miércoles, 17 de diciembre de 2014

Parte XX

Continuación de Inacabado


Llegamos a otro hotel de carretera, no tan moderno como el de la noche anterior, pero ya me daba igual. Mis huesos se morían por una cama bien mullida, tantas horas de viaje empezaban a tener sus consecuencias en mi cuerpo, y me dolía todo. Me arrastré hasta la habitación y directamente me dejé caer sobre el colchón. Bree aparcó la maleta en el hueco entre la pared y el mueble bar, se sentó en un sillón, encendió el televisor y cambió los canales en busca de música. Una rítmica pero suave melodía totalmente desconocida envolvió la habitación dándole un sonido relajante, típico de un anuncio en una isla paradisíaca. “Es música estilo chill out”, me contestó Bree cuando le pregunté qué era eso. Justo lo que necesitaba para dormir. Pero no sentía sueño. Estaba despejada, cansada y dolorida. Me giré y permanecí mirando el blanquecino techo de la habitación. Bree bostezó. Miré la hora, era tarde, así que supuse que ella sí estaría somnolienta.
Me levanté al mismo tiempo que le dejaba libre la cama. Mientras ella se dormía, yo ocupé el sillón y saqué un libro de la maleta, aún con el chill out de fondo. Pensé en que estábamos acercándonos a nuestro destino. Me imaginé cómo sería aquella ciudad, la gente, los edificios, la bienvenida de Alan, mi nueva habitación. ¿Compartiría habitación con Bree? ¿O tendría la mía propia? Imaginé incluso la posibilidad de vernos dormidos a los tres en la misma cama porque la casa no tendría más dormitorios. Sonreí ante lo cómico de la escena.
Pero como siempre, el pasado salía al acecho, aprovechando cualquier amago de debilidad que yo pudiera mostrar, siempre alerta y dispuesto a atacar cuando yo bajaba la guardia.
Una noche cualquiera, un dormitorio, paredes lisas de color anaranjado, carteles enormes desde aquel ángulo vertical...
No podía recordar aquello, aún no. Dolía demasiado. Pero las imágenes acudían a mi cabeza sin yo desearlo.
Muebles con libros, un armario lleno de pegatinas, una lámpara medio rota, una bombilla que apenas alumbraba su contorno a contraluz...
No, no, no. Sentí la punzada en mi pecho y cómo un calor me recorría las mejillas.
Sus brazos rodeándome, yo dormitando sobre su pectoral, y un dedo que recorría el contorno de mi sien, mi oreja, mi mandíbula, para centrarse después en mis labios...
Ya las lágrimas acampaban a sus anchas por mi rostro, y antes de que mis sollozos despertaran a Bree, cogí la llave de la habitación y salí corriendo hacia el pasillo, haciendo el menor ruido posible. Notaba sus dedos acariciando mi boca, lo cual atenuaba la presión dentro de mí. Necesitaba salir, respirar. La luz del pasillo me dañó los ojos y busqué a tientas el botón del ascensor. Podía recordar incluso su perfume. Las puertas del ascensor no se abrían así que di media vuelta y caminé aceleradamente por el pasillo en busca de una salida como un animal enjaulado. El recuerdo del sonido de su respiración, del tacto suave de su piel, del relieve de una cicatriz en el dorsal de su mano. Si no salía pronto de allí me quedaría sin aire. Y entonces descubrí al final del pasillo un gran ventanal que daba a una amplia terraza. Divisé el marco de una puerta que, para mi sorpresa, estaba abierta.
La brisa movió mi pelo e inspiré lo más que pude, intentando que mis pulmones se llenaran de aire, pero la presión continuaba, sintiendo encoger cada órgano de mi interior por segundos. Y sus ojos aguamarina mirándome a través de la oscuridad de la habitación hicieron temblar mis débiles piernas, cuyas fuerzas flaqueaban con cada paso que daba hacia la barandilla de la terraza. Como si el suelo temblase bajo mis pies me aferré al hierro oxidado con ambas manos, observé la altura y cómo una lágrima caía hasta desaparecer de mi vista. Sus delicados dedos apartando mechón a mechón el cabello que ocultaba mi rostro, el cosquilleo del roce, el contacto de sus manos sobre mis mejillas, el cálido vaho que exhalaba...
Agarré con más fuerza la baranda e intenté vislumbrar la altura, pero todo estaba distorsionado, oscuro, con rayos de luz que no cesaban de moverse en la lejanía. Mis ojos abriéndose de par en par, encontrándose con los suyos a escasos milímetros, su rostro, tan perfecto, tan idílico, sonriéndome, aproximándose hasta rozar su nariz con la mía, sintiendo la leve caricia de su boca sobre la mía, acelerándome el pulso conforme oprimía sus labios contra los míos a un dulce ritmo cada vez más rápido...
Aquellos recuerdos me retorcían de dolor. Alcé los talones y dejé el peso sobre las puntas de los pies, no podía soportar más aquel pinchazo, me empezaba a desvanecer por la falta de oxígeno, quería gritar de dolor pero el mismo me lo impedía. Me encorvé sobre la barandilla, tenía que paliarlo como fuera, me estaba matando lentamente, estaba destrozándome el interior a navajazo limpio.
Me pareció oír su voz, en un susurro tan débil que apenas era perceptible. Intenté calmar mis ruidosos sollozos para escucharle una última vez. Quería estar con él, no importaba nada más en el mundo, él era mi mundo y sin él yo no tenía dónde vivir. Su voz fue aproximándose, cambiando de matiz, con una entonación de cierta histeria. Hasta que unos brazos me aprisionaron por la cintura justo a tiempo antes de precipitarme al vacío. Reconocí quién me gritaba y la pulsera que le regalé siendo niñas, clavándose con brutalidad en mi brazo, apartándome bruscamente del borde y yo dejándome llevar, rindiéndome. Caí de rodillas sobre el frío suelo, con el rostro hundido entre mis manos, empapándolas en llanto, mientras los brazos me rodeaban aún. Pero no eran los brazos de Chris. Quería luchar, me agité y le empujé para liberarme, pero sus manos, mucho más grandes y fuertes que las mías, me esposaron por las muñecas, alejándolas hacia lo alto en gesto de defensa. Derrotada, agaché la cabeza, dejando el peso muerto. Entonces Bree en un rápido gesto me soltó y me abrazó.
Permanecimos un buen rato en aquella posición, yo consumida por el llanto, sin fuerzas, tan sólo emitiendo pequeños sollozos de vez en cuando, y Bree aferrada a mí, no le había visto el rostro pero la oía sorber las lágrimas también. No cesaba de acariciarme el pelo, susurrando que ya había pasado, pero poca tranquilidad me daba con aquellas palabras si ella misma estaba temblando incluso más que yo. Cuando el ritmo de mis gimoteos cesó, me ayudó a ponerme en pie. Observé de soslayo la barandilla, y al instante Bree cogió mi barbilla con su mano obligándome a mirarla y en el tono más firme que pudo pronunciar, simplemente dijo: “No, nunca más”. En sus ojos pude ver el pánico que le había hecho pasar, y me sentía terriblemente avergonzada. Me abracé a ella de nuevo llorando pidiéndole mil disculpas, pero le dije que no podía aguantarlo, no podía vivir sin Chris por mucho que lo intentara.

viernes, 17 de octubre de 2014

Microrrelatos Instagram I


Con esto de participar cada año en el concurso de relatos breves (brevísimos) de Renfe, empecé a practicar más asiduamente el intentar escribir en corto. Y tras mucha lectura, me puse a ello. Iba escribiendo en el móvil hasta que un día descubrí un blog con fotos de Madrid que ilustraban relatos. Me pareció una manera amena de hacerlos, y lo imité a través del Instagram (luego descubrí que más gente lo hacía). Pero como con esto de las nuevas tecnologías corres más peligro de perder el trabajo que si lo escribieras una libreta, pues lo he guardado ya en veinte mil sitios, y en este blog no podía faltar.

