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El después de la segunda cita

–¡No le aguanto, es que no le aguanto! De todos los tíos que existen, yo que trabajo rodeada de tíos macizos, que no me quitan ojo de encima, que si quisiera podría irme con cualquiera, ¡me he tenido que ir a fijar en ese zopenco! El portazo hizo retumbar las paredes del diminuto piso. Era difícil agotar la paciencia de Sharon, pero aquel hombre lo había conseguido. Lanzó el bolso y la cazadora de cuero contra el sofá que se balanceó débilmente. La sarta de improperios y maldiciones sonaban a mayor volumen con el eco del pasillo. En el dormitorio cambió la minifalda y una camiseta negra ajustada, por los pantalones anchos del chándal y un top deportivo. Necesitaba ir al gimnasio a darle al saco de boxeo. –Quizá podría ponerle una fotografía al saco y así darle con más ganas. Luego pensó que los ingresos del centro cívico no daban para un saco nuevo, y descartó la idea. Antes de salir vio su reflejo. El pelo alborotado, la respiración acelerada, y la vena de la frente pal...

Alan y Bree

La pregunta quedó suspendida en el aire unos minutos. Alan, con hombros encogidos, miraba de reojo a su amiga Bree, esperando respuesta. No entendía por qué tardaba tanto en responder, pero el reloj apremiaba y necesitaba saberlo. Los labios de ella formaban una línea firme que apenas se curvaba en las comisuras. Los ojos, clavados en la nada, se volvieron hacia Alan cuando el silencio se rompió: ─¡Claro! No hay problema. Con una amplia sonrisa, Alan le abrazó y se encerró en el baño. El escalofrío que recorrió la espalda de Bree aún duró un instante después de que se marchara. Un calor inundó los ojos de Bree quien se apresuró a preparar un té bien cargado. La despensa desprendía un olor entre dulzón y cítrico, algo amaderado también, que la transportaba a aquel mercadillo de Londres con una tetería escondida en la planta superior. Sin embargo, entre todos los botes de cristal, escogió un té traído especialmente de la India, de los más fuertes. Llenó el filtro al máximo y po...

Escribe

Escribe porque sí. Escribe sueños, pesadillas, recuerdos, esa historia de los ancianos en el autobús. Escribe las conversaciones de otros, sobre las vidas de otros, las historias de otros. Escribe tu historia. Escribe tu mundo. Escribe lo que te hace feliz, lo que te haría feliz, lo que te hizo feliz. Escribe para decir lo que no puedes gritar, escribe para expulsar lo que te está carcomiendo, lo que te preocupa, lo que te enerva. Escribe para desahogarte, para vomitar la ira contenida, para no ahogarte en tu propio vaso, para tragar esa bola atrancada en la garganta. Escribe hasta que se sequen las lágrimas y se borren las teclas. Escribe para despegar tus pensamientos y encerrarlos entre renglones y olvidarte de ellos. Escribe para exorcizar aquello que te está pudriendo, que te está matando, que te oprime el pecho y no te deja dormir, no te deja comer, no te deja respirar. No te deja vivir. Escribe para continuar, para aceptar que se acabó, escribe para coger fuerzas de poner punto...

Cállate - Inacabado

-           Cállate, no empieces. Es muy temprano. -           ¿Serás perezosa? Eres una vaga que no mueve un dedo por nada ni por nadie. Aunque mejor así, porque cuando haces algo, siempre acabas jodiéndolo. -           Pero no es mi intención. -           La única intención es meterte donde no te llaman. Como cuando se pelearon Bree y mamá, ¿recuerdas? ¿Recuerdas que se fue después de que intentaras reconciliarlas? Aunque es lo mejor. Cuanto más lejos de ti, mejor. Hasta lo más sencillo lo jodes. Hizo bien en irse, en alejarse de ti. -           Cállate… -           Para una persona que se preocupa por ti y has hecho no sólo que se vaya de casa, sino de la ciudad. Se ha cansado de luchar tus batallas,...

Amor es sólo una palabra

Amor, love, amour, amore... Distintos idiomas para definir algo que no se puede definir. Algo que no existe. El amor es sólo eso que definimos porque aspiramos a alcanzarlo algún día. Si miramos alrededor, la pareja perfecta es la que más problemas tiene. Luego están los que tienen problemas y se encargan de que el resto nos demos por enterados. Si prestamos atención, sólo existen mentiras. Envidias, celos, cuernos, un sinfín de palabras que sabemos que existen, que sólo pasamos por alto cuando no nos pasa a nosotros, somos así de egoístas. Pero todo se reduce a eso: mentiras. Sentimientos que nos callamos, secretos nunca revelados. Nos mordemos la lengua, miramos hacia otro lado, nos encendemos un pitillo y en lugar de palabras sólo expulsamos humo que las hace evaporarse. O eso creemos. Porque las palabras son residuales, siempre queda algo ahí, en algún lugar recóndito. Puedes ser la persona menos rencorosa pero cuando menos te lo esperes, ahí está, eso que nunca dijiste, eso que n...

De camino

Se colocó los cascos conectados a la música del móvil, entró al vagón de metro, buscó un asiento desocupado y lo encontró junto a aquella mujer de tez amarillenta. Las arrugas habían conquistado su rostro, que ni a pesar del tenso moño canoso conseguiría jamás volver a ser como la piel de un melocotón. Cuando se sentó, de reojo vio su vestimenta, un vestido negro muy recatado, con apenas unos pequeños volantes en los puños. "Parece sacada de La Casa De Bernarda Alba", pensó. De su bolso extrajo el libro electrónico y fue absorbida por la lectura mientras las estaciones iban pasando. Al llegar a Tribunal, alguien le dio unos toquecitos en el hombro. Bajó sus cascos al cuello volviéndose hacia el que interrumpía, un extranjero fornido de unos cuarenta años, de pelo blanco y semblante severo, que apretaba los labios y la miraba impaciente esperando algo. Ella le preguntó con la mirada qué necesitaba. Él, con acento no supo si ruso o alemán, le pidió permiso para sentarse. Se le...

El paquete reversionado - final 2

John observaba a la muchacha a distancia. La lluvia caía como siempre hacia abajo, fina y constante, sin principio perceptible ni fin a corto plazo. Era una lluvia débil, nada que ver con aquellos diluvios amazónicos donde todo es frescor. Esta lluvia era la de aquí, igual de gris que la Torre que se veía desde la gran cristalera de la cafetería, y desde aquella barra también gris que no había manera de limpiar. Siempre grasienta, siempre resbaladiza. Como los adoquines de la calle cuando John terminó su turno, obligado a patinar sobre ellos hasta la parada del autobús en el otro lado del puente. Andaba lento pero seguro, las superficies de los ladrillos parecían piedras de río entre las que corría el agua, piedras negras, redondas y lisas con espacio suficiente para hacerse un esguince de tobillo, o peor. John se caló su gorro y subió la cremallera de la gabardina al máximo, cubriendo la boca. El agua entre los adoquines era como la lluvia, parecía desplazarse muy lenta, cuesta abajo...