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Lunch was over

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Me apetecía escribir pero no se me ocurría nada que me gustara, así que he cogido un libro al azar, una página al azar y he memorizado la primera frase que aparecía ( Lunch was over ). Luego me he ido a dar un par de vueltas, y a la vuelta se me ha ocurrido el siguiente relato: Acabó de comer y con la mayor delicadeza pasó la servilleta de lino por sus labios carmesí. La dispuso sobre la mesa en un ángulo perfectamente alineado con los cubiertos. - Espero que te haya gustado la cena, mi amor. – dijo con una voz sensual y cálida mientras alzaba una mirada fría y azul a su acompañante. – Oh, vaya, veo que no has tocado el entrecôte. ¿Tu madre no te enseñó que no se debe dejar comida en el plato? Niño malo… Sonrió de forma traviesa y sin hacer el menor ruido, se alzó de la silla y recogió la mesa. Cuando volvió de la cocina traía una bandeja con dos tazas minúsculas y una tetera humeante. Repartió las tazas posándolas sobre sus correspondientes platitos y sirvió el...

Línea 149

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No sé qué me llamó la atención de ti, quizás en un primer momento el darme cuenta de que coincidíamos en nuestra rutina buseril en direcciones opuestas. De lunes a viernes a la misma hora en el mismo autobús, tú para ir a trabajar, yo para volver a casa. Curiosa imaginación que rellena los vacíos de información. Eras profesor porque llevabas chaqueta con coderas y numerosos libros de 6º, y esas gafas de pasta que sólo usabas para leer. Y eras además profesor nativo, porque eras demasiado rubio y pálido para ser español, porque ningún profesor español que yo conociera llevaba media melena, y porque aunque no te había oído hablar nunca, si leías alguna novela siempre era en inglés. Y los modales. Te sentabas siempre en la ventana, en la marcha contraria al autobús porque como cabía esperar, había menos posibilidades de que alguien se sentara a tu lado. Pero cuando lo hacían, yo notaba tu mueca de disconformidad. Y tú, con una sonrisa falsa, apartabas tus libros para que pudieran...

Fantasmas

Hola, hace años que nos hemos vuelto a ver, y ya ves, hoy me ha dado por pensar en ti. Ya sabes lo nostálgica que soy, y acordarme de ti ha provocado un torrente de recuerdos, la mayoría muy agradables, otros bochornosos, ya sabrás a cuáles me refiero. Por eso me quedo con los buenos. El primer recuerdo que tengo tuyo: salir del colegio y estar en tu casa. Se hicieron las tantas, ¿qué serían, las 10? Y al día siguiente teníamos clase. Y tú más preocupada por mí que mi madre que no llamaba para ver dónde estaba. Pero ella estaba despreocupada porque sabía que yo estaba contigo, ¿dónde iba a estar si no? Recuerdo lo bien que lo pasamos aquella tarde escuchando música y hablando en tu cuarto, y de ahí que pasara el tiempo tan rápido, como siempre sucedía cuando estábamos juntas. Los siguientes recuerdos: nuestras fiestas con el resto de amigos, canciones de Garbage, The Cardigans... En tu casa de San Vicente, en casa de mi madre, el desfase, las risas, tus encerronas con el chico qu...

Cuando se cierra una puerta, se abre una ventana

Gente, gente y más gente. Miradas que la observaban con pena, manos que le daban el pésame, y ella parada allí, inerte, vacía, anestesiada. Tan sólo habían transcurrido unas horas del sepelio de sus padres, y su casa se había llenado de desconocidos yendo y viniendo, hablando en susurros. Pensarían que no les veía señalarla mientras cuchicheaban. Poco le importaba en aquel momento, y continuó recibiendo condolencias. - Vete a comer algo, Annie. -Le dijo su tío Adam. Se acercó a la mesa donde habían dispuestos diferentes platos y tras observarlos, decidió que no tenía hambre. Miró a Adam organizando y saludando a todo el mundo. Decía que ella había pasado muchos veranos de pequeña en su casa en Oregón. No recordaba nada, era un completo desconocido, pero debía reconocer que se estaba preocupando por ella y que había supuesto un alivio tenerle para ocuparse de todo. Deambuló por la planta de la casa, cruzándose con gente que no había visto nunca. ¿De verdad sus padres habían tenid...

Quizás si...

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Estaba recolectando su ropa desperdigada por la moqueta cuando él murmuró algo de entre las sábanas. Se quedó inmóvil. Él se desperezó y abrió los ojos de golpe al verla recoger sus cosas, y con voz ronca de recién despertado le preguntó a dónde iba. Ella balbuceó lo que intentaba ser alguna falsa excusa, que él interrumpió con una medio sonrisa, apartando las sábanas y haciéndole un hueco en el colchón para que volviera con él. Ella dudó un momento, sonrió también, soltó las prendas y se tumbó a su costado. Meneó la cabeza. Qué más quisiera que pasara eso. Pero no, él murmuró algo, giró sobre sí mismo y siguió roncando. Ella siguió recogiendo sus cosas y salió de la habitación sin hacer el más mínimo ruido. Quizás hubiera funcionado de haberse quedado, podrían haber sido felices. O quizás no. Quizás él le hubiera lanzado esa mirada de "¿qué haces aquí aún?" y ella no habría sabido por dónde tirar. Como siempre prefería imaginarse que hubieran vivido felices para siempre...

Tedioso ente vacío

Estrella se levantó aquel día, sin ganas de nada. Como el resto de la semana, del mes y casi del año. Su trabajo ya no llenaba tanto como antes. Su gato, único compañero de piso, pasaba más horas fuera que junto a ella, y no le importaba. Relacionarse con otras personas nunca había sido su punto fuerte, pero ya le daba igual, se encogía de hombros cuando la llamaban antisocial. Quizás era eso, quizás estaba en un punto en que ya todo le daba lo mismo. No sentía, no padecía, no sufría. No necesitaba la compañía de nadie, ni de amante ni de pareja ni mucho menos marido con hijos, idea que le hacía vomitar. Estar vacía le hacía sentirse bien. Disfrutaba de la luz del sol en el parque, de un paseo bajo una inesperada lluvia... Su familia la incitaba a salir, a relacionarse, pero "no tenía ganas". La motivaban para salir, para viajar, conocer otros lugares, otras culturas, pero todos los viajes que siempre había soñado ya los había realizado, y no una ni dos veces, sino tres o cu...

Silencio

El paso del tiempo, como la fuerza de un río sobre las piedras, erosionaba cada día los sueños y anhelos de Amanda, un futuro que notaba más lejos conforme pasaban los días. Hacía siete años, David le había hecho una pregunta, una petición de mano, sin anillo pero con toda la sinceridad y el amor de los primeros años. Una promesa que ella había esperado por mucho tiempo. Él no recordaba dicha petición, la había olvidado, alegó cuando ella sacó el tema. La verdad era que los dos se habían acomodado a la vida que llevaban, el trabajo les quitaba tiempo de estar juntos, y en las pocas horas que tenían para ellos, horas que antes pasaban veloces acurrucados en el sofá, ahora eran malgastadas ensimismándose con sus respectivas aficiones, lo único que los diferenciaba cuando se conocieron. Antes cada uno mostraba interés por compartirlas. Ahora convivían sin más, cada uno en un extremo de la casa, como dos seres extraños. Las caricias, los besos y demás muestras de afecto desaparecieron con...