Algunos son pura bazofia que yo quitaría, pero a lo mejor dentro de unos años los releo y les doy una vuelta de tuerca para mejorarlos, quién sabe. Otros tienen de breve nada, o casi nada, pero no quedaron tan mal.

La mayoría de las fotos las hice en el momento de redactar el relato, porque fueron cosas que los inspiraron. Otras sin embargo, como la de salida de emergencia o el dibujo de la chica sobre la foto de St. Pancras, son buscadas después de escribir. Incluso en borradores tengo aún relatos pendientes de encontrar su foto correspondiente y fotos pendientes de escribir (de ahí lo de "Microrrelatos Instagram I").

Pero de momento ahí van los catorce primeros.




Verle dormir como si nada hubiera pasado entre ellos fue cerrar la última y más frágil caja. No volvería a enamorarse.




Cuando le devolvió el libro de reclamaciones, el conductor se sonrió al ver un número de teléfono.




Pero por más que cien veces se cepillara cada mechón,
por más guisantes que escondiera bajo el colchón,
el hada madrina nunca apareció.




Cuando el hombre de traje y mirada afilada abandonó su maletín en el andén, la niña descubrió en su interior un corazón que aún latía, una lata de besos perdidos y un saco de sueños rotos.






Ningún médico del país se explicaba la fatiga de la mujer. Ni siquiera ella recordaba aquellos paseos nocturnos por el puerto hasta el amanecer, en otros tiempos, en otra vida.




El pequeño no quería hacer castillos en la arena ni bañarse en el mar. No quería helados ni jugar al sol con los otros niños. Aquel verano lo pasó escribiendo cartas a los Reyes Magos pidiendo un sólo regalo: que siempre fuera Navidad, única ocasión de no repartirse entre sus padres.




Y siguieron luchando por mantener la llama viva sin ver que la vela se había consumido mucho tiempo atrás. 




El señor Alcalde acertó en hacer el carril bici, pues su estrechez provocó el choque entre ellos y que lo primero de muchas cosas que compartirían serían las tiritas.




No es que fuera de ligera de cascos. Es que prefería no quedarse con la duda de saber si era la persona destinada para ella.




Una nueva ciudad, una nueva vida. ¿Cuántas? Había perdido la cuenta. Nunca deshacía las maletas por si acaso le robaban una sonrisa o el corazón otra vez. 




Los molinos, como andamios de palillos, se inventaron para sostener el cielo y las nubes.




“Afloje freno de estacionamiento”. Y aquel día decidió que había algo que cambiar tras tantos años. Y lo cambió.




Aquel día dijo "basta". Se acabaron los gritos, los insultos, los golpes, las lágrimas que suplicaban perdón, los besos que los reconciliaban, el sexo de después que había perdido todo sentimiento. Igualmente había perdido la vergüenza a llamar aquello como lo que era, a reconocerse vulnerable como cualquier otro. Así que cerró la puerta cargando con las maletas, cerciorándose de que con aquel portazo ella supiera que nunca más le pondría una mano encima.




Y de pronto nos quedamos a oscuras, lo cual dificultaba esquivar los autos abandonados a su ser. El sonido cada vez era más ensordecedor, cayendo como una capa que silenciaba los gritos de histeria. Se estaba acercando y por más que corrimos, no se veía el final del túnel. Las piernas me fallaron y los pulmones, exhaustos, intentaban acaparar todo el aire que podían almacenar. La garganta me quemaba y el dolor de la caída se hacía latente en mis rodillas. Te vi volver sobre tus pasos, la mirada de terror al verme en el suelo, y luego alzaste los ojos y tu cara se desencajó. Mis labios exhalaron un último “corre“ y entre lágrimas vi cómo te alejabas, mientras el ruido taponaba mis oídos y una ola salvaje del río desbocado me tragaba.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Huir


intr. y prnl. Marcharse rápidamente de un lugar para evitar un daño o peligro. · intr. y tr. Apartarse de alguien o evitar algo molesto perjudicial.



Desaparecer era su objetivo. Pero el tren no estaba por la labor. Acurrucada en una incómoda silla de la estación, se calaba la gorra al mismo tiempo que observaba a un lado y a otro desde detrás de aquellas gafas de sol. No llamaba la atención, hacía un sol nauseabundo.

No era fugarse. Nadie sabía que se iba, nadie se daría cuenta hasta pasado un tiempo, pero tampoco iban a buscarle. Sólo quería no dar explicaciones si alguien la reconocía en aquella sala de espera. Era triste, no preguntarían por ella tras unos días. Y en todo caso, sería él.

Lo que quería era escapar. ¿Pero de qué? De él. Del que le rompía el corazón una y otra vez. En el que confió ciegamente y por el que cayó. De boca, contra el suelo. Del cielo al infierno en cero coma. Y sin frenos. Ése es el poder que le dio, y que él supo utilizar.

Esquivó una señora que cargaba una maleta y amenazaba con caerle encima. Ocupó su asiento asignado y el tren se puso en marcha.

La ciudad se apartó dejando paso a los campos. Verde, amarillo, y más verde. Y azul, mucho azul arriba y en el horizonte, tapado por nubes blancas y esponjosas. Primavera. Estación que sirve para salir del letargo, disfrutar del buen tiempo, enamorarse.


Rehuyó de aquel pensamiento. De nuevo él. Tan sólo mencionaba su nombre y el dolor volvía. Remordimientos, arrepentimiento. Reincidente en aquel verano, cuando él volvió en el peor momento con aires de superhéroe que la salvaría.

Evitó aquel verano. Las mañanas calurosas en aguas cristalinas. El chapoteo y las ahogadillas. Piscina o playa, daba lo mismo. Todo todos los días. Y tumbarse el uno junto al otro, y conversar de todo y de nada a la vez. Conversaciones banales tostándose al sol.  Las salidas de compras al atardecer, tomando un café, hablando de los sueños que quería cumplir cada uno, horas que parecían segundos, horas llenas de sueños hechos diálogo. Las noches estrelladas jugando, intercambiando cartas y miradas. Evitó todos los buenos recuerdos, todos fantásticos, todos falsos. Toda la base que fundamentó la caída. Todo lo que desembocó en sentirse la más estúpida sobre la faz de la tierra.

Y entonces vio desvanecerse la cortina.

