Cincuenta y cuatro minutos era lo que duraba el trayecto a aquellas horas, un viernes a las 4 de la tarde en pleno verano. El sol caía a plomo, treinta y ocho grados a la sombra, pero dentro del vagón en la mayoría de los días se podía respirar gracias al aire acondicionado, e incluso era conveniente en ocasiones tener algo más de ropa. A causa de la hora y de las vacaciones de verano no había tantos viajeros, lo cual hacía el viaje más rápido. Poco le importaba, aquella casi hora que perdía le servía para desestresarse y desconectar de todo. Se sentaba junto a la ventana, le gustaba apoyarse en el cristal. Con el iPod siempre conectado a sus oídos, escuchando una macedonia de grupos de heavy metal, sacaba de su bandolera un lápiz y un amplio cuaderno de hojas gruesas y blancas, y tan pronto como el tren iniciaba la marcha, daba rienda suelta a su mano que empezaba a garabatear líneas sin mucho sentido a un primer vistazo. Las primeras estaciones estaban construidas bajo t...