martes, 29 de diciembre de 2015

El después de la segunda cita


–¡No le aguanto, es que no le aguanto! De todos los tíos que existen, yo que trabajo rodeada de tíos macizos, que no me quitan ojo de encima, que si quisiera podría irme con cualquiera, ¡me he tenido que ir a fijar en ese zopenco!

El portazo hizo retumbar las paredes del diminuto piso. Era difícil agotar la paciencia de Sharon, pero aquel hombre lo había conseguido. Lanzó el bolso y la cazadora de cuero contra el sofá que se balanceó débilmente. La sarta de improperios y maldiciones sonaban a mayor volumen con el eco del pasillo. En el dormitorio cambió la minifalda y una camiseta negra ajustada, por los pantalones anchos del chándal y un top deportivo. Necesitaba ir al gimnasio a darle al saco de boxeo.

–Quizá podría ponerle una fotografía al saco y así darle con más ganas.

Luego pensó que los ingresos del centro cívico no daban para un saco nuevo, y descartó la idea. Antes de salir vio su reflejo. El pelo alborotado, la respiración acelerada, y la vena de la frente palpitando. Le recordó a Anne cuando quiso matar a aquel muchacho pensando que era el asesino de sus padres. Tenía que relajarse, después de todo, era sólo un tío más. Además, con un título de lo más ridículo: The Hound.

–Con esa máscara igual de ridícula… Joder, ¿qué leches vi en él? Vale, está buenísimo, y es poli, lo cual ya le da cierto morbo. Y además le gusta el trabajo bien hecho. Y fue todo un amor en nuestra primera cita, tan tierno hablándome de sus padres. Y hoy… Hoy es un gilipollas, más pendiente de su móvil que de otra cosa, y siempre tengo que irle detrás. No sé si es que realmente no le intereso o es que pasa de todo en general. Al menos con el grupo trabaja bien, aunque su presentación… – Sharon no pudo reprimir una risita.

Se miró de nuevo en el espejo y se reprendió por la cara de tonta que tenía. Sacudió la cabeza como si con eso pudiera sacarse los buenos recuerdos. No eran muchos, pero ella se había hecho ilusiones. No es que estuviera colgada, pero hacía tiempo que no se sentía así. Y como siempre, el tío en cuestión era un sosaina. La resignación de rendirse no duró mucho. Cogió su bolsa de deporte con la ropa para cambiarse, y salió al gimnasio.

Se encontró mucho mejor cuando entró al edificio. Ralph, el conserje, le saludó con esa sonrisa poblada de arrugas que apenas se distinguía entre tanta barba canosa. Fue directa a la zona de boxeo. En el ring dos chavales que no reconoció danzaban en círculo sin tocarse. Desde fuera, Dan les marcaba los movimientos. Era un buen profesor, y sabía valorar un sitio como aquel. Cuando Sharon le sacó de la calle, era un muchacho sin futuro. Vivía de lo que robaba y sus padres, como los de la mayoría de los chicos que estaban allí, eran como si no existieran.

Dejó la bolsa en un rincón a pesar de haber taquillas. Pero todos la conocían, mucho se cuidarían de tocar sus cosas. Sacó un vendaje  y se lo colocó alrededor de la palma de la mano, cubriendo los nudillos y parte de los dedos. Se recogió el pelo en un moño como buenamente pudo, e inspeccionó el saco. Se colocó en la parte que menos dañada estaba, y atestó un puñetazo directo al centro, que se alzó hasta casi estar en horizontal. Tenía que controlar la fuerza, no estaba en una batalla, no estaba entrenando, para eso ya estaba la base de los Xtrange. Sopesó la posibilidad de acercarse allí y descargar toda la tensión en la Sala de Peligro, pero una voz familiar la distrajo de sus pensamientos.

–¿Te sujeto el saco?
–¿Qué haces tú aquí?

La sonrisa apareció en la cara de Sharon de oreja a oreja. Llevaba tanto sin ver a Johnny y sin poder hablar con él que ya se temía lo peor, pero como siempre, prefería centrarse en otros asuntos antes de ponerse paranoica. Fue todo un alivio verle de una pieza, aunque era extraño que hubiera acudido a aquel sitio al que le tenía tanta tirria.