Estaba huyendo, pero ¿de qué? ¿De él? No.
De sí misma. Del sentimiento de culpa, de haber confiado antes de tiempo, de creer que él arreglaría su corazón roto cuando lo único que hizo fue hacerlo polvo. Polvo que se había llevado el viento, como el que impulsaba aquellos molinos de la ventana del vagón. No le gustaba saberse vulnerable, de haber perdido en aquella batalla, de haberse entregado a alguien que no lo merecía. Que no le correspondía.

Pero lo peor es que no podía evitarlo. Podía cambiar de lugar pero no podía cambiar su forma de ser y de sentir. Antes o después volvería a caer.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Miércoles de Ceniza

Se conocieron cuando tenían 15, era un miércoles de ceniza y él se declaró con una rosa. Daniel era así de dulce y romántico. Elvira, infantil y fantasiosa, cayó en sus brazos sin dudarlo. Pensaron que los cuentos de hadas existían y los hicieron realidad. A los 20 decidieron vivir juntos, demasiado pronto decía la gente. Pero estaban enamorados, el resto ¿qué importaba? Primeros años, todo iba bien. Apenas se veían pero compartían breves momentos inolvidables, y cada miércoles Daniel le traía una rosa del jardín de la universidad.

Los estudios acabaron, empezó la ardua tarea de encontrar trabajo. Recorrieron juntos la ciudad, probando suerte en todos lados hasta que al final, primero Elvira y y luego Daniel, les tocó. Cada mañana se levantaban juntos, y a la noche uno esperaba al otro para cenar, acompañados por una rosa nueva cada mitad de semana.

Pero los años acarreaban arrugas, facturas, responsabilidades. Elvira no quería crecer y Daniel estaba demasiado ocupado cuadrando facturas sin pagar y buscando un segundo empleo a tiempo parcial. Elvira cenaba y se iba a la cama sola, pero dejaba cena preparada para cuando Daniel volviera. Daniel volvía sin ganas de comer y se sentaba en el sofá hasta bien entrada la madrugada.

Ya no coincidían ni en el tiempo ni el espacio, la casa se había convertido en un mero hotel donde asearse, preparar comidas, dormir si cabía. Las rosas pasadas yacían marchitas en un jarrón, y las futuras nunca lo serían.

Hasta que un día sus miradas se volvieron a cruzar, miradas desencantadas, tristes, vacías. No hizo falta decir nada, permanecieron en silencio mirándose mutuamente. Y entonces comprendieron.

Daniel cogió su chaqueta y salió por la puerta al mismo tiempo que Elvira se dejaba caer encima de la cama.



A los pocos minutos, Daniel volvió con una margarita:
- Hola, me llamo Daniel. ¿Puedo invitarte a cenar? - Ante lo que Elvira asintió con una sonrisa.

lunes, 18 de agosto de 2014

"Ya, pero ¿y si me sale bien?"

Hace un tiempo en el muro del Facebook de una amiga vi que había puesto el enlace a un vídeo con el título "¿Te atreves a soñar?" . Son de esas cosas que te pones a ver porque no tienes nada mejor que hacer, y al final acabas dándole vueltas al coco acerca de lo que acabas de descubrir.

En este caso estuve totalmente de acuerdo con el vídeo, y sigo estándolo. Empezando por lo del cuento de la lechera, que siendo tan pequeña cuando lo leí por primera vez me deprimió, y mucho. ¿En eso consistían los sueños? ¿Eso mismo iba a pasarles a los míos, iban a terminar rompiéndose contra el suelo? Pero antes de que pudieran hacerlo, ya los estampé yo contra el suelo y los deseché. Años más tarde, en el instituto mi mentalidad cambió y decidí también cambiar mi modo de ver las cosas, a hacer las cosas que me gustaban en ese exacto momento, sin pensar en el futuro que tanto me asustaba. Así pues me apliqué bien en los estudios, descubriendo que algunas cosas, como la literatura, el arte o los idiomas (desde el inglés hasta el latín), me producían una inmensa curiosidad y por tanto, me encantaba aprender de ellas cada vez más.

Luego vendría la universidad, y la ansiedad de hacer LA elección. Elegir una carrera lo ponían como escoger un camino de un sólo sentido hacia un único futuro. Es curioso, pero cosas tan tontas como las dudas al respecto las recuerdo como si hubieran ocurrido ayer. En aquel momento sólo sabía que me encantaba escribir, y por tanto la gente me aconsejaba ser periodista. Pero luego, con toda la información que te dan previamente a ingresar en la universidad, ves otras carreras y ves que algunas despiertan el mismo interés que la escritura, como me sucedió con algunas carreras de idiomas, o las que iban encaminadas hacia el mundo de la música, quería desdoblarme y estudiar todas y así no tener que elegir sólo una. Pero al final, te pones a hablar con la gente, y como dice el vídeo, te dejas influenciar sin escuchar lo que realmente quieres, y te dejas llevar. No es que me aconsejaran mal, ni mucho menos. No me arrepiento de haber escogido Filología Hispánica, sólo a veces de haberlo dejado sin acabar, porque todo lo que aprendí en esos pocos años aún lo conservo, porque puede ser que no resulte útil saber la diferencia entre consonantes guturales o labiales, o el por qué en español se componen menos palabras que en inglés, pero son cosas que aprendí en su momento, que me encantaron aprender y que aún guardo en mi memoria. Datos sin utilidad, sí, pero me gusta saberlos por simple y llana curiosidad.

La misma curiosidad que me hizo ver qué era eso del internet, de seguirle la pista a un grupo que empezaba a sonar por la radio (Keane), a redescubrir que Mark Owen no estaba tan en la sombra como pensaba, y tantas cosas que desembocaron en cosas mucho, muchísimo, mejores. Conocí a personas de distintos puntos de España, incluso de fuera de España, pudiendo no sólo empezar a poner en práctica los años de inglés que había estudiado, sino conocer otras culturas y costumbres, descubriendo que Reino Unido no sólo me gustaba por ser de donde provenía mi banda favorita, sino también por todo lo que ofrecía su capital. Conocí a personas maravillosas a las que ahora, años después, y aún con el contacto perdido, daría lo que fuera si necesitaran de mi ayuda. Si no me hubiera atrevido a ir al concierto de Keane, si no le hubiera pedido el favor a mi padre de llevarme hasta Barcelona, sé que muchas cosas serían distintas. Una cosa tan tonta, ya ves...

Le eché valentía. Dicen que fui una valiente, y temeraria al dejarlo todo por venir a Madrid. Pero, como dice el vídeo, "¿y si me sale bien?". Me lancé a la piscina sin saber si estaba llena o vacía, pero lo intenté. Y salí ganando, aunque perdí al mismo tiempo. Más valentía supuso para mí cruzar unas míseras palabras frente a mi ídolo de la adolescencia (y de ahora), y explicarle lo mucho que me habían ayudado sus letras. El mismo corte que me sigue dando hoy en día acercarme por primera vez a un desconocido cuya música me encanta. Pero lo hago, aunque me cueste. Y si no hubiera hablado con Mark, no tendría ese empujoncito interno, quizás hoy no conocería tanta música, tantos grupos y tanta gente que a pesar de seguir siendo desconocidos, puedo decir a ciencia cierta quiénes son un encanto y quiénes no, y no suponerlo desde la distancia, como ver los toros desde la barrera, y criticar por las apariencias. Igual de valiente, pero que no volveré a repetir, es el primer viaje que hice a Reino Unido, sin que nadie lo supiera, sin nada de nada, ni un mísero penique. Lo hice, lo pasé mal, aprendí y ya no se ha vuelto a repetir. Porque cuantos más errores, más aprendemos. Escoger un camino u otro, y ser consecuente con tu elección. ¿Que fallas? No pasa nada, tienes siete vidas. Siempre hay opciones.

