dichosos cuadernillos todos los días, más intensivamente en verano. Aburrimiento a más no poder, pero quizá mi nueva letra ya legible me gustó tanto que empecé a escribir por el simple hecho narcisista de verla.

Otra causa por la cual podría haber empezado a escribir, y que creo que comparte mucha gente, es usar la escritura como vía de escape. Escapar de la rutina, crear mundos y vidas paralelas, huir de un presente no deseado, que te disgusta y que te ahoga. Poder ver plasmado a través de sílabas y signos de puntuación tus sueños, tus anhelos, tus metas... Como si estuvieran más cerca de la realidad que de la imaginación de donde surgen.

Y de igual manera existe la escritura como catarsis, como medio para el desahogo. La rabia de la que habla la novela: se te acumula tanta que al final tiene que salir por un medio o por otro. Y la escritura es uno de los más sutiles. ¿Que te cae mal un profesor de clase? Pues escribes un relato de terror y se convierte en la primera víctima de la trama (je, je, je). Y quien dice rabia, dice desasosiego, tristeza, melancolía, enfado, impotencia... Tantos sentimientos de los que cuesta despegarse pero de los que nos sentimos redimidos una vez nos hemos librado de ellos.


Pero al fin y al cabo, ¿qué importa por qué? Nada. Pero la curiosidad me puede a menudo, y cuando mi memoria no encuentra con qué saciarla, más vueltas le doy. Recuerdo por qué dejé de escribir a los 18, recuerdo que, antes, esos diez años fue un no parar, cada día escribía algo, y continuaba lo que tenía empezado, y escribía teatro, poesía... Y luego de pronto lo dejé. Lo recuperé pasado un tiempo, y hasta hoy... Y, bueno, hoy es hoy. Nada volverá a ser lo mismo, pero sigo escribiendo lo que se me pasa en la cabeza, pero me falta ese empuje que tenía a los 12, esa motivación que me hacía robarle tiempo a otras cosas para aplicarlo en escribir, sin luego arrepentirme de ello. Y tenía que escribir sobre ello, porque lo echo en falta.