–¿Dónde iba a encontrarte? Venga, dale, yo te lo aguanto. Pero tranquilita, ¿eh?
–¿Y tu móvil? –Sharon propinó un leve golpe que apenas hizo mover el saco.
–¿Tan floja estás? Te recordaba más fuerte – ahora el golpe fue más contundente –. Vale, veo que vuelves a ser tú.
– Me recordarías mejor si hubieras contestado a mis llamadas.

Otro golpe, pero éste le cogió preparado y puso toda su resistencia contra el saco. La sonrisa empezó a borrársele.
–He estado liado.
–¿Tan liado como para no responder al teléfono?

El siguiente golpe le hizo deslizarse hacia atrás unos centímetros.

–No te cabrees, ya sabes cómo funciona esto.
–Tú también, y sabes que me cabreo si me preocupo.

Otro golpe ya le hizo mover el pie contrario para frenarse. Enderezó el saco y levantó los brazos en rendición. Sharon bajó los brazos y esperó la explicación. En lugar de eso, su amigo le ofreció irse de cervezas para hacer las paces. Con esa mirada de niño bueno, no podía estar enfadada con él mucho tiempo.

–Está bien, pero invitas tú. –no le dio margen a discutir– No es negociable, no haber desaparecido. Espérame en el bar de enfrente.

Pasó por los vestuarios a cambiarse y luego a su despacho, un cuchitril poco más grande que un trastero, donde dejó la bolsa. Salió a la calle y no le vio en la acera de enfrente. Era muy propenso a desaparecer sin más, no le gustaban las despedidas. De pronto intuyó una presencia a sus espaldas, y agarró la muñeca antes de que la mano tocara el hombro.

–Si me la rompes, ya sabes que tendrás que ayudarme para todo lo que hago con la mano derecha.
–Cerdo imbécil, qué susto me has dado. –se volvió hacia él y se fijó en su otra mano– ¿Qué mierda estás fumando?
–Eh, tranquilita, es tabaco. Normal y corriente –la mirada de desconfianza seguía clavada en él– Vamos, Sharon, llevo limpio casi un año.
–Y más te vale que siga siendo así, porque si no, no tendrás manos con las que fumar, ni hacer otras cosas. Anda, tira.

El bar era una especie de taberna irlandesa, oscura, decorada en caoba y jade. El olor a whisky y cerveza derramadas tapaba cualquier otro olor. Sharon se disponía a sentarse en la barra, pero él le indicó una mesa apartada y sin gente alrededor. Se inquietó, aquello no era una visita de cortesía. Pidió dos pintas de cerveza y se sentó en aquel banco. El otro permanecía sereno, con los brazos por encima de la mesa, los dedos entrelazados y la mirada clavada más allá de sus manos. Cuando Sharon presionó levemente su mano sobre el puño, su acompañante levantó la mirada como si nada. Media sonrisa y se echó hacia atrás para que les sirvieran los vasos.

–¿En qué lío te has metido ahora?
–Eso te iba a preguntar yo.
–¿Perdona?

Johnny volvió a incorporarse sobre la mesa para que Sharon oyera mejor. Ésta hizo lo mismo.

–¿Qué mierda haces con Sandy?

Sharon se echó para atrás y se le borró la expresión de la cara. Dio un trago largo a su cerveza y miró alrededor.

–No la tengo. Aún.
–Ése es el problema. Se habla mucho de ti últimamente entre mis contactos, al parecer a The Hood no le gusta un pelo que vayas detrás de Sandy.
–¿The Hood? ¿Qué pinta ése con Sandy?
–¿Qué más da? Sharon, no es moco de pavo, ¡ese tío está loco!
–Aunque no lo parezca, Sandy estará más segura conmigo que por ahí. –dijo dando otro sorbo.
–Me da igual tu amiguita, joder ni que fuera Hulk, pero estamos hablando de ti, de tu vida. Si coges a Sandy este tipo no se va a quedar de brazos cruzados.
–No puedo dejar que Anne la encuentre. La matará.
–¿Y entonces te sacrificarás tú por ella cuando aparezca el zumbado de la capucha? Sharon, que te estás metiendo en un asunto muy chungo…
–¿Desde hace cuánto que nos conocemos?
–Bastante.
–Cinco años. Cinco malditos años en los que te he sacado las castañas del fuego, que casi te tengo que sacar tus problemas a puñetazos, que nunca me has pedido ayuda aún cuando estabas a punto de palmarla, que con el que más he peleado ha sido contigo para meterte en desintoxicación… ¿Cuántas veces me has convencido de cambiar de idea?
–Ninguna.
–Ahí tienes tu respuesta. Fin de la conversación.
–Está bien, pero prométeme que tendrás cuidado.