Y es que escoger un camino no significa cerrarte a otros. Nunca se sabe qué depara el futuro, puede ser que surja de nuevo la oportunidad, el momento correcto, o puede que no. Pero no importa el camino si haces lo que te gusta, y aunque yo he dado muchos tumbos, y tengo mis espinitas de lo que pudo haber sido y no fue, puedo decir que me gusta mi vida.Y si he tenido que dar tantas vueltas para llegar aquí, las volvería a dar. De igual manera que me podría haber ido muy bien de periodista o de profesora de literatura, me podría haber ido muy mal. Suposiciones. Soy perfeccionista, todo se puede mejorar, pero no muchos pueden decir que les gusta la ciudad donde viven, o el trabajo que tienen. ¿Podría vivir mejor? Sí, en pleno centro de la capital. ¿Podría tener un trabajo mejor? De secretaria de un mánager musical, por ejemplo. Pero hoy por hoy, estoy feliz con lo que tengo y lo que soy. Mañana, ya veremos qué trae mañana...

viernes, 15 de agosto de 2014

Sentidos - relato Renfe 2014

Hace algún tiempo ya dije que lo pondría, esperando el fallo del jurado pues no admiten microrrelatos publicados (o eso dicen).



SENTIDOS


Cada amanecer buscaba la cabellera pelirroja en la parada de Pozuelo. Su perfume de rosas le embriagaba nada más aproximarse. Durante el trayecto espiaba sus grandes ojos azules, sus suaves pómulos, el hoyuelo cuando sonreía… ¡Ay, su sonrisa! ¡Qué diera por oírla reír!

Hasta que ella se giró, y le habló. Él movió los labios sin saber cómo explicarse. Ella sonrió de nuevo:
- Me llamo Diana y soy profesora de educación especial. ¿Cómo te llamas? – le preguntó a través de las manos.




¿De dónde surgió la idea de hacer un relato así? Porque pensé que sería original tratar otro tipo de discapacidad que no fuera ir en sillas de ruedas o invidente, casos que suelen darse en este concurso. Y las historias románticas siempre me han gustado más que hacer una crítica social, la cual tampoco tiene mucha cabida en este certamen.

En fin, otro año será, y si no, el siguiente. Tengo que ir pensando de momento en qué voy a escribir para la convocatoria de 2015.

jueves, 14 de agosto de 2014

Un mal día

Hoy es de esos días en que todo lo que ves, todo lo que oyes, todo lo que lees, es la manera en la que el país se va al garete.

Para empezar, a principios de mes, nos avisan de un despido colectivo. 800 personas se quedan en la calle, sin más, por carta fría alegando problemas económicos. No me jodas... A veces pienso que cuanto más mentiroso y egoísta eres, más alto llegas. Porque que me digan qué alto ejecutivo de esa empresa ha decidido rebajarse el sueldo, o prescindir de complementos salariales del puesto para que esas casi 350 familias no se queden sin trabajo. ¿Que con eso no llega para evitar los despidos? ¿Y por qué no despiden al niñato, sobrino del mandamás, que no pega palo al agua y por no hacer nada recibe un sueldo que dobla el de un machaca corriente? Grano a grano se forma la playa, y si recortan de donde deben recortar, la realidad sería muy distinta. Encerraría y mataría de hambre a todos esos cobardes egoístas que prefieren sacrificar la vida laboral de sus trabajadores a privarse del BMW de la empresa, de la oficina en la Castellana de Madrid/en Maisonnave en Alicante, o de las vacaciones en la playa. Por otro lado, los hay que no despiden pero bien que piden sacrificio a los trabajadores, que "hay que ajustarse el cinturón" dicen... Tendrán poca vergüenza, renuncia tú a los pluses de tu puesto, hipócrita. Rebájate tú el sueldo, sé el primero en dar ejemplo, ahórrate tanto taxi y tanta comida de empresa que tan sólo es una comilona con tus amiguetes.

Y si se te ocurre exigir y luchar por tus derechos, ahí tienes la puerta, porque hay 20 como tú o mejor. Encima te ningunean, te infravaloran a ti y a tu trabajo. Pero bueno, ignorar el trabajo que haces es técnica habitual. Eso sí, que se te ocurra no sacarlo adelante que te cae toque de atención como poco. En el mejor (entre comillas) de los casos luchar por tus derechos y que se reconozca tu trabajo se convierte en una espiral burocrática, más cuando tu solicitud tiene que escalar la pirámide de jefes, subjefes, responsables...

Y acudes a la justicia pensando que ellos van a reconocer la verdad. ¿Y con qué te encuentras? Facturas de abogados que te cobran lo que les sale del pie (con la de pasta que ya les paga el contrario cuando ganan un juicio), y jueces que te dan la razón pero apenas te dan lo que realmente te mereces; eso si no tienes que pagarles costas o tasas, a cada cual más complicada de entender pero que de doscientos pavos no baja la broma. Además de la paciencia que tienes que echarle, porque te tiras con un procedimiento judicial "de los sencillitos" mínimo tres años. Para que luego al final, tu empresa esté en quiebra, y tengas que esperar otros dos años a cobrar del Fondo de Garantía. Y mientras familias que se mueren de hambre porque se les ha agotado el paro o trabajadores que se mueren sin más, de viejos o por cáncer, esa palabra que en mi trabajo cada vez suena más. Se te cae el alma a los pies cuando vienen a decirte que no pueden acudir al juicio por la quimio pero que quieren seguir adelante con su reclamación, que es su derecho, y para eso es su dinero con el que están jugando. Pero ves el ritmo que tiene la justicia, y sólo puedes sentir impotencia.

Hipocresía, egoísmo, avaricia... Es lo que gobierna hoy en día. Pero soy una optimista incluso en días de mierda, y sé que esto el día menos esperado explotará, por un lado o por otro, pero lo hará, y entonces nos preguntaremos qué ha pasado.

martes, 12 de agosto de 2014

Escribir, escribir y escribir

Hoy he empezado un libro, "Rabia", del que sólo llevo 15 páginas y ya me ha capturado. Es un libro dirigido a adolescentes, pero como gran parte de los que tengo. ¿Y qué? Y no sólo combina la típica problemática de esa etapa, sino que también habla de música y de escribir relatos. De ahí lógicamente el por qué me ha enganchado tanto y tan rápido.

Pero por la página donde me he quedado leyendo hoy, donde la protagonista conoce a un escritor de renombre, me ha hecho pensar en el tiempo que llevo escribiendo "cosas", pero más en por qué empecé a hacerlo. Y no he encontrado una señal ni nada que provocara que de un día para otro se me encendiera la bombilla y empezara a escribir lo que se me pasaba por la cabeza.

