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Plan de exterminio

Vuelvo a casa derrotado del trabajo, con la cabeza llena de quejas y de órdenes. Me va a estallar. Alzo la voz saludando a quien me espera como cada día, la única persona que me hace sentir bien, la que puede apaciguar las voces en mi cabeza, mi esposa María. Cierro la puerta y echo la llave. A través del gran ventanal que decora la pared norte del salón veo tan sólo la oscuridad de la noche. Las cortinas no están echadas. "Estará regando las plantas", pienso para mis adentros. Me acerco a la cristalera, intentando habituar mi vista a la negrura exterior. Comienzo a distinguir los tiestos de barro cuando algo me sobresalta, una sombra que pasa veloz de un extremo a otro. Busco el interruptor de la luz, que enciendo al mismo tiempo que un gato negro se abalanza contra el cristal. Retrocedo un paso, el cristal amortigua el ataque, y cuando el gato se recompone, salta al balcón de al lado. "Puto gato de los cojones", gruño con mal genio. Lo que me faltaba para aca...

Sonatina

Con motivo del 146 aniversario del nacimiento de Rubén Darío, hoy Google ha hecho un doodle con un cisne, y me ha sido imposible recordar cuando estudié a este poeta en el instituto. El Modernismo nunca ha sido el movimiento literario santo de mi devoción (soy más dada al pesimismo crudo de la Generación del 98). Pero recuerdo los rasgos que caracterizaban ese movimiento y, en concreto, recuerdo pavos reales y cisnes por doquier... En aquel entonces leí por primera vez un poema, la Sonatina (el único que recuerdo de este autor, o al menos lo relaciono directamente con él) en el que claramente se veían las imágenes exóticas, brillantes de las que hablaba mi profesora de Literatura, pero creo que se quedó tan grabado en mi mente por la nostalgia y la pena que había entre tanto sol, tanto oro y tanto cisne. La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?  Los suspiros se escapan de su boca de fresa,  que ha perdido la risa, que ha perdido el color.  La prince...

El paquete

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La lluvia descendía a plomo cuando salió del trabajo. De los árboles caían las últimas hojas del otoño, anunciando la llegada del invierno. Se subió el cuello de la gabardina y se encasquetó su gorro de lana. La cafetería se encontraba junto al río y el frío que le helaba los huesos era el de todos los días. Turistas equipados con impermeables de colores horribles llamaban la atención en aquel día grisáceo. Hacían fotos a diestro y siniestro y decían algo que él no entendía. Era su clientela habitual, hacerse entender con ellos a veces era una aventura. Sin embargo,mientras caminaba hacia el puente,distinguió una figura femenina sentada en un banco. Permanecía muy quieta, mirando fijamente el río. Apenas llevaba un abrigo y el agua resbalaba por sus cabellos. Debía de estar pasando mucho frío a saber por el temblor de su barbilla. Sujetaba algo en las manos, un objeto cuadrado sobre el que pasaba su mano de vez en cuando, como si no se diera cuenta. Él siguió caminando hacia e...

El sueño

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Otra vez tú, vuelves a entrometerte en mis sueños, reptas en silencio colándote en las rendijas de mi subconsciente, transgiversando el relato onírico representado, haciéndome recordar fantasías antiguas, agridulce nocturno con toque final de ácido rencor por la espera infructuosa. Conozco esa sonrisa. Pero la costra que dejaste ahora es potente coraza. No me controlarás más, los papeles han cambiado. Con mis deseos recupero el control de esta ilusión. El tiempo pasa, y un día conseguiré que desaparezcas.

El último superviviente

Unos amigos y yo hemos cogido una idea de un foro y cada viernes noche, leemos relatos escritos por nosotros. El viernes fue el primer día, un relato bajo el título "El último superviviente", sin más reglas. Para ser la primera noche, no estuvo nada mal y me encantó la experiencia :) Esto fue lo que escribí: Gotas de sudor caían por su frente, resbalando por la piel con ese cosquilleo insoportable. Continuaba andando por la tierra, escalando pequeños montículos, esquivando los cuerpos de sus compañeros, confirmando lo que pensaba: estaba solo. Ya no se oían los gritos, ni los alaridos, ni el ruido de la avanzadilla. Ante él, tan sólo tierra, piedra y campos amarillentos pisoteados, entremezclando semillas esparcidas con cuerpos inertes. Los caminos, destrozados, las murallas, demolidas, y un horizonte que cada vez parecía más lejano. Avanzaba con pies pesados, cargando su peso sobre un bastón que él mismo se había fabricado. Manchas de color purpúreo comenzaban a surgir en ...

Sin billete de vuelta

Renfe Cercanías, desde hace 5 años, convoca un concurso de microrrelatos. Las bases son sencillas: no más de 99 palabras (incluído título) y temática sobre el viaje, el movimiento, el desplazamiento hacia otro lugar (o algo así). Este año ya tenía una idea bastante aproximada de qué escribir, pero bueno, por cosas de la vida, decidí escribir sobre otro tema: Abrió los ojos y miró en rededor, asustado. Un traqueteo repiqueteando bajo sus pies. Una ventanilla con una cortina cubriéndola. Un asiento verdoso azulado. Un pastor alemán en el asiento de su izquierda. “¿Nano?”, le llamó. El can le lamió la mano en respuesta, y entonces comprendió. Pensó en lo mucho que iba a añorar a su esposa, ahora viuda. Cada cual tiene su manera de sobreponerse a una tragedia, de sacar esa fortaleza que nos hace seguir para delante. Algunas tragedias no se superan nunca, pero se aprende a vivir con ellas, y son las pequeñas cosas las que ayudan a ello. 3 meses sin ti. Te echo de menos.

Madrid

Un día de verano, con ese calor que se te pega a la piel y te dificulta respirar. Cierran la maleta y suben al coche, en dirección a la estación. El tren como siempre, hasta arriba. Era Agosto, y el Sol caía sin piedad. El tren emprende la marcha con su característico ronroneo, una charla animada entre padre e hija, uno expectante por enseñar, la otra expectante por aprender. En las ventanas, los campos intercambiándose de color, del marrón al amarillo, del amarillo al verde, y más allá, los perfiles grisáceos de las montañas. Carreteras, caballos, casas de campo, puentes sobre ríos, la linda estación de Aranjuez, todo seguía igual que el verano anterior. Unas naves industriales, unas cocheras con el logotipo de Renfe (aquel azul y amarillo, ¿cómo olvidarlo?), y la niña se inquieta al ver en la lejanía la oscura silueta de los edificios que dan la bienvenida al viajero. No es su casa, no es su ciudad, ni siquiera nació allí, no tiene nada que la vincule, a excepción de su joven corazón...