sábado, 19 de enero de 2013

Plan de exterminio

Vuelvo a casa derrotado del trabajo, con la cabeza llena de quejas y de órdenes. Me va a estallar. Alzo la voz saludando a quien me espera como cada día, la única persona que me hace sentir bien, la que puede apaciguar las voces en mi cabeza, mi esposa María.

Cierro la puerta y echo la llave. A través del gran ventanal que decora la pared norte del salón veo tan sólo la oscuridad de la noche. Las cortinas no están echadas. "Estará regando las plantas", pienso para mis adentros. Me acerco a la cristalera, intentando habituar mi vista a la negrura exterior. Comienzo a distinguir los tiestos de barro cuando algo me sobresalta, una sombra que pasa veloz de un extremo a otro. Busco el interruptor de la luz, que enciendo al mismo tiempo que un gato negro se abalanza contra el cristal. Retrocedo un paso, el cristal amortigua el ataque, y cuando el gato se recompone, salta al balcón de al lado. "Puto gato de los cojones", gruño con mal genio. Lo que me faltaba para acabar el día, el maldito gato del vecino que no tiene mejor cosa que hacer que excavar en nuestras macetas. Atravieso el salón para entrar a la cocina y coger la escoba. "La próxima vez se come el palo de la escoba", murmuro mientras vuelvo a recoger el estropicio que ha armado en el balcón.

Le oigo bramar. Maldice a un gato. Si él supiera que el gato huye de mí, que sólo le está avisando de mi presencia... Pobre animal. El ser humano, la peor peste de todos los tiempos. Cada hecho, cada acción así lo demuestra. La raza humana debe llegar a su fin. Pero paciencia, todo a su tiempo. De momento empezamos por algo pequeño, algo insignificante, un hombre cualquiera no pondrá en alerta a la policía ni a nadie de lo que depara el futuro, el nuevo futuro donde el hombre nunca existió.

Aún así, es extraño cómo funciona el cerebro humano, la complejidad que lo caracteriza. Este desgraciado aún no echa en falta algo, algo que supone ser algo tan importante para él. Pobre humano tonto...

Recojo la tierra esparcida por las baldosas de la terraza y vuelvo a la cocina. De pronto, no recuerdo haber oído respuesta de María cuando entré. La llamo por su nombre y asomo la cabeza por el pasillo, esperando. Nada, sólo silencio. Dejo la escoba y me dirijo al baño. Vacío. El dormitorio, el despacho y el comedor también están vacíos. "¿Dónde estará?". Vuelvo al salón, marco su número de teléfono móvil. Espero hasta que los tonos terminan. Cuelgo y vuelvo a llamar. Empieza a preocuparme, ella no suele ignorar el móvil. De nuevo los mismos tonos que martillean mi impaciencia. Cuelgo. Pienso que lo mismo ha ido a casa de su madre. Pero ¿no me ha dejado ninguna nota? Algo inquieto, voy al office y enciendo el ordenador. Tengo mucho trabajo que hacer antes de mañana.

Mientras el ordenador arranca cojo de la nevera un tentempié para saciar el hambre hasta que llegue María y cenemos. Suele esperar mi llegada para decidir la cena, la preparamos, luego nos sentamos a ver la televisión y nos vamos a dormir. La rutina de cada día. A veces pienso que tenemos una vida algo aburrida, pero a mí me gusta tal y como es, y a ella parece que tampoco le desagrada pues nunca se ha quejado.
El ordenador por fin se enciende y muestra el escritorio donde miles de iconos ocultan nuestra foto de viaje de novios en Punta Cana. Abro el Excel a tiempo para recordar que el pen drive lo he olvidado en el salón, dentro de mi maletín.

Vuelvo junto al sofá, levanto el abrigo y el maletín no está. En vano lo busco por todo el salón, y en la cocina. La idea de habérmelo olvidado en el metro hace que me suden las manos. Todo lo que hay en ese maletín, toda la documentación privada de mi empresa... Me cortan el cuello, motivo de despido clarísimo. Se me acelera el corazón. Quizá lo haya llevado al office cuando encendí el ordenador. Vuelvo al cuarto, lo registro todo cada vez más histérico. Busco por toda la casa. No puede ser, ¡tiene que aparecer!

Lo oigo corretear por toda la casa, gruñendo y maldiciendo. Intento aguantar la risa desde mi escondite con el maletín a mis pies. No hay nada malo en jugar con la comida antes de comérsela, ¿no? Bueno, creo que va siendo hora de librarle de sus preocupaciones, de tanto trabajo, tantas responsabilidades de las que se quejan y son ellos mismos quienes se las imponen. No he visto ser más tonto que el humano en toda mi existencia.

Sigo buscando por debajo de los muebles, entre los cojines, en los bolsillos del abrigo... Nada. Y mi memoria me juega malas pasadas ignorando el simple gesto de recoger el maletín del suelo al llegar a mi parada. ¿O me lo estoy imaginando? Por el rabillo del ojo me parece ver algo brillar, me giro pensando que es el reflejo de una ventana pero lo que veo que se abalanza contra mí es un bulto con un cuchillo en alto.

Intento esquivarlo, le empujo, me defiendo con los puños que pronto empiezan a escocer y a sangrar. El filo del cuchillo tan sólo es una rápida estela brillante manchada de rojo oscuro. Forcejeamos pero con su pierna hace una llave que provoca mi caída. Está sobre mí, con todo su peso, y una rodilla me oprime el pecho. Me cuesta respirar pero sigo luchando. Con ambas manos le sujeto el puño que sostiene el cuchillo, a escasos centímetros de mi cara.