Incluso puede ser que venga de antes, pues mi primer relato ha permanecido inerte en mi cabeza, pero lo recuerdo al completo sin variar una coma ni cambiar una frase. Nunca me ha dado por escribirlo, y no descarto hacerlo algún día. Es un relato tonto, infantil, pero es el relato más antiguo que conservo.

De igual forma recuerdo las horas empleadas en los famosos cuadernos Rubio de caligrafía, porque al parecer tenía una letra tan horrible que me recetaron los dichosos cuadernillos todos los días, más intensivamente en verano. Aburrimiento a más no poder, pero quizá mi nueva letra ya legible me gustó tanto que empecé a escribir por el simple hecho narcisista de verla.

Otra causa por la cual podría haber empezado a escribir, y que creo que comparte mucha gente, es usar la escritura como vía de escape. Escapar de la rutina, crear mundos y vidas paralelas, huir de un presente no deseado, que te disgusta y que te ahoga. Poder ver plasmado a través de sílabas y signos de puntuación tus sueños, tus anhelos, tus metas... Como si estuvieran más cerca de la realidad que de la imaginación de donde surgen.

Y de igual manera existe la escritura como catarsis, como medio para el desahogo. La rabia de la que habla la novela: se te acumula tanta que al final tiene que salir por un medio o por otro. Y la escritura es uno de los más sutiles. ¿Que te cae mal un profesor de clase? Pues escribes un relato de terror y se convierte en la primera víctima de la trama (je, je, je). Y quien dice rabia, dice desasosiego, tristeza, melancolía, enfado, impotencia... Tantos sentimientos de los que cuesta despegarse pero de los que nos sentimos redimidos una vez nos hemos librado de ellos.


Pero al fin y al cabo, ¿qué importa por qué? Nada. Pero la curiosidad me puede a menudo, y cuando mi memoria no encuentra con qué saciarla, más vueltas le doy. Recuerdo por qué dejé de escribir a los 18, recuerdo que, antes, esos diez años fue un no parar, cada día escribía algo, y continuaba lo que tenía empezado, y escribía teatro, poesía... Y luego de pronto lo dejé. Lo recuperé pasado un tiempo, y hasta hoy... Y, bueno, hoy es hoy. Nada volverá a ser lo mismo, pero sigo escribiendo lo que se me pasa en la cabeza, pero me falta ese empuje que tenía a los 12, esa motivación que me hacía robarle tiempo a otras cosas para aplicarlo en escribir, sin luego arrepentirme de ello. Y tenía que escribir sobre ello, porque lo echo en falta.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Rescatando relatos

Llevo participando en el concurso de Renfe... Ni recuerdo. Sin suerte alguna, pero yo sigo intentándolo año tras año. Este año he preparado uno distinto, que ya pondré aquí, pero buceando entre archivos olvidados de mi ordenador, di con los que presenté los años anteriores. "Apagón" siempre será de mis relatos favoritos, no tanto como "Mariposa" pero se acerca, y para que me guste alguno... Seguiré buscando a ver si encuentro los más antiguos.




APAGÓN (2013)

Cercanías dirección Chamartín. Me siento donde sea. Veo las mismas caras de siempre. Empiezo a leer un periódico gratuito que alguien abandonó. El tren se introduce en la negrura de los túneles. “Próxima parada: Recole…”. El tren pierde velocidad, las luces parpadean. El vagón queda a oscuras. Oigo murmullos, quejas, gente moviéndose. Unos zapatos ligeros andando. Unos labios húmedos uniéndose a los míos en un beso breve pero pasional. Los zapatos de tacón se alejan. La luz vuelve. Retomamos el trayecto mientras observo al resto de pasajeros. Sonrío y busco en vano.




RETO (2012)

Certamen de relatos breves. “El tránsito, el viaje, el movimiento hacia un destino”. Palabras evocadoras que cada año hacen nacer historias de mi teclado. Escribir en el tren me ayudará con la inspiración. Media hora de trayecto, suficiente para 99 palabras. Me faltan cincuenta y siete, y cinco paradas. Chupado. Tengo al protagonista. Y el desenlace. Me falta el meollo, y treinta y ocho palabras. Ya hemos pasado tres paradas. Nervios, estrés, sudor. Puedo hacerlo. Mis dedos se deslizan al compás del vagón. Me sobran palabras, mierda. Suprimo. Tarde, ya he llegado a mi parada. Otro año será.




SIN BILLETE DE VUELTA (2011)


Abrió los ojos y miró alrededor, asustado. Un traqueteo repiqueteando bajo sus pies. Una ventanilla con una cortina cubriéndola. Un asiento verdoso azulado. Un pastor alemán en el asiento de su izquierda. “¿Nano?”, le llamó. El can le lamió la mano en respuesta, y entonces comprendió. Pensó en lo mucho que iba a añorar a su esposa, ahora viuda.


domingo, 11 de mayo de 2014

Atocha-Chamartín-Príncipe Pío


Cincuenta y cuatro minutos era lo que duraba el trayecto a aquellas horas, un viernes a las 4 de la tarde en pleno verano. El sol caía a plomo, treinta y ocho grados a la sombra, pero dentro del vagón en la mayoría de los días se podía respirar gracias al aire acondicionado, e incluso era conveniente en ocasiones tener algo más de ropa. A causa de la hora y de las vacaciones de verano no había tantos viajeros, lo cual hacía el viaje más rápido. Poco le importaba, aquella casi hora que perdía le servía para desestresarse y desconectar de todo.

Se sentaba junto a la ventana, le gustaba apoyarse en el cristal. Con el iPod siempre conectado a sus oídos, escuchando una macedonia de grupos de heavy metal, sacaba de su bandolera un lápiz y un amplio cuaderno de hojas gruesas y blancas, y tan pronto como el tren iniciaba la marcha, daba rienda suelta a su mano que empezaba a garabatear líneas sin mucho sentido a un primer vistazo.

Las primeras estaciones estaban construidas bajo tierra, así que repartía su atención entre el papel y la observación disimulada de los pocos pasajeros que se encontraban en el vagón, caras que empezaba a memorizar entre viaje y viaje. En ocasiones inconscientemente terminaba por dibujar a alguno de sus compañeros de viaje, ambientando el dibujo en alguna escena cotidiana en las que poder encajarles según el aspecto que tuvieran. Así pues estaba el joven ejecutivo de traje impecable que se subía en Recoletos y se apeaba en Pitis; la señora que limpiaba casas en un barrio adinerado y que aprovechaba la hora de salida para hacer la compra antes de volver a su casa en Pirámides; el grupo de tres estudiantes de instituto, una chica y dos chicos, que se bajaban en Ramón y Cajal... Conocía ya sus rutinas de viajes, pues eran pocos y el viaje resultaba tedioso.

Pero un día hubo un pasajero más, un desconocido de mirada vacía que cogió la costumbre de sentarse a su lado. Era un hombre estirado, de facciones marcadas y sin vello alguno; ni cabello, ni cejas. Y su piel, había algo extraño en ella. Era de un tono amarillento pero muy fina pues las venas eran visibles a simple vista. Vestía con un traje negro, camisa blanca, corbata gris oscura, y un sombrero de copa pasado de moda. Además, parecía estar en otro mundo, totalmente abstraído con esos ojos gris perla que intimidaban. Y sus andares, sus gestos, iban acompasados de una manera como si se moviera a cámara lenta. Le llamaba la atención tan pronto como se subía al tren en Nuevos Ministerios.