Sharon cogió el vaso y lo chocó contra el de su compañero. Como si nada hubiera sucedido, le preguntó a qué se debía esa manía contra el saco de boxeo. Sharon se lo resumió en “un tío” y el otro aprovechó para mofarse de ella, sin dejar de preguntarle sobre el tipo en cuestión. Sharon se desahogó contándole todo hasta que su móvil sonó. Le llamaban de la base. Cortó la  llamada y se excusó diciendo que tenía que ir a trabajar. Apuraron las cervezas de un trago, y Johnny dejó un billete que cubría el precio de las dos pintas más una generosa propina.

Al salir a la calle Johnny le sorprendió con un abrazo. Extrañada y preocupada, Sharon le examinó unos instantes, pero él le quitó importancia al asunto. El móvil de ella volvió a interrumpirles. De nuevo cortó la llamada y se excusó.

–¿Ahora quién es la impresentable?
–La próxima será mejor.
–Suena tentador. Ahora sí te cogeré el teléfono.
–Pero qué cerdo eres. Ya nos veremos.

Sharon apretó el paso mientras devolvía la llamada a la base. Debía de ser importante si tanto insistían. Johnny por su parte esperó a doblar la esquina para sacar su móvil y marcar un número.


–Está hecho, lo tiene en su bolsillo. Como no funcione, juro que te reviento, ¿me has entendido? Bien. Mantenme informado.

martes, 22 de diciembre de 2015

Alan y Bree


La pregunta quedó suspendida en el aire unos minutos. Alan, con hombros encogidos, miraba de reojo a su amiga Bree, esperando respuesta. No entendía por qué tardaba tanto en responder, pero el reloj apremiaba y necesitaba saberlo. Los labios de ella formaban una línea firme que apenas se curvaba en las comisuras. Los ojos, clavados en la nada, se volvieron hacia Alan cuando el silencio se rompió:

─¡Claro! No hay problema.

Con una amplia sonrisa, Alan le abrazó y se encerró en el baño. El escalofrío que recorrió la espalda de Bree aún duró un instante después de que se marchara. Un calor inundó los ojos de Bree quien se apresuró a preparar un té bien cargado. La despensa desprendía un olor entre dulzón y cítrico, algo amaderado también, que la transportaba a aquel mercadillo de Londres con una tetería escondida en la planta superior. Sin embargo, entre todos los botes de cristal, escogió un té traído especialmente de la India, de los más fuertes. Llenó el filtro al máximo y posó la tetera sobre el fuego.

Alan reapareció con el cabello húmedo y una toalla anudada a la cintura tarareando una melodía. Pasó por su lado para beber agua, y Bree reconoció el perfume, una colonia que usaba sólo para las ocasiones especiales. El azoramiento que le provocó aquel perfume y la imagen de Alan le hizo sonrojarse, pero él estaba despistado en su momento de victoria al saber que aquella noche tendría la casa para él solo y su nueva amiga.

El conocimiento de lo que la toalla ocultaba se entremezclaba con los recuerdos de aquella noche “que no se volverá a repetir” en palabras de Alan. Sin embargo eso no evitaba que Bree se mordiera el labio recreándose en la memoria. El pitido de la tetera la trajo de vuelta. Se sirvió el líquido humeante en una taza grande, con muy poca leche y aún menos azúcar, lo mezcló con la cucharilla y sin sacarla del tazón, comenzó a beber con cuidado.

Mientras se sentaba en la butaca de la cocina, Alan salió de la habitación vistiendo unos vaqueros ajustados y una camisa azul que iluminaba sus ojos verdes. La americana negra daba ese toque final entre formal y desenfadado. Bree le seguía con la mirada por encima del borde de la taza. Con un gesto de mano le indicó que se aproximara, e intentando no percibir el perfume, le alineó bien las solapas de la chaqueta y tensó la tela para disimular unas arrugas.


Cuando se alejó para comprobarse en el espejo de su dormitorio, a Bree se le escapó un suspiro entre sorbo y sorbo. La presión en el pecho comenzó a ser molesta, así que bajó de la banqueta y abandonó la taza a medio terminar. Antes de que Alan volviera a salir, cogió el bolso y la gabardina, se sacudió los pelos de Pepper de la falda de tubo y salió a la calle evitando la mirada enrojecida de su reflejo. Buscó con el móvil un hotel donde pasar la noche.