Pero no cuento con su otra mano. Asesta una puñalada en mi costado, y un dolor punzante recorre mi espalda. No sé de dónde ha salido el otro puñal. De forma macabra me lo enseña y lo arrastra por mi cara. Horrorizado contemplo que no es un puñal, es su propia mano, una garra metálica a modo de prótesis con forma cónica como una tuneladora. Y entonces miro sus ojos, ojos redondos, puntos brillantes, como LEDs, sin iris ni párpados. Y su piel, oculta bajo una capucha, parece brillante, como si fuese de metal... "¡¿Qué es esto?!", es el último pensamiento que recorre mi mente cuando su prótesis cónica atraviesa mi cráneo.

viernes, 18 de enero de 2013

Sonatina

Con motivo del 146 aniversario del nacimiento de Rubén Darío, hoy Google ha hecho un doodle con un cisne, y me ha sido imposible recordar cuando estudié a este poeta en el instituto. El Modernismo nunca ha sido el movimiento literario santo de mi devoción (soy más dada al pesimismo crudo de la Generación del 98). Pero recuerdo los rasgos que caracterizaban ese movimiento y, en concreto, recuerdo pavos reales y cisnes por doquier... En aquel entonces leí por primera vez un poema, la Sonatina (el único que recuerdo de este autor, o al menos lo relaciono directamente con él) en el que claramente se veían las imágenes exóticas, brillantes de las que hablaba mi profesora de Literatura, pero creo que se quedó tan grabado en mi mente por la nostalgia y la pena que había entre tanto sol, tanto oro y tanto cisne.



La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? 
Los suspiros se escapan de su boca de fresa, 
que ha perdido la risa, que ha perdido el color. 
La princesa está pálida en su silla de oro, 
está mudo el teclado de su clave sonoro, 
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor. 

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales. 
Parlanchina, la dueña dice cosas banales, 
y vestido de rojo piruetea el bufón. 
La princesa no ríe, la princesa no siente; 
la princesa persigue por el cielo de Oriente 
la libélula vaga de una vaga ilusión. 

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China, 
o en el que ha detenido su carroza argentina 
para ver de sus ojos la dulzura de luz? 
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes, 
o en el que es soberano de los claros diamantes, 
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? 

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa 
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 
tener alas ligeras, bajo el cielo volar; 
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 
saludar a los lirios con los versos de mayo 
o perderse en el viento sobre el trueno del mar. 

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, 
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, 
ni los cisnes unánimes en el lago de azur. 
Y están tristes las flores por la flor de la corte, 
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, 
de Occidente las dalias y las rosas del Sur. 

¡Pobrecita princesa de los ojos azules! 
Está presa en sus oros, está presa en sus tules, 
en la jaula de mármol del palacio real; 
el palacio soberbio que vigilan los guardas, 
que custodian cien negros con sus cien alabardas, 
un lebrel que no duerme y un dragón colosal. 

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! 
(La princesa está triste. La princesa está pálida.) 
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! 
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe, 
(La princesa está pálida. La princesa está triste.) 
más brillante que el alba, más hermoso que abril! 

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-; 
en caballo, con alas, hacia acá se encamina, 
en el cinto la espada y en la mano el azor, 
el feliz caballero que te adora sin verte, 
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, 
a encenderte los labios con un beso de amor».

sábado, 12 de enero de 2013

El paquete

La lluvia descendía a plomo cuando salió del trabajo. De los árboles caían las últimas hojas del otoño, anunciando la llegada del invierno. Se subió el cuello de la gabardina y se encasquetó su gorro de lana. La cafetería se encontraba junto al río y el frío que le helaba los huesos era el de todos los días. Turistas equipados con impermeables de colores horribles llamaban la atención en aquel día grisáceo. Hacían fotos a diestro y siniestro y decían algo que él no entendía. Era su clientela habitual, hacerse entender con ellos a veces era una aventura.

Sin embargo,mientras caminaba hacia el puente,distinguió una figura femenina sentada en un banco. Permanecía muy quieta, mirando fijamente el río. Apenas llevaba un abrigo y el agua resbalaba por sus cabellos. Debía de estar pasando mucho frío a saber por el temblor de su barbilla. Sujetaba algo en las manos, un objeto cuadrado sobre el que pasaba su mano de vez en cuando, como si no se diera cuenta.

Él siguió caminando hacia ella y entonces la vio, estaba llorando. Ella no parecía percatarse de su observador hasta que él se acercó y le preguntó si necesitaba ayuda. Ella salió de su obnubilación y le dirigió una fiera mirada acusadora. Él retrocedió unos pasos cuando la mujer se alzó y se acercó a la valla que rodeaba el río. Se le heló la sangre al verla trepar y fue tras ella. Pero en realidad tan sólo estaba subiendo para poder lanzar el paquete al río. El muchacho vigiló que ningún bobby anduviera por la zona, o se les caería el pelo, pero ella ni se inmutó. Bajó de la valla y vio alejarse el bulto con la corriente.


Tras unos minutos se apartó, introdujo sus manos en los bolsillos y se disponía a andar cuando se giró y se encontró cara a cara con el chico, quien la miraba con reproche.
- Es de mala educación no responder a quien ofrece ayuda.
- Es de mala educación espiar a desconocidos.


Y prosiguió su camino como si nada. El chico decidió no darle más vueltas y también se puso en marcha. Quién le iba a decir que al día siguiente volvería a verla, pero esta vez en la columna de sucesos. Se la buscaba por haber robado objetos valiosos de la Torre de Londres.