En un principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero más de una vez le sorprendió observándole. Intentaba ignorarle, pero notaba su mirada y le desconcentraba del dibujo. Incómodo ante la situación, se cambiaba de asiento y aún así el hombre del sombrero seguía sentándose junto a él.

Hasta que al final una tarde, cansado de esa vigilancia, le plantó cara y le devolvió la mirada. Pero el señor no le miraba a él, miraba su cuaderno. Tras unos minutos, el hombre alzó su vista encontrándose con la mirada inquisitiva del muchacho. Aquel descaro le enervó.
- ¿Quiere algo? - Le espetó con cierta agresividad.

Pero el pálido señor no respondió, y con la lentitud característica de sus movimientos, alzó la vista para luego volver a mirar el dibujo a medio terminar. Con inquietud y enfado, el chico cerró el bloc, lo guardó en su mochila y cambió de asiento, pero cuando volvió a mirar al hombre, éste había desaparecido antes de llegar a Chamartín, y ahora el resto de pasajeros le miraban a él como si estuviera loco.
- ¿Qué coño miran? - Fueron las palabras que aguantó su boca.

Al día siguiente, ahí estaba otra vez el señor de los ojos grises. Era verle aparecer y le daba escalofríos. Pero esta vez no se sentó a su lado, sino frente al muchacho, quien empezó a tener escalofríos pensando que aquel hombre era un pervertido al que le excitaban los jóvenes, así que siempre se veía obligado a cambiarse a un asiento en el otro extremo del vagón, y aún así notaba esa gélida mirada sobre él. Le ponía de los nervios, no era capaz de relajarse y centrarse en su dibujo. El cuaderno empezaba a ser un batiburrillo de rayas oscuras y sombras siniestras, de bocetos de sombreros de copa y ojos afilados bajo el ala. Y así un día, y otro, y otro... Comenzó a ansiar la llegada del fin de semana, pero las pesadillas le acechaban noche sí, noche también, pesadillas donde por más que cambiara de vagón, sólo estaban él y el señor misterioso.

Se le pasó por la cabeza dejar de hacer aquel viaje extra, pues ya no tenía ningún efecto de relajación sino más bien al contrario, pero se encabezonó diciéndose a sí mismo que un extraño no iba a influenciarle de tal manera. Y el lunes reunía toda su valentía para hacer como si nada sucediese. Intentó ignorar su presencia aumentando el volumen de los auriculares, agachando el cuello y alzando el cuaderno de tal forma que ocultase a aquel hombre de su vista, que sus ojos no tuvieran ningún contacto visual con ninguna parte de su traje o su sombrero. Pero claro, de aquella manera nunca sabía en qué parada se bajaba.

De hecho, cayó en la cuenta que no sabía en qué momento se alejaba de él. Intrigado, miraba a través del reflejo del cristal al aproximarse a cada parada, con los auriculares puestos pero sin escuchar música para oír cualquier ruido que produjera al alzarse del asiento. Pero aún así no lo conseguía averiguar porque el caballero se iba sin hacer el menor ruido, y cada día en un punto distinto del trayecto.
- Me estoy volviendo un paranoico. - temió.

Hasta que tuvo una idea. No se sentaría, haría el trayecto de pie a ver qué hacía el hombre del traje. Cuando llegó a Nuevos Ministerios, le esperó en la puerta. Y ahí estaba, el último que se subió. Las puertas se cerraron y el tren emprendió la marcha. El caballero se agarró de la misma barra que el muchacho, cara a cara, como si estuvieran en una competición de a ver quién apartaba antes la mirada.
- No me vas a acobardar, viejo verde. Voy a resistir y en el momento que me toques avisaré a los de seguridad para que te encierren. - decía en su cabeza para resistir la tentación de pegarle un puñetazo.

Pero el hombre permanecía inmóvil, clavando sus ojos en los del joven, no movía ni un músculo. Media hora transcurrió así, sin apenas pestañear ("¿dónde estaban sus pestañas? ¿Acaso estaba enfermo?"), uno frente al otro. Y de pronto al llegar a Majadahonda, el hombre movió su brazo, y el muchacho vio que se acercaba el momento de pedir auxilio, tenía el grito en la punta de la lengua cuando se percató de que estaba quieto otra vez, que no le había tocado pero que el brazo permanecía estirado. Bajó los ojos y vio su lánguida mano señalando su bandolera. ¿Señalaba el cuaderno?

Podría haber salido del vagón en esa parada, podría haber dejado al hombre allí mismo y haberlo ignorado, haber cambiado su rutina y escoger otro recorrido, otro tren, o incluso metro o autobús, pero no. Aquel desconocido le ponía nervioso, le inquietaba y le daba hasta cierto miedo, pero le crispaba aún más verse tan menguado por un extraño que estaba afectándole tanto en su vida diaria. Así que abrió la bandolera, sacó el cuaderno y se lo ofreció al hombre del sombrero. El hombre reaccionó de una manera que nunca se hubiera imaginado: sonrió.
- ¿Para qué lo quiere? - preguntó el muchacho, más que confundido.

El hombre alzó la vista al mismo tiempo que el tren frenaba. Se abrieron las puertas y una corriente de aire que entró hizo volar el sombrero. El muchacho lo persiguió para devolvérselo pero cuando se giró, el señor ya no estaba. Echó un rápido vistazo al vagón y al no verle, saltó al andén mientras pitaban las puertas. Le buscó pero ya no estaba, era como si se hubiera esfumado, llevándose con él su preciado cuaderno.
- ¿Y ahora qué hago yo con este sombrero? - Musitó mientras esperaba al siguiente tren.

El verano acabó y no volvió a saber nada más de aquel hombre ni mucho menos de su cuaderno. Imaginó que el objetivo era robarle el cuaderno, aunque no era común hacerlo de tal modo y volverle loco durante tanto tiempo. Suponía que el objetivo era publicar sus dibujos y beneficiarse de ellos, pero poco podía hacer contra eso si no daba con la publicación.

Con el tiempo se fue olvidando de aquel hurto tan extrañamente planeado. No volvió a coger esa línea de Cercanías hasta que, al verano siguiente, se vio obligado a hacerlo para acudir a una entrevista. Cuál fue su sorpresa al encontrar su viejo cuaderno cuidadosamente colocado bajo un asiento. Lo abrió para confirmar que era el suyo, y que aún estaban todos y cada uno de sus dibujos. Pero había uno nuevo: el último dibujo era un retrato del señor del sombrero de copa. Sonriendo.

jueves, 10 de abril de 2014

No más que títulos

Porque para despedirse uno tiene que decir Hola primero.
Cuántos adiós habrán sonado en estas calles
Cuánto daño se habrá hecho en ellas y en todas partes.
Para olvidar puedes caminar, incluso viajar por el mundo
Pero siempre existirá ese recuerdo, y la duda, te rondará un "quizá si..."
El miedo a caer a lo desconocido, a la oscuridad, al vacío
Y sientes la presión como si tuvieras una pistola contra tu cabeza
Y debes mantener el equilibrio esperando la calma tras el viento que posa las hojas marchitas en la hierba.
Pero todo vuelve, incluso un segundo adiós, y te das cuenta de que es imposible olvidar



domingo, 6 de abril de 2014

RRSS

Ojos verde aceituna fue lo le cautivó cuando el metro frenó inesperadamente y se chocaron. Un cruce de miradas y de disculpas, y no faltó más. Al día siguiente retrasó su salida del trabajo para volver a coincidir, y acertó aunque ya no hubo más frenazos. Leía algo en una tablet así que no se dio cuenta del lanzamiento de miradas e intentos mentales de captar su atención. Al tercer día se acercó un poco más aprovechando la sobrecarga de pasajeros, y observó que ahora se dedicaba a escribir en un móvil tan grande como la tablet. Descubrió que tenía cuenta en Twitter, y tan pronto llegó a casa, pulsó el botón de Follow. Pero no averiguó nada de su vida ni de cómo era, tan sólo sus opiniones y reflexiones acerca de los libros que estaba leyendo.

Cada tarde seguían cruzándose en el metro, y cada vez le gustaba más su sonrisa provocada por algo que leía en el móvil. En ocasiones lograban sentarse juntos, pero nunca se atrevía a dirigirle la palabra. Comenzó a leer los libros que recomendaba por el Twitter tan sólo para darse cuenta de los gustos tan dispares que tenían en la lectura. Sin embargo, con aquel choque de opiniones se atrevió a responder a un tweet, y al pasar las semanas, las conversaciones iban en aumento, discutiendo sobre autores, prosa y poesía. Hasta que los tweets se quedaban cortos para aquellas charlas y decidieron intercambiarse las direcciones de Facebook.

Empezó a ser rutina diaria el intercambio de preferencias y recomendaciones de libros en sus respectivos muros durante el trayecto del metro, y unos cuanto "me gusta" sin percatarse de que estaban en el mismo vagón, pues ahora procuraba esconderse para que no pudiera reconocer la foto de perfil. Sabía que era un comportamiento infantil, pero aún no era el momento de desvirtualizarse. Aún así se atrevió a dar un paso más, y comenzaron las charlas por el chat del Facebook a horas intempestivas, charlas que continuaban con la temática de qué época literaria fue más brillante y terminaban en confesiones de vivencias que también les ocurrían a algunos personajes novelísticos.

Hasta que de pronto un día dejaron de coincidir en el metro, y cesaron los retweets y los "me gusta". Al principio pensó que saldría tarde de su trabajo. Luego que estaría de baja por enfermedad. Chequeaba casi cada día sus perfiles, pero estaban en silencio. Siguiendo la corriente de otros seguidores y amigos que preguntaban dónde se había metido, también dejó su huella de preocupación. Nadie obtuvo respuesta. Y los días siguieron transcurriendo, convirtiéndose en semanas, luego un mes, tres meses, seis meses... Dejó de escribirle y de preocuparse, pero no podía olvidar aquellos ojos y esa sonrisa de medio lado que parecía no querer salir.

Años después de aquello, se embarcó en unas vacaciones recorriendo Europa, visitando ciudades y pueblos, fotografiando a su paso todo lo que sus ojos abarcaban, compartiéndolo con el resto del mundo por Instagram, donde conoció a gente de todos los extremos del mundo, desde Japón hasta Turquía. Comenzaron de nuevo comentarios que terminaron en amistad, acudía a las quedadas que se organizaban a través de esta red social cuando coincidía en la misma ciudad, reuniones que se centraban en fotografiar un tema en concreto, y aquel día lluvioso en Londres tocaba fotografiar las estaciones y todo el entorno de la red de metro.

"Curioso destino" pensó cuando reconoció a través del objetivo de su móvil aquellos ojos verde aceituna que salían del metro y se le aproximaban con media sonrisa dibujada.

sábado, 22 de marzo de 2014

Lunch was over

Me apetecía escribir pero no se me ocurría nada que me gustara, así que he cogido un libro al azar, una página al azar y he memorizado la primera frase que aparecía (Lunch was over). Luego me he ido a dar un par de vueltas, y a la vuelta se me ha ocurrido el siguiente relato:



Acabó de comer y con la mayor delicadeza pasó la servilleta de lino por sus labios carmesí. La dispuso sobre la mesa en un ángulo perfectamente alineado con los cubiertos.

- Espero que te haya gustado la cena, mi amor. – dijo con una voz sensual y cálida mientras alzaba una mirada fría y azul a su acompañante. – Oh, vaya, veo que no has tocado el entrecôte. ¿Tu madre no te enseñó que no se debe dejar comida en el plato? Niño malo…

Sonrió de forma traviesa y sin hacer el menor ruido, se alzó de la silla y recogió la mesa. Cuando volvió de la cocina traía una bandeja con dos tazas minúsculas y una tetera humeante. Repartió las tazas posándolas sobre sus correspondientes platitos y sirvió el té. Ocupó una silla más cercana al hombre y tras darle un pequeño sorbo a la infusión, le miró con inocencia. Acarició su mano, que reposaba sobre la mesa.

- Cariño, tenemos que hablar – suspiró teatralmente y continuó-. Esto no puede seguir. Me voy. No, no me rechistes, sé que eres tú el que me quiere dejar desde hace algún tiempo, pero ya… Sencillamente… No eres el hombre que conocí. Pensaba que podía contar contigo, que iba a estar segura contigo, que sabrías cuidar de mí como yo iba a cuidar de ti, de los hijos que nunca tendremos, de la casa que nunca me compraste. Y antes de que me dejes tú, prefiero hacerlo yo. Además, he conocido a otra persona, es también empresario, y tiene una casa mucho mejor que esta… Casita donde malvives.

Miró a su alrededor y volvió a suspirar. Tomó otro sorbo y le observó. Él le devolvió una mirada desesperada y suplicante, pero antes de que pudiera articular palabra, ella volvió a levantarse de su asiento para limpiar la mesa, dejando tan sólo la tetera. Fregó a conciencia mientras escuchaba patalear al hombre.

- No te pongas así, sabes que esto llegaría. ¿O acaso te molesta que rompa yo? No es de mi estilo, pero es que me han hecho taaaanto daño… Mi padre me abandonó, luego abusaron de mí en el colegio, siempre he sido taaaan desgraciada… Que creo que ha llegado el momento de que yo sea feliz. Tengo que pensar en mí ya que tú no lo has hecho. No has sabido cómo tratar y cuidar a una señorita como yo. Tan sólo espero que puedas perdonarme como yo te perdono que hayas querido dejarme.

Se aproximó a la silla que ocupaba él, y comenzó a masajearle la espalda, mientras le susurraba los recuerdos de cómo se conocieron y de lo felices que habían sido al principio, y pronto la sonrisa pasó a ser una mueca de pena, mientras empezaban a brotar las lágrimas de ambos al mencionar lo que pudo haber sido y nunca sería.

Cuando él dejó de patalear, ella se incorporó, se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y con cuidado de no pisar el charco de té caliente y sangre que se estaba formando bajo la silla de su amado, volvió a la cocina, fregó la tetera y salió por la puerta trasera.

Línea 149

No sé qué me llamó la atención de ti, quizás en un primer momento el darme cuenta de que coincidíamos en nuestra rutina buseril en direcciones opuestas. De lunes a viernes a la misma hora en el mismo autobús, tú para ir a trabajar, yo para volver a casa.

Curiosa imaginación que rellena los vacíos de información. Eras profesor porque llevabas chaqueta con coderas y numerosos libros de 6º, y esas gafas de pasta que sólo usabas para leer. Y eras además profesor nativo, porque eras demasiado rubio y pálido para ser español, porque ningún profesor español que yo conociera llevaba media melena, y porque aunque no te había oído hablar nunca, si leías alguna novela siempre era en inglés.

Y los modales. Te sentabas siempre en la ventana, en la marcha contraria al autobús porque como cabía esperar, había menos posibilidades de que alguien se sentara a tu lado. Pero cuando lo hacían, yo notaba tu mueca de disconformidad. Y tú, con una sonrisa falsa, apartabas tus libros para que pudieran sentarse, y te recogías y apretujabas contra el cristal intentando ni rozar a tu acompañante. Como sólo un inglés lo hace en el metro.

Los viajes en bus te aburrían, conforme entrabas te faltaba tiempo para sentarte y ponerte a leer o corregir los últimos ejercicios, y más de una vez casi te pasaste la parada por querer terminarlo a tiempo. Casi nunca mirabas por la ventana, ni siquiera cuando sucedía algo que llamara la atención de todo el mundo, como los accidentes de tráfico. Pero te inquietabas cuando había atasco, supongo que irías con el tiempo justo. Entonces te removías en tu asiento, mirabas por la ventana y no te concentrabas en tu lectura.


Bajabas en la parada del Colegio, cuatro antes que la mía. No recuerdo el nombre del colegio, pero reafirmaba mi idea de profesor, aunque nunca te había visto entrar. Te apeabas del autobús y cruzabas la calle por detrás del autocar, con lo cual te perdía de mi ángulo de visión.

Y de la noche a la mañana desapareciste, ya no volví a coincidir contigo en el autocar. Al principio pensé que era porque te habían cambiado el horario, luego caí en la cuenta de que era verano, época de vacaciones. Te esperé en septiembre, pero no apareciste. Me resigné pensando que habrías vuelto a tu país.

Curiosa manera de funcionar tiene la memoria. De esto hace ya un par de años y aún pienso en ti cuando miro el asiento que solías ocupar. No hablamos nunca (jamás oí tu voz), nunca nos llegamos a intercambiar ni siquiera una mirada, nunca tuve mayor interés en ti que inventar quién eras y qué hacías en aquel bus. Y aún así, te recuerdo, y de vez en cuando me pregunto por dónde andarás. Fíjate qué cosas.

lunes, 17 de marzo de 2014

Fantasmas

Hola,
hace años que nos hemos vuelto a ver, y ya ves, hoy me ha dado por pensar en ti. Ya sabes lo nostálgica que soy, y acordarme de ti ha provocado un torrente de recuerdos, la mayoría muy agradables, otros bochornosos, ya sabrás a cuáles me refiero. Por eso me quedo con los buenos.

El primer recuerdo que tengo tuyo: salir del colegio y estar en tu casa. Se hicieron las tantas, ¿qué serían, las 10? Y al día siguiente teníamos clase. Y tú más preocupada por mí que mi madre que no llamaba para ver dónde estaba. Pero ella estaba despreocupada porque sabía que yo estaba contigo, ¿dónde iba a estar si no? Recuerdo lo bien que lo pasamos aquella tarde escuchando música y hablando en tu cuarto, y de ahí que pasara el tiempo tan rápido, como siempre sucedía cuando estábamos juntas.

Los siguientes recuerdos: nuestras fiestas con el resto de amigos, canciones de Garbage, The Cardigans... En tu casa de San Vicente, en casa de mi madre, el desfase, las risas, tus encerronas con el chico que me gustaba... Qué bien lo pasamos. Y los comentarios del día de después. Y las largas charlas sobre la persona que te gustaba y lo mal te trataba. Y las lecturas de libros de Lucía Etxeberría y nuestros comentarios al respecto. Puede ser que el colegio no fuera mi mejor época, pero fue de las mejores porque estabas allí.

Y el instituto, bueno, aquel primer curso fue para olvidar. Tú por fin te habías encontrado y yo toqué fondo, imagino que en parte perderte no ayudó, al igual que tampoco lo hizo mi parte bocazas plasmada en aquella carta. Al diablo con todo, lo hice y punto. ¿Lo jodí todo? Estoy segura de que sí. ¿Me arrepiento? Por supuesto. ¿Hubiera cambiado algo? Estoy segura de que no. Simplemente llegó el momento de que nuestros caminos se dividieran.

Y te preguntarás, ¿a qué santo viene esto ahora? No es que no me acuerde de ti, ¿cómo vas a olvidar a la persona con la que has tenido mayor confianza? Muchas veces pienso en lo que fuimos, y es que una amistad de esas que con sólo una mirada ya sabes lo que está pensando la otra persona, de esas que no hay vergüenza que sirva porque sabes que no va a haber crítica a lo que digas, es una amistad imposible de olvidar. Tampoco es difícil acordarse de ti estando en una ciudad tan pequeña como es Alicante. Mi familia te sigue viendo, pero al menos han parado de preguntar qué nos pasó. Dicen que te ven bien, quizá demasiado delgada, pero me cuentan que te ven feliz. Me alegro por ti.

Y esto viene a cuento quizás en parte porque es marzo y sigo acordándome de tu cumpleaños. Me pregunto si tú te acordaras del mío, si alguna vez te pondrás nostálgica como yo y te pondrás a rememorar nuestra preadolescencia. Y esto viene a cuento porque las comparaciones son odiosas, y cada amistad nueva que hago es imposible evitar compararla con la que tuvimos, y saber que no he vuelto a confiar tanto en alguien como lo hice contigo, ni creo que lo haga nunca más.

Y hoy me apetecía escribirlo porque aunque siga con la muralla levantada y la coraza puesta, hoy he conocido a una persona que me ha recordado mucho a ti, en los gestos, en algunas palabras y expresiones, pero sobre todo porque hacía tiempo que no coincidía en tantos aspectos, en tantas opiniones, como cuando estaba contigo. Lo de empezar una frase y saber cómo va a acabar, son cosas difíciles de olvidar y difícil que sucedan.

Pero me ha hecho acordarme de ti, ya ves tú qué tontería. Y pienso en lo bien que te caería, o al menos le caería a aquella persona que fuiste en el colegio. Y me pregunto qué pensarías si te contara que he cumplido mi sueño de vivir en Madrid, y me intriga saber si tú habrás cumplido los tuyos. Podría hacer el intento de reencontrarme contigo, pero a veces es mejor dejar las cosas como están. Ha pasado mucho tiempo, yo soy otra persona, y seguramente tú también, y desempolvar el pasado a veces no sale del todo bien. Así que sólo te deseo lo mejor, y ante todo, que seas tan feliz como lo soy yo.