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De camino

Se colocó los cascos conectados a la música del móvil, entró al vagón de metro, buscó un asiento desocupado y lo encontró junto a aquella mujer de tez amarillenta. Las arrugas habían conquistado su rostro, que ni a pesar del tenso moño canoso conseguiría jamás volver a ser como la piel de un melocotón. Cuando se sentó, de reojo vio su vestimenta, un vestido negro muy recatado, con apenas unos pequeños volantes en los puños. "Parece sacada de La Casa De Bernarda Alba", pensó. De su bolso extrajo el libro electrónico y fue absorbida por la lectura mientras las estaciones iban pasando. Al llegar a Tribunal, alguien le dio unos toquecitos en el hombro. Bajó sus cascos al cuello volviéndose hacia el que interrumpía, un extranjero fornido de unos cuarenta años, de pelo blanco y semblante severo, que apretaba los labios y la miraba impaciente esperando algo. Ella le preguntó con la mirada qué necesitaba. Él, con acento no supo si ruso o alemán, le pidió permiso para sentarse. Se le...

Plan de exterminio - versión 1.2

Para un trabajo de clase se me ha ocurrido darle una vuelta a este relato  Logabe's Blog: Plan de exterminio : que escribí hace un par de años. Aquí la nueva "versión", mejorada o no, eso depende del punto de vista. Plan de exterminio Germán vuelve a casa derrotado del trabajo, con la cabeza llena de quejas y de órdenes, a punto de estallar. Deja el maletín en el sillón orejero y alza la voz saludando a quien le espera como cada día, la única persona que le hace sentir bien, la que puede apaciguar las voces en su cabeza: María. Cierra la puerta y echa la llave. A través del gran ventanal que decora la pared norte del salón ve tan sólo la oscuridad de la noche. Las cortinas no están echadas. "Estará regando las plantas", piensa para sus adentros. Se acerca a la cristalera, intentando habituar la vista a la negrura exterior. Comienza a distinguir los tiestos de barro cuando algo le sobresalta, una sombra que pasa veloz de un extremo a otro de la terraz...

Plan de exterminio

Vuelvo a casa derrotado del trabajo, con la cabeza llena de quejas y de órdenes. Me va a estallar. Alzo la voz saludando a quien me espera como cada día, la única persona que me hace sentir bien, la que puede apaciguar las voces en mi cabeza, mi esposa María. Cierro la puerta y echo la llave. A través del gran ventanal que decora la pared norte del salón veo tan sólo la oscuridad de la noche. Las cortinas no están echadas. "Estará regando las plantas", pienso para mis adentros. Me acerco a la cristalera, intentando habituar mi vista a la negrura exterior. Comienzo a distinguir los tiestos de barro cuando algo me sobresalta, una sombra que pasa veloz de un extremo a otro. Busco el interruptor de la luz, que enciendo al mismo tiempo que un gato negro se abalanza contra el cristal. Retrocedo un paso, el cristal amortigua el ataque, y cuando el gato se recompone, salta al balcón de al lado. "Puto gato de los cojones", gruño con mal genio. Lo que me faltaba